lunes, 25 de enero de 2010

Local 2: vacío

Ustedes recordarán la historia de "Don Alfredo", ese ancianito simpático y hablador que me aconsejó bastante sobre los hombres argentinos y la vida en general. Bueno, hace unos meses que venía viendo que su local, en la estación de subte Leandro N. Alem, se iba vaciando en forma paulatina.
Al principio pensé que estaban vendiendo mucho y que, vaya uno a saber por qué, no reponía la mercadería. Pero con el correr de los días (y gracias a un gran cartel que decía "Liquidación total por cierre), me di cuenta que Don Alfredo iba a dejar en forma definitiva el local 2 de la estación Alem.
Hoy pasé y me dio una sensación de nostalgia de esa tarde en la que hablamos, ya que me pareció muy raro ver la reja cerrada, la luz apagada y en la vidriera tres filas de anteojos, dos carteras y cinco paraguas...

viernes, 15 de enero de 2010

Rosario: en taxi

En la saga del viaje a Rosario no pueden faltar los dos viajes en taxi que hice en esa hermosa ciudad.
El primero fue, obviamente, cuando llegamos a Rosario y debíamos transladarnos desde la terminal de ómnibus al hotel. Valijas en el baúl, algún bolso adelante y mis dos amigas y yo atrás. Íbamos hablando del viaje de las chicas, ya que ellas habían viajado juntas desde Buenos Aires. Me iban contando cómo, al parecer, algunas personas que viajaban con ellas en el micro se habían mostrado escandalizadas por algunos comentarios de alto contenido erótico/porno que ellas iban haciendo (típica conversación de mujeres, claro). Al terminar la narración una de las chicas concluyó con un sutil "Bah, que la chupen", a lo que el taxista respondió con un "¡Ehhh! mejor que la mamen, es mas delicado". Mi amiga puso mala cara, ya que le molesta mucho cuando los taxitas se meten en las conversaciones, por lo que intervine desde mi total desconocimiento futbolistico y dije "es que no somos maradonianas" (por aquella famosa frase que nunca supe bien como fue). Esto derivó en una conversación futbolera que duró menos de medio minuto. Al llegar al hotel tuvimos que pedir que nos diera las valijas del baúl porque con tanto comentario, el señor taxista se había olvidado dónde las había puesto.
El segundo viaje lo hice sola y fue cuando volvía a Buenos Aires, es decir, del hotel a la terminal. La conversación comenzó cuando, totalmente mareada, le pregunté al taxista si estábamos yendo por el camino correcto, porque, claro, yo pensaba que estábamos yendo para el otro lado. El taxista se encargó de dejarme bien en claro que él conocía muy bien la ciudad, así que opté por callarme. Pero ya había abierto el diálogo y, cuando eso pasa con un taxista no hay vuelta atrás. Comenzamos a hablar del calor que había hecho esos días (fueron los cuatro o cinco días de octubre más calurosos del 2009); él me preguntó qué pensaba de la ciudad, a lo que respondí con toda sinceridad, que la ciudad era hermosa, que me encantaba la conjunción ciudad-río, que los museos eran muy lindos, pero que el tránsito era peor que en Buenos Aires. El señor me miró por el espejito y me dijo "¿De verdad? yo creí que en Buenos Aires eran peores.
"Mirá, te doy un ejemplo. Cuando cruzo una calle allá mal, sin respetar el semáforo los autos van rápido, puede ser que me puteen, pero medio que frenan. Acá a la velocidad que van ni me animo, me da miedo, de verdad." El señor puso cara de "mirá vos" y me preguntó para qué había ido a Rosario. Le conté del congreso y de las cosas que había visto. Me dio consejos sobre qué otras cosas podía ver y me recomendó especialmente el casino:
"Es enorme, está en las afueras, cuando salgas con el micro fijate a tu izquierda. Podés pasarte el día ahí adentro, es muy bueno."
Fue inútil que le dijera que no me interesaban los casinos, que esas cosas me aburrían. Opté por decirle que cuando volviera me iba a dar una vuelta a ver si tenía suerte aunque sea en las maquinitas.
Al llegar a la estación nos saludamos tan amablemente que, sin exagerar, hacía dos cuadras más en su taxi y lo contrataba para que me llevara a conocer el resto de la ciudad.
Y aquí se terminaron las apasionantes aventuras por Rosario...

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Rosario: el hotel de la muerte

Después de un maravilloso viaje, de una agradable espera rodeada de perritos y de un más agradable encuentro con mis amigas nos dirigimos al hotel que, bondadosamente, una de las chicas había reservado para todas.
Lo primero que nos extrañó fue que cuando le dijimos al taxista el nombre del hotel él no dijo nada. "¡Uhhh, debe ser terriblemente malo entonces!" dijimos nosotras, por ese famoso dicho de que el que calla otorga, y bueno, era así nomás.
Lo segundo que, directamente, no me gustó fue el olor. A veces cuando entro a lugares a los que nunca fui, inconscientemente, siento los olores y este hotel no fue la excepción. Mi gesto fue contundente, me señalé la nariz con el dedo, creo que disimuladamente, aunque una de mis amigas me entendió enseguida. Había olor a hospital y ese olor no me gusta para nada.
Subimos los dos pisos por escalera, con todos nuestros bártulos, y llegamos a la habitación que para nuestra sorpresa no tenía mucha luz, las paredes eran de papel pero tenía un placard tan grande que una de nosotras podría haber dormido adentro. Acomodamos nuestras cosas y salimos a cenar.
Cuando volvimos después de una cena en un comedero un poco extraño de la peatonal, había otra recepcionista (diferente al gordito que nos dio la llave de la habitación y al que una de mis amigas le dijo que, de las tres dos eran pareja, tengo que preguntar por qué). Tomamos nuestra llave y subimos movidas por la algarabía y los nervios lógicos ya que al otro días una de las chicas y yo teníamos que leer nuestras ponencias en el congreso por el que viajamos a Rosario.
Reconozco que halábamos a los gritos y nos reíamos mucho, pero bueno... Aproximadamente a la hora de haber entrado a la habitación, sonó el teléfono. Era la recepcionista pidiendo que nos calláramos porque había pasajeros que se quejaban por ruidos molestos.
"Esperemos que no sea el de al lado, porque nosotras nos podemos quejar por los ronquidos", dijimos. "Tendríamos que empezar a gemir, como que estamos en una orgía" dijo una de las chicas "nadie te puede decir nada por tener sexo". Pero como las otras dos somos mas pacatas, no hicimos nada.
A la mañana siguiente mis amigas simulaban ser pareja y yo la futura madrina de su futura unión civil.
Todo transcurrió normalmente (exceptuando por un par de jadeos y risitas amatorias que venían de la habitación del roncador), hasta que el jueves (el día más calor de octubre) después de haber caminado por muchas partes y escuchado alguna que otra ponencia en el congreso, una de mis amigas decidió volver temprano al hotel para bañarse y descansar acunada por el aire acondicionado.
Mientras estaba escuchando a Jorge Panesi (profesor y critico literario al que escuchaba por primera vez) y a Tamara Kamenszain (poeta y critica literaria) mi amiga me mandó un sms que decía: "Se cortó la luz y el gordo no me dijo nada. Además no me quiere dar más velas."
Inmediatamente le mostré el mensaje a mi otra amiga y ambas, casi sincronizadamente, dijimos: "Vamos a ver qué pasa."
Y si, llegamos y no había luz y el gordito no nos quería dar más de una vela porque decía que no había para todos. Le hicimos entender que necesitábamos una vela para el baño, que nos queríamos bañar y éramos tres personas.
Después de idas y vueltas, enojos, velas que fueron y que vinieron, salimos a cenar. Era nuestra última noche y fue un lindo momento que ni el corte de luz lo pudo arruinar.
Al otro día nos descontaron el día, nos permitieron dejar las valijas en el hotel todo el tiempo que quisiéramos y nos despidieron con una sonrisa muy amplia.
Para nosotras fue toda una experiencia y una arsenal inagotable de anécdotas.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Publicidad interna

Resulta que desde hace unos meses tengo otro blog, pero es muy distinto a éste. Es algo así como un lugar para la catarsis o para poner pavadas (de estas últimas hay y habrá muchas).
Así que si quieren pueden darse una vuelta: La caja de zapatos

lunes, 16 de noviembre de 2009

Rosario: juego de ruta

En el incómodo viaje que hice a Rosario, retomé un juego que hago a veces cuando estoy aburrida. Es un juego muy simple, hasta un poco tonto, pero efectivo (recuerden que iba sentada al lado de una mujer que me triplicaba en tamaño y que estaba muy disconforme con los asientos, no así con el baño que, parece, le resultaba cómodo).
El juego consiste en una serie de probabilidades que, gracias al azar o vaya uno a saber a qué, definen cuestiones más o menos claves en mi vida. Es decir, para ser gráfica, si A es porque B.
Yo estaba más que aburrida después de escuchar los únicos tres discos que había podido subir a mi mp3, no por descuido o falta de imaginación, si no por falta de tiempo y memoria. En un momento la música comenzó pasar sin distinguir quién o qué cantaba, por lo tanto comencé con mi juego.
Resulta que días antes de ir al congreso y por una de las circulares me enteré que uno de los dos chicos que, secretamente (para ellos porque después lo sabían todos), me gustaron durante el tiempo que me llevó la carrera, iba a estar en Rosario. X (vamos a ponerle aunque dudo que lea este bolg) había sido compañero mío en casi la mitad de las materias que había cursado y nunca hablé con él. Debo confesar que el hecho de no haber hablado fue por prejuicio mío, ya que tenía miedo que me pareciera un pelotudo y el idilio se fuera al carajo.
El segundo de mis amores platónicos era Z (tampoco creo que lea esto, pero no me importa, queda mucho más interesante si enmascaro los nombres ¿no?). Con Z llegué a hablar un par de veces, nada trascendental, es decir, ninguno de los dos supo nunca mucho del otro (tampoco creo que le interese). La cuestión que Z, además de lindo era interesante, así que por el momento le ganaba ampliamente a X, pero a X lo veía más seguido. En fin, parece que esa conjunción extraña entre mi Luna y mi Venus, conjunción de la que me habló alguna vez mi astróloga hermana, estaba, en esa época, bastante activa.
Bueno, luego de esta presentación, volvamos al viaje.
Entonces, yo, bastante aburrida, me acordé del juego, de X en el congreso y de Z (tenía que haber un segundo, si no el juego era muy fácil) y me dije: "Si en algún cartel, toldo de camión, puente o lo que sea que pueda ser escrito, apararece el nombre de X es que algo va a pasar entre nosotros. Lo mismo para Z."
Pasaron horas, incomodidades, intentos de lecturas, almuerzos tardíos, la despedida de mi compañera de ruta, el espacio, las fotos desde la ventana del micro, y ninguno de los nombres apareció en ninguna superficie que pueda ser escrita, serigrafiada, ploteada o demás.
Cuando llegué a Rosario y vi a X me di cuenta que ya no era el mismo, que todo lo lindo que lo había visto en el pasado se había borrado y que solo era un flacucho con pinta de chico Puan. Cuando volví a Buenos Aires me di cuenta que nunca iba a volver a ver a Z, que las veces que hablé con él había sido sólo porque es un chico muy amable, que nunca le iba a interesar y que, en el fondo estaba bien, al fin y al cabo no me conoce.
Conclusión: o el juego me mostró que no iba a conocer en profundidad a ninguno de los dos; o (y siguiendo la cuestión de los astros) que el juego sigue abierto y que, tal vez, en algún cartel o superficie que pueda ser escrita, un día encuentre uno de los dos nombres y... uno nunca sabe.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Rosario: en viaje

El martes a las 13:30 hs. salía el micro que iba a llevarme, en un viaje de cuatro días, a Rosario (turismo académico, que le dicen).
Salí de mi casa en un remise con mi madre hacia el Cruce Varela, terminal de ómnibus que me queda mucho mas a mano que la de Retiro. Mi mamá iba hablando con el remisero de las personas que conocían del barrio, de lo complicado que era llegar al Cruce, de que había un colectivo que te dejaba en la esquina, de esas cosas en las que yo no podía intervenir por desconocimientos de tema.
Llegamos a la terminal y se me ocurrió hacer el siguiente comentario: "Tendría que haber sacado asiento individual, andá a saber quién me toca de compañía..." A lo que mi madre respondió, "bueno, tal vez tengas a alguien interesante"... Ilusiones maternas.
Un poco después de y media llegó el micro. Mi asiento era el que estaba justo detrás del baño y debajo del televisor, por lo que lo podía ver desde la puerta quien sería mi compañía en el viaje. Cuando pasé para dejar mi valija la vi.
Era una señora muy gorda que ocupaba un espacio de mi asiento. Pasé por al lado de mi madre y le dije "mierda, me tocó una gorda", le di un beso y subí.
Cuando la mujer me vio ocupar mi lugar me dijo "Qué suerte que sos normal", no pude evitar sentirme mal.
El micro partió, yo estaba hecha un chorizo, casi pegada a la ventana. Acto seguido la señora sacó de su bolso una almohada envuelta en una toalla, se la puso detrás de la cabeza, apoyó los pies en la pared del baño y se durmió. En esa posición, yo tenía un poco más de espacio, hasta que la señora se relajó y su cuerpo se expandió. Volví a la posición chorizo.
En Retiro la señora se levantó para ir al baño, aproveché para sacar de mi mochila, que había ubicado debajo del asiento, un libro, mis anteojos, un paquete de galletitas y un pebete que había llevado por si tenía hambre y, sí, estaba muerta de hambre, pero con la señora al lado mis posibilidades de movimiento era reducidas.
Ella volvió del baño y me dijo: "Esos baños son tan chiquitos que no queda espacio para el aire... pero te digo, son muy cómodos después." Yo asentía con la cabeza, no podía decir nada, porque no quería meter la pata. Había entendido su planteo: chiquitos para entrar, por la puerta y eso, pero cuando ella estaba adentro no había posibilidad de movimiento.
El viaje continuó. Ella dormía. Yo comía o escuchaba música o leía. Así durante cinco horas, hasta que el micro entró en San Nicolás.
La señora se levantó. Yo pensaba que otra vez iba al baño, pero no. Sacó su bolso de debajo del asiento, me hizo un gesto con la cabeza, al que respondí de igual forma y se bajó.
Al ver la inmensidad del asiento me despatarré y viajé muy cómoda la hora que me separaba de mi destino y aproveché para sacar fotos del paisaje que se veía por la ventanilla.
Cuando llegué a la terminal de Rosario, me senté a esperar a mis amigas. Me tomé la botella de agua que me había comprado en el Cruce Varela (que no había tomado antes por temor a tener ganas de ir al baño y tener que hacer que la señora se moviera. No la quería molestar).
A los pocos minutos de estar sentada, tres perros vinieron hacia mí. Eran grandes y con caras simpáticas, tal vez con caras de sueño, me movían la cola. No pude evitar tocarlos, no pude evitar que me dieran besos en las manos, ni que se tiraran a dormir a mi alrededor.
Cuando llegaron las chicas me vieron custodiada y se rieron. No es raro que me sigan los perros. Uno de ellos nos siguió hasta el taxi mientras veíamos un mapa de la ciudad y yo les contaba de mi peripecia con la señora del micro.

martes, 6 de octubre de 2009

Don Alfredo

En general los hombres mayores suelen hacer dos cosas en la calle: la primera, decir cosas semi obscenas a las jovencitas; y, la segunda, dar consejos.
Esto último me pasó con don Alfredo:
Era una de esas tardes de verano en las que uno no sabe si es mejor estar desnudo, o dentro de una pileta, o desnudo dentro de una pileta. Yo volvía de trabajar, y, para ser sincera, mi estado de ánimo no era del todo óptimo (esas cosas que pasan por la cabeza de una cuando las cosas no salen como a una le gustarían que salgan...).
Tenía que cruzar Alem y, como es mi costumbre para evitar el tránsito, suelo bajar al subte en la esquina de Corrientes y Alem y subir en Corrientes y Bouchard (y de paso ejercito las piernas y evito las bocinas).
En la estación Alem hay un puesto donde venden carteras, bastante lindas algunas, al lado de un puesto donde venden ropa interior, para todos los gustos (creo que tienen hasta disfraces). Me paré a ver las carteras, como para ver algo, y vi una que me pareció linda y entré.
Don Alfredo estaba detrás del mostrador.
"Podés agarrar la cartera que te guste", me dijo. Es un señor mayor, de esos que tienen la nariz gorda en la punta y como con granitos (imaginen que no podía dejar de mirarle la nariz), cara de pícaro y de charlatán.
Comenzamos a hablar de la cartera, me dio las mil y un razones por las que sería bueno comprarla, aprovechando que tenía un vestido blanco con florcitas y que la cartera era blanca, encontró los argumentos adecuados y me dejé convencer. Un vendedor increíble, tomó lo que tenía a mano e hizo la venta.
Después, una cosa llevó a la otra y salió la pregunta: "¿tenés novio?" "No, parece que los chicos no se enamoran de mí", dije sin pensar en mis palabras, y fue tarde para volver atrás.
"¡Qué raro! una chica tan linda e inteligente como vos..." me dijo. "Si, seré linda e inteligente pero parece que a los chicos les gustan las feas o las tontas, no sé..." respondí totalmente adentro del juego semi-psicoanalítico.
"Mirá, por un lado mejor, quedate sola, los hombres argentinos son una porquería, son todos unos boludos, con perdón de la palabra".
"Y me lo decís vos que sos hombre... bueno, por lo menos es la mirada de uno del mismo género", dije sorprendida.
"Ah, pero no soy argentino, soy italiano y viví muchos años en Estados Unidos... Igual, los hombres de todo el mundo son una mierda. Yo soy separado... Pobre mi ex, le metí los cuernos con cuanta mina pude..."
En ese momento ya estaba pensando ¿por qué tengo que saber sobre su vida amorosa? en fin, ya había empezado la charla y me iba a quedar hasta el final.
Luego de confesar su repetido adulterio y aclarar que él de joven estaba bastante bueno siguió preguntando sobre mi relación con los individuos del sexo masculino.
"Sabés qué es mejor, que los uses... los tenés para tener sexo y listo..." "No sé, es como despreciarlos, aunque ellos lo hagan, no me creo tan basura para hacer lo mismo" dije desde una moral que ni sabía que tenía. Entonces, don Alfredo, inexplicablemente, cambió su discurso.
"No tenés que irte a la cama en la primera noche, hacelos laburar... que te lleven a comer, que te hagan el novio, pero vos no te pongas de novia, ¡eh! que se lo crean ellos... y si no, te buscás un viejo con plata que te ponga un departamento y listo... Yo tengo uno en Caballito, pero ahora lo alquilo", me dijo, así de la nada. A lo que respondí, "en realidad, prefiero seguir teniendo mala suerte que usar a un viejo..."
"Está muy bien, así hay que ser".
Justo en ese momento entró otra clienta al negocio y don Alfredo tuvo que hacer su trabajo. Me despedí dándole las gracias por la charla, tan poco clara y educativa y él con el consejo de que era mejor estar sola que mal acompañada, que no busque porque así no llegan y que, si todo lo lindo del amor seguía fallando, que me buscara un señor entrado en años y con plata en el banco, así podía vivir holgada y haciendo lo yo quisiera.
Por ahora, intentaré con los dos primeros y, si me va mal... veré.