
Hay situaciones que, yo no sé si les pasa a muchos, pero en mí son casi recurrentes. Hablo de esas ocasiones en que una está o tranquilamente sentada en algún medio de transporte o parada esperando el colectivo o caminado por la calle o, por qué no, en alguna sala de espera, y alguien te mira y empieza a contarte la historia de su vida o el problema que tiene en ese momento. Yo no sé si inspiro confianza o tengo cara de que me interesan los problemas de absolutamente todo el mundo, lo único que sé es que me pasa seguido.
El primer recuerdo que tengo de una situación de este tipo es de cuando tenía 16 años y estaba haciendo tiempo mientras esperaba que el chico que me gustaba en esa época llegara. Había ido a dar una vuelta por las calles aledañas al punto de encuentro (para reconocer el terreno dirían los que me conocen…), cuando vi a una mujer meterse furtivamente en el jardín de una casa y cortar unos tallos de una gigantesca planta de lavanda. Yo la venía mirando y no iba a decirle nada, obvio, pero, vaya uno a saber por qué, la señora me miró y me dijo “no hay nada mejor que las flores de la lavanda para perfumar los cajones o los armarios”. “Sí”, le contesté con una leve sonrisa y de inmediato se presentó y empezó a caminar conmigo.
Me enteré de los pormenores del noviazgo de su hija, de la mejor manera para que el perfume de la lavanda dure mucho, y ella me preguntó sobre mis cosas, y e dio consejos sobre cómo tratar a mis padres, al muchachito con el que tenía amores y otras cosas que, por suerte o por desgracia, olvidé. Igualmente me dio su teléfono y me dijo que la llamara para que sigamos hablando, con la treta de “sos muy madura para tu edad…” “Sí” le dije, guardé el papel y nunca la llamé.
Otras situaciones semejantes me han ocurrido arriba del tren o del colectivo, y haciendo un gran ejercicio de memoria sé que puedo traer muchas al presente, pero hay dos que se me presentan sin ningún tipo de esfuerzo:
La primera es de una tarde en la que volvía a mi casa desde la Ciudad de Buenos Aires, y me había tomado el tren en Constitución (dónde más…). Las cuestión fue que me senté en uno de esos asientos que tienen los trenes (o mejor dicho, tenían, porque ahora los cambiaron por unos de plástico verdes y/o azules, duros, una porquería…), que uno puede mover el respaldo y acomodarlo acorde a la dirección en la que va el tren. Bueno, estaba sentada muy plácidamente leyendo un apunte de la facultad cuando un chico con Síndrome de Down se me sentó al lado. Hasta ahí todo tranquilo, yo leía y a veces miraba por la ventanilla, volvía a los apuntes, y así casi rutinario, cuando de repente el chico me tocó el hombro, lo miré y me estaba sonriendo. Le sonreí y él me dijo “beso” poniendo su mejilla como para que lo besara. “No”, le dije con esa voz que a veces se les pone a los nenes chiquitos. Entonces, se acercó y me dio un beso. A los dos minutos me dio otro y me dijo algo así como que él sabía leer… Yo estaba bastante incómoda y él bastante pesado. Ahí fue cuando un señor que tenía sentado enfrente mío lo miró y le dijo “¡Dejá a mi hija en paz! ¡Dale, tomátelas!” El chico se fue con cara de susto y yo empecé a tranquilizarme. “Si no lo rajaba así andá a saber qué hacía…”, un poco exagerado pero bueno, “Sí, gracias, ya me estaba incomodando”. “Me di cuenta por eso le dije eso, además yo tengo una hija de tu edad…” Y ¡Largamos! Pensé. Dicho y hecho. La hija tenía casi mi edad y estudiaba y trabajaba, y tenía un nieto pero de parte del hijo y bla, bla, bla… Se bajó antes que yo y, por suerte, antes de empezar a hablar de política…
La segunda historia es de una tarde en la que volvía de La Plata. También me había sentado en esos asientos dobles, y también, estaba leyendo cosas de la facultad. Pero, como estaba cansada después de todo un día universitario, decidí hacer un viaje contemplativo, por lo que guardé mis apuntes y me dispuse a mirar por la ventanilla.
En eso, el hombre que tenía enfrente me dijo “¿Venís de la facultad?” Movimiento afirmativo de cabeza (ustedes me preguntarán: ¿Si no querías que te hablen, para qué les respondías?... Excelente pregunta. Mi respuesta: soy muy educadita).
“¿Y qué estudiás?” “Letras” y bueno ahí le tuve que explicar de que se trataba eso (Bueno, en esa época – mi primer año de facultad – creo que tenía la necesidad de explicar de qué se trataba la carrera). Y… mi pregunta “¿Y vos qué hacés?” “Yo soy vendedor ambulante. Vendí mucho tiempo arriba del tren, pero ahora hay mucha gente vendiendo, entonces me pasé al bondi…” Y ahí empezó la cosa: que era casado con hijos; que compraba libritos para pintar y los vendía; que desconfiara de las mujeres con bebés, porque algunos de esos chiquitos eran alquilados, que sacaban más de $800 por mes; que los que vendían comida remarcaban la fecha de vencimiento; que uno tenía que andar con cuidado… “Yo lo sé porque anduve mucho tiempo por acá”.
Llegamos a Quilmes y yo me tenía que bajar… “Yo también me bajo acá” me dijo “¿No querés tomar un café y charlamos un poco más?” “No, no puedo… un gusto. Chau.” Me bajé del tren casi corriendo…
Conclusiones: 1) Nunca sentarse en esos asientos dobles; 2) Es conveniente llevar, siempre, algún reproductor musical, así uno se enchufa y listo. Sordo ante el mundo; y 3) La lavanda es muy buena, principalmente, para los cajones de medias, bombachas (o calzoncillos, dependiendo del género sexual de l dueño del cajón), y que se pueden armar bolsitas para poner debajo de las almohadas y así tener un sueño perfumado.
