martes, 25 de diciembre de 2007

El tema del día


Ocho menos cuarto de la mañana, casi menos diez. Uno colectivero por demás apurado. La barrera del peaje de Quilmes que no se levantaba y… pum! Casi una frenada que no fue frenada del todo… es decir, el colectivero del 159 venia como loco, la barrera no se levantó y él decidió atravesarla o, en buen criollo, llevársela puesta, sin más ni más.
¿Los pasajeros? Nosotros estábamos bien, gracias, solo se escuchaba “¿te pisé?” “no, no” “Perdoná ¿estás bien?” “si, no te hagas problema”. Respeto ante todo.
Esto pasó a la mañana cuando iba al trabajo, pero como casi todo tiene que ver con todo, la barrera del peaje se convirtió, en el viaje de vuelta, en “el tema del día”.
Había salido de la segunda escuelita en donde doy clases, y llevaba conmigo una de esas hermosas y nunca cómodas de transportar, cajas navideñas y sabía que el viaje, gracias a ella, iba a ser más incómodo que de costumbre.
Lo