domingo, 17 de mayo de 2009

¡Taxi!

Estas son tres historias que ocurrieron el mismo día, en las tres hay taxis y taxistas, pero las tres se dieron con una continuidad que ni siquiera yo (que saben que estoy acostumbrada a que me pasen cosas que no espero) esperaba:
La primera sucedió cuando me iba de la casa de una amiga a una lectura de poesía que organizaba un movimiento de profesores de español y en el que participaba otra amiga.
Llamamos a un taxi que llegó a los quince o tal vez veinte minutos de haber llamado. Me subí, di la dirección, siempre dudando de haber dado bien el dato, corroborando con la guía y demás cosas que acostumbro hacer. El viaje iba a ser larguito por lo que decidí preguntarle al taxista si tenían mucho laburo (era viernes, claro que me iba a decir que sí), la cuestión fue que el señor era afecto ala charla, así que comenzamos a hablar. Lo de siempre: el trabajo, es decir, su trabajo, que le gustaba laburar de noche, que en veinte años nunca había tenido la necesidad de cambiar de turno que eso le cagó el matrimonio, pero que sus siete (sí, siete) hijos lo querían mucho que por eso cuando se separó de la "guacha" (sic) de su mujer los chicos habían decidido quedarse con él, que hacía poco que había cumplido años y que lo había festejado con una amiga en un telo la noche del sábado para el domingo, aunque a él le hubiera gustado hacer algo el domingo, que, a veces, tenía discusiones con sus pasajeros pero que en alguna que otra oportunidad había terminado en un hotel con alguna pasajera ("por suerte no es mi caso" dije, por las dudas). Yo le conté que una vez un taxista había querido convertirme al evangelismo, con el débil argumento que hay muchos y buenos muchachos entre sus líneas (pero fue insuficiente para sacarme del politeísmo extraño que profeso) y, cuando la conversación se estaba poniendo bastante incómoda llegamos. Cuando me bajé me dijo "bueno, yo quise convertirte en esposa y no pude..." "y... difícil que yo cambie de opinión. Gracias, suerte, chau".
Escuché algunos poemas, no voy a exagerar, algunos estaban bastante bien y otros... no el poema en sí, si no la lectura me dio medio como vergüenza ajena. Lo malo de la noche fue una chica que decidió llevar un cuentito de unas treinta hojitas indigerible para la una de la mañana; así que cuando la chica dijo: "listo, gracias por escuchar y perdón por lo largo", mis amigas y yo decidimos partir. La pregunta era "¿taxi o colectivo?" "¡taxi!" Y acá comienza la segunda historia:
Con una amiga de mi amiga que justo iba para la zona de Congreso nos tomamos un taxi que a las quince cuadras ya marcaba en el relojito $30 y que dicho relojito hacía un ruidito raro e iba a una velocidad nunca vista. Entonces, la amiga de mi amiga me dice: "Che, ¿no va muy rápido eso?" y como yo soy medio lenta para esas cosas le dije "sabés que me parece que sí, pero no sé...", entonces, "disculpame, ¿el reloj funciona mal, no?" "Sí, ¿ustedes hasta dónde van?" "Hasta Paseo Colón y Alsina" dije, sin darme cuenta que no era un buen lugar para esperar el colectivo a las dos de la mañana. "Bueno, lo dejamos en $20" dijo el taxista, y así fue. Cuando la amiga de mi amiga se bajó el relojito marcaba más de $60. "Con esa plata voy hasta mi casa" le dije al taxista, y creo que la pequeña humorada no le gustó mucho. en fin, me bajé en una zona no muy agradable de la avenida y me dispuse a esperar (cagada de miedo) el bendito 159 que me llevaría a mi hogar.
Estuve cinco minutos sola en la parada hasta que llegaron dos chicos y, al ratito, otro más. Los dos primeros se fueron rápido pero el tercero se quedó. No puedo explicar por qué pero mientras estaba sola con ese hombre esperando el colectivo me sentía muy insegura, hasta puedo decir que tenía miedo y, lo peor fue que, por media hora no vino nadie.
Al cabo de esos eternos treinta minutos llegaron dos chicas que se pararon detrás del muchacho. En ese momento el alma me volvió al cuerpo, éramos tres mujeres, ya no estaba sola. Pero, luego de que una de las chicas se sentó en el suelo, pude ver, de reojo, como se ven las cosas en las paradas de colectivo, que las chicas muy rápidamente pararon un taxi y se subieron. "Uhhh, qué pena, otra vez sola con este tipo" pensé, pero para mi sorpresa el taxi no se movía, hasta que retrocedió y se paró justo delante mío.
Una de las chicas bajó la ventanilla y me dijo "Che, ¿no te querés subir al taxi, porque el chabón que está ahí se está masturbando?" Con sorpresa y desconcierto dije que sí y me subí. El taxista dijo: "Yo lo vi y no me quería ir, no te quería dejar sola... si te hacía algo lo cagaba a trompadas" "No me di cuenta, juro que no me di cuenta... como tenía un bolsito... más de media hora se estuvo haciendo la paja al lado mío..." Desconcierto total.
El taxista nos dejó en una parada con más luz y vida y se fue. Cuando me bajé del colectivo las chicas me recomendaron ser más atenta...
Lo bueno es que, como en casi todos los lugares, entre los taxistas también hay de todo.

domingo, 8 de marzo de 2009

Crónica costera...

Y por fin llegaron las vacaciones, las deseadas, anheladas vacaciones, así que partí a Mar del Plata con una gran amiga a hacer nada.
Un detalle importante es que tanto mi amiga como yo nacimos con la brújula descalibrada, así que iba a ser muy fácil para las dos perdernos, por lo tanto, a cada paso que dábamos y ante semejante certeza acudimos con mucha frecuencia a los peatones y/o kiosqueros, ya que por lo sabido, ninguna de las dos tenía confianza en la intuición de la otra.
Por ejemplo: varios días caminamos por las inmediaciones de San Martín y Rivadavia (que ya sé que no se cruzan, pero lo podría haber pensado...) cerca de ese lugar estaba el hotel donde me quedé cuando fui en abril del 2008 para un congreso (turismo intelectual, el más redituable cuando te reembolsan el dinero). Cada vez que pasábamos por la zona yo le decía a mi amiga "Por acá estaba el hotel donde me quedé"... pero el hotel nunca aparecía, hasta que un día... "Por acá estaba el hotel, te juro que era por acá..." "Basta, Vale, ya no te creo..." y el hotel apareció. No pueden imaginarse lo bien que me sentí.
Pero no era esto lo que quería narrar, sino nuestra visita a "Villa Victoria".
Villa Victoria es la que alguna vez fue la casa de Victoria Ocampo, gran mecenas del arte en general y que mi amiga me había promocionado como uno de los mejores lugares para tomar el té y comer ricas tortas.
Un día de lluvia decidimos, luego de ir al cine, ir a tomar el té o, directamente, a comer alguna cosa a la "Villa". Claro que ninguna de las dos sabía la dirección, pero era un dato menor en la época del internet.
Buscamos la información deseada y, luego del cine, nos encaminamos. Pero... "¿y qué colectivo nos tomamos?" "Preguntemos al kiosquero de ahí". El señor, muy amablemente nos recomendó el 511, colectivo que nos llevó a muchos lugares. Lo tomamos y le pedimos al chofer que nos avisara cuando llegáramos a Alsina y Matheu, cosa que hizo muy amablemente (o no, pero eso no importa). La cuestión que nos bajamos en una zona residencial, con casitas muy lindas pero muy oscura, teniendo en cuenta, además, que eran las 8 y media de la noche y estaba lloviendo.
Empezamos a caminar y, como era de esperarse, nos fuimos para el otro lado. Le preguntamos a un señor por la calle Matheu, pero no sabía, y nos mandó a unos negocios donde había lugareños. Ellos supieron darnos el dato correcto.
Cuando llegamos a la "Villa Victoria" vimos poca luz y dijimos "¡Uh, está cerrada!" Caminamos un poco más y vimos que había más luz "¡No, está abierta!"... Pero, no... estaba cerrada.
No quedamos paraditas, las dos enfrente del portón mirando fijamente al guardia que estaba muy tranquilo hablando por teléfono.
Él nos miraba y no venía, nosotras lo mirábamos y le hacíamos gestos, pero nada. Hasta que mi amiga se cansó y le gritó: "Disculpame, ¿está cerrado?"
Y el muchacho vino hacia nosotras con una símil sonrisa y, muy amablemente, nos explicó que la "Villa" estaba cerrada por fumigación y que la iban a abrir recién el viernes o el sábado, pero que llamáramos por las dudas. Mientras nos daba esos tristes datos había comenzado a lloviznar.
Le agradecimos, le preguntamos dónde estaba la parada del 511 para volver a casa y nos fuimos caminando ligerito, en la oscuridad y bajo la lluviecita marplatense.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Desenlace...

Y volví una noche a la remisería donde la recepcionista me había contado aquella historia de amor con el repartidor de pizzas. Y nos reconocimos con la clásica frase de: "Hola, ¿cómo estás? ¿nosotras hablamos una vez, no?" me dijo ella.
"Sí, me contaste de tu novio de 40", respondí yo...
"Ahhh... él fue el que te llevó ese día... hablaron..."
"¿era él? si, hablamos pero no me acuerdo de qué" respondí ante su carita de desilusión. "¿Y cómo están?"
"nos peleamos"
"ah, ¿hace mucho?"
"ayer..."
Pude ver que estaba triste, porque aunque la gente no llore o no tenga cara de tristeza esas cosas se sienten.
"¿estás bien?" le pregunté, y no para chusmear, si no para saber
"Sí, estoy bien... me emociona la tele, nada más..."
Y justo llegó un remise y me fui...

miércoles, 29 de octubre de 2008

Las cosas que se ven por Florida...

Salí del trabajo en una linda tarde de primavera, por lo que me dispuse a disfrutar de una caminata por la Av. de Mayo, donde ya se empezaba a sentir la primavera.
Mientras caminaba pude apreciar algunas de esas cosas que se ven todos los días y que ya son del paisaje urbano, es decir, esas cosas a las que no les damos bola porque siempre están ahí. Un ejemplo: Hay un señor que hace garrapiñadas que antes de comenzar a cocinar su golosina comienza a golpear la cacerola cual murga uruguya al grito de "¡Sale, sale!", todo con mucho ritmo.
Bien, la cuestión es que cuando voy llegando a la esquina de Av. de Mayo y Perú vi que había mucha gente parada en la esquina mirando para arriba. Obviamente, cuando llegué a la esquina miré y, realmente, lo que vi me sorprendió.
Paradito en la baranda de un balcón había un... ¡carancho! Sí, sí, como lo leyeron. "¡Eso es un halcón!" decía un muchacho, "¿cómo llego ahí?" preguntaba otra señora.
Mientras todos lo mirábamos extasiados, el carancho saltó al balconcito de al lado de donde estaba paradito, desapareció unos segundos y cuando volvió a aparecer tenía en su pico una paloma...
La señora que estaba al lado mío dije "¡Pobre paloma!" Y yo pensé... "y bue, el bicho tiene que comer"
En el momento en el que estábamos en plena deliberación, el bichito levantó vuelo, y pudimos ver cómo con una de sus patas tomaba su almuerzo y se iba por Florida dando un grito que nos dejo a todos mirando con la boca abierta...
En fin, por Florida uno puede encontrar, literalmente, cualquier cosa...

martes, 7 de octubre de 2008

Historias de amor

Hace unas semanas, luego de escuchar un relato de mi hermana sobre dos adolescentes con los que comparte el viaje cuando va a trabajar, y luego de concluir en que seguro que se gustaban pero como eran chiquitos no se animaban a decirse nada, recordé que una vez había sido testigo del comienzo de un romance en el colectivo...
Fue hace, aproximadamente, ocho años (¡cómo pasa el tiempo!), yo volvía de la facultad en el 159 L azul, ya que en ese entonces no viajaba en el semirápido. En Quilmes Oeste, creo que en Avenida 12 de octubre, siempre se subían unos chicos (dos chicos y una chica) de una escuela para sordomudos que quedaba cerca de ahí. Claro que, por esta curiosidad natural, yo miraba cómo se comunicaban entre ellos, lo rápido que movían las manos y esas cosas que mira una persona totalmente neófita en esos temas. Varias semanas los vi hacer lo mismo, hasta que un día, veo que uno de los chicos se sienta en un asiento solo y el otro chico y la chica se sientan juntos.
Conversaban como siempre, hasta que él le dice (o yo interpreto que le dice) que le gustaba y que le quería dar un beso (bueno, lo del beso no lo interpreté casi casi que se le tiró encima), pero ella le corrió la cara y le dio a entender (o fue lo que yo entendí) que no, porque eran amigos y esas cosas, aunque se notaba (o fue lo que me pareció) que a ella también le gustaba.
Por unas semanas no los volví a ver, hasta que una noche volvieron a subir al colectivo y, para mi sorpresa, el chico y la chica estaban de la mano, se sentaron juntos y sin pudor se besaron delante de su amigo.
Como quien dice, un final feliz...
La otra historia es un poco más reciente, pero no por ello deja de tener su mérito.
Fue una noche en la que había ido a ver tocar a un amigo y su grupo de percusión. Llegué a Quilmes como a las once y media de la noche, y por esta cuestión de ser una persona que da mucho miedo a los supuestos asaltantes y/o violadores, decidí tomarme un remise en el centro de Quilmes y llegar tranquila a mi casa.
La remisería, un lujo... los sillones desvencijados, las paredes descascaradas, la luz opaca... en fin, bien alegre.
La cuestión es que era 19 de septiembre y por lo que se comentaba la recepcionista estaba por cumplir años.
En eso todos se van y nos quedamos solas ella y yo, y claro, le pregunté "¿cuándo cumplís años?" "el 21 de septiembre" me contestó. "¡Qué lindo, el día de la primavera!" y no me pregunten cómo pero empezó a contarme que tenía un novio de 40 años (detalle: ella cumplía 19 añitos, nada más...) que el tipo era repartidor de pizza, trabajo que solo realizaba los fines de semana, ya que durante la semana se dedicaba a su pasión: era músico.
"Es músico... un bohemio y a mí me encanta que sea así... no sé, estoy enamorada. Pero, tiene 40 y vive con la madre y hace un año que salimos y no me dijo de irme con él."
"Bueno" le dije haciéndome la tía que había pasado por esas cosas, "vas a ver que cuando tengas 25 esas cosas no te van a importar, vas a buscar algo más estable y seguro... ahora te gusta porque a los 19 a todas nos gustan los bohemios... pero con el tiempo vas a ver que te va a empezar a gustar otro tipo de hombre. Disfrutalo hasta que te canses y listo..." Ya sé, ni yo me lo creí, pero imaginen ¿cómo le iba a decir que el gusto por lo músicos, bohemios, poetas, problemáticos, etc. sigue con una toda la vida, que no importa la edad, que es igual a los 19, 28, 30 y pico?
Por suerte llegó el remise y yo dejé de dar consejos inútiles.

domingo, 28 de septiembre de 2008

En el bar...

Esta vez las historias van a cambiar de decorado, ya que lo ocurrido, en dos oportunidades diferentes, amerita ser contado.
El primer relato se desarrolló un día en el que tenía que encontrarme con una compañera de estudios a preparar un texto que debíamos exponer ante otros compañeros de estudios. Había salido de trabajar a la una de la tarde y el encuentro era seis y media en Corrientes y Av. Alem (zona muy conocida para mí), por lo que tenía mucho tiempo para comer y releer el texto. Entonces, fui caminando desde el trabajo a la zona de encuentro,con mucha calma, pensando en sentarme en un bar y hacer mis cosas hasta que llegara mi compañera.
Aproximadamente a las tres de la tarde entré en el bar que está ubicado, justo, en Corrientes y Av. Alem, muy apropiado para mí. Me senté cerca de la ventana, saqué mis anteojos, mi libro, mis hojas y mis lapiceras y me dispuse a esperar la mozo. Cuando llegó pedí café con leche y medialunas y, mientras esperaba que me trajeran el alimento, le mandé un mensaje a mi amiga diciéndole dónde estaba y que la esperaba ahí.
Con el café con leche en la mesa, me dispuse a leer y esperar...
Todo transcurría normal hasta que, en un momento, veo que el mozo cruza una barra en la puerta trabándola e impidiendo que la gente entre. "Qué raro" pensé "¿cerrarán a las cinco y yo no me di cuenta?" En ese momento recordé haber visto ese bar abierto a las nueve de la noche, así que deseché esa posibilidad.
Pero, a los pocos minutos, veo que los mozos entran presurosos las macetas que estaban decorando la entrada del lugar y que le decían a las personas que querían entrar que el lugar estaba cerrado... pero yo estaba adentro... Entonces veo que un muchacho, que estaba sentado en una mesa detrás mío, se levanta y sale del lugar, en sus manos tenía un papel y una plasticola, y veo que pega el papel en la puerta... "Clausurado"
Llamé al mozo, pagué y me fui. Le avisé a mi amiga que nos encontrábamos afuera del bar y así lo hicimos.
Los días siguientes a eso, al pasar por la puerta del lugar, pude ver (calculo que serían los dueños del lugar) que habían pegado sobre el cartel de clausura uno que decía "Cerrado por reformas"... "¡Qué chantas! si está recontra clausurado!" pensaba yo.
Igual lo más interesante es que, hace dos días nos volvimos a encontrar con mis compañeros de estudios y por cosas de la vida terminamos en ese bar, que estaba nuevamente abierto. Al otro día pasé por la puerta y, asombrada, volví a ver el cartel de clausura. La ley del eterno retorno...
La otra historia, digna de ser compartida ocurrió, sorpresivamente, dos días después de la anterior... Había ido con dos amigas a ver al grupo de percusión de otro amigo y cuando salimos (muertas de hambre) decidimos acercarnos hasta Palermo e ir a comer algo por ahí, pues una de las chicas tenía una fiesta por esas zonas.
Caminamos un poco y una de mis amigas estaba con antojo de McDonald's (bueno, cada uno se antoja con lo que quiere...) entonces decidimos entrar a uno de estos antros de comida rica en grasas y en... grasas.
Comimos unas nutritivas hamburguesas, ellas se comieron un delicioso helado y yo, como estoy mayor y casi eran las doce de la noche, me tomé un rico café (espero se entienda el tono irónico).
Todo muy lindo, todo muy rico pero ya era hora de cerrar y uno de los muchachos que trabajaba en el lugar nos lo hizo saber: "Chicas en cinco minutos cerramos". Listo, dijimos, vamos al baño y nos vamos a otro lugar. Tomamos nuestras carteras, nuestros abrigos y subimos al baño... Cuando bajamos uno de los chicos que estaba terminando de limpiar nos mira y nos dice: "¿Y ustedes de dónde salieron?" "Del baño" contestamos.
Miramos para la puerta y descubrimos que la persiana estaba baja... "Ups!... ¿Nos abren o nos tiramos a dormir acá?"
Claro que nos abrieron y salimos venturosas de nuestro encierro en McDonald's...

viernes, 29 de agosto de 2008

El tren...


Era una de esas mañanas de fin del invierno, cuando el solcito empieza a calentar ya desde tempranito pero sin exagerar.
Me había tomado el colectivo con la certeza de que iba a llegar a horario, justo para disfrutar de unos buenos mates y de las conversaciones femeninas que se daban en la cocina minutos de empezar las clases.
Iba agarrada de dónde podía, como siempre, pero muy tranquila escuchando la radio. El tránsito, como siempre, caótico... en fin... todo normal hasta que llegamos al puente que baja de la autopista en la Av. Huergo y el colectivo se detuvo de repente...
Pasaron unos minutos, demasiados para ser un simple embotellamiento, y la gente empezó a ponerse nerviosa, como siempre. La cuestión era que no sólo el colectivo en donde yo estaba, sino que todos los habitantes de los otros vehículos estaban nerviosos, tanto que comenzaron a bajarse de los autos, hablar entre ellos, todos muy alterados.
Pasaron unos minutos más, para ser exacta como 20 minutos y el chofer del colectivo fue increpado por algunos de los pasajeros que le pedían que abra las puertas porque llegaban tarde y se querían bajar para ir caminando.
Después de una breve discusión y de ver que otras personas de otros colectivos estaban caminando por la autopista, el colectivero abrió las puertas y bajamos...
Empecé a caminar por la autopista siguiendo a la gente y cuando llegamos a la Avenida pude ver que la razón por la que el tránsito no se movía era que había un tren carguero pasando por la vía que corta la avenida.
¿Qué podía hacer? Llamé y avisé que llegaba tarde... pero... ¿esperaba que terminara de pasar el tren o hacía como el resto de las personas cruzaba por arriba de él? Terminé siguiendo al resto, pero antes de pasarlo por arriba, hice un acto comunitario...
Resulta que había una chica morrudita que no podía subir la escalerita, unos minutos había subido un muchacho con un timbal al que le pidió ayuda, pero él desde arriba no podía solo, entonces yo, como soy un pan de Dios, la empujé desde abajo y subió la gorda. Claro que cuando estiré la mano para que me ayudaran a mí, no había nadie, por suerte aún tengo la habilidad de la gente que ha trepado muchos árboles en la niñez, por lo que no tuve mayores problemas para subir y bajar del tren.
Luego de esa hazaña, caminé por una Av. Huergo vacía hacia Brasil y, sin darme cuenta, me puse a la par del muchacho del timbal, que me contó que gracias al "puto tren perdí el micro a Rosario" donde iba a laburar haciendo su música.
Nos separamos en la parada del 152, colectivo que tomé y del que me bajé después de unos 20 minutos de viaje.
Llegué una horita tarde al laburo, pero no importaba, lo único importante era acomodar los acontecimientos para poder contarle a mis compañeros de trabajo mi nueva anécdota.