El primer recuerdo que tengo de una situación de este tipo es de cuando tenía 16 años y estaba haciendo tiempo mientras esperaba que el chico que me gustaba en esa época llegara. Había ido a dar una vuelta por las calles aledañas al punto de encuentro (para reconocer el terreno dirían los que me conocen…), cuando vi a una mujer meterse furtivamente en el jardín de una casa y cortar unos tallos de una gigantesca planta de lavanda. Yo la venía mirando y no iba a decirle nada, obvio, pero, vaya uno a saber por qué, la señora me miró y me dijo “no hay nada mejor que las flores de la lavanda para perfumar los cajones o los armarios”. “Sí”, le contesté con una leve sonrisa y de inmediato se presentó y empezó a caminar conmigo.
Me enteré de los pormenores del noviazgo de su hija, de la mejor manera para que el perfume de la lavanda dure mucho, y ella me preguntó sobre mis cosas, y e dio consejos sobre cómo tratar a mis padres, al muchachito con el que tenía amores y otras cosas que, por suerte o por desgracia, olvidé. Igualmente me dio su teléfono y me dijo que la llamara para que sigamos hablando, con la treta de “sos muy madura para tu edad…” “Sí” le dije, guardé el papel y nunca la llamé.
Otras situaciones semejantes me han ocurrido arriba del tren o del colectivo, y haciendo un gran ejercicio de memoria sé que puedo traer muchas al presente, pero hay dos que se me presentan sin ningún tipo de esfuerzo:
La primera es de una tarde en la que volvía a mi casa desde la Ciudad de Buenos Aires, y me había tomado el tren en Constitución (dónde más…). Las cuestión fue que me senté en uno de esos asientos que tienen los trenes (o mejor dicho, tenían, porque ahora los cambiaron por unos de plástico verdes y/o azules, duros, una porquería…), que uno puede mover el respaldo y acomodarlo acorde a la dirección en la que va el tren. Bueno, estaba sentada muy plácidamente leyendo un apunte de la facultad cuando un chico con Síndrome de Down se me sentó al lado. Hasta ahí todo tranquilo, yo leía y a veces miraba por la ventanilla, volvía a los apuntes, y así casi rutinario, cuando de repente el chico me tocó el hombro, lo miré y me estaba sonriendo. Le sonreí y él me dijo “beso” poniendo su mejilla como para que lo besara. “No”, le dije con esa voz que a veces se les pone a los nenes chiquitos. Entonces, se acercó y me dio un beso. A los dos minutos me dio otro y me dijo algo así como que él sabía leer… Yo estaba bastante incómoda y él bastante pesado. Ahí fue cuando un señor que tenía sentado enfrente mío lo miró y le dijo “¡Dejá a mi hija en paz! ¡Dale, tomátelas!” El chico se fue con cara de susto y yo empecé a tranquilizarme. “Si no lo rajaba así andá a saber qué hacía…”, un poco exagerado pero bueno, “Sí, gracias, ya me estaba incomodando”. “Me di cuenta por eso le dije eso, además yo tengo una hija de tu edad…” Y ¡Largamos! Pensé. Dicho y hecho. La hija tenía casi mi edad y estudiaba y trabajaba, y tenía un nieto pero de parte del hijo y bla, bla, bla… Se bajó antes que yo y, por suerte, antes de empezar a hablar de política…
La segunda historia es de una tarde en la que volvía de La Plata. También me había sentado en esos asientos dobles, y también, estaba leyendo cosas de la facultad. Pero, como estaba cansada después de todo un día universitario, decidí hacer un viaje contemplativo, por lo que guardé mis apuntes y me dispuse a mirar por la ventanilla.
En eso, el hombre que tenía enfrente me dijo “¿Venís de la facultad?” Movimiento afirmativo de cabeza (ustedes me preguntarán: ¿Si no querías que te hablen, para qué les respondías?... Excelente pregunta. Mi respuesta: soy muy educadita).
“¿Y qué estudiás?” “Letras” y bueno ahí le tuve que explicar de que se trataba eso (Bueno, en esa época – mi primer año de facultad – creo que tenía la necesidad de explicar de qué se trataba la carrera). Y… mi pregunta “¿Y vos qué hacés?” “Yo soy vendedor ambulante. Vendí mucho tiempo arriba del tren, pero ahora hay mucha gente vendiendo, entonces me pasé al bondi…” Y ahí empezó la cosa: que era casado con hijos; que compraba libritos para pintar y los vendía; que desconfiara de las mujeres con bebés, porque algunos de esos chiquitos eran alquilados, que sacaban más de $800 por mes; que los que vendían comida remarcaban la fecha de vencimiento; que uno tenía que andar con cuidado… “Yo lo sé porque anduve mucho tiempo por acá”.
Llegamos a Quilmes y yo me tenía que bajar… “Yo también me bajo acá” me dijo “¿No querés tomar un café y charlamos un poco más?” “No, no puedo… un gusto. Chau.” Me bajé del tren casi corriendo…
Conclusiones: 1) Nunca sentarse en esos asientos dobles; 2) Es conveniente llevar, siempre, algún reproductor musical, así uno se enchufa y listo. Sordo ante el mundo; y 3) La lavanda es muy buena, principalmente, para los cajones de medias, bombachas (o calzoncillos, dependiendo del género sexual de l dueño del cajón), y que se pueden armar bolsitas para poner debajo de las almohadas y así tener un sueño perfumado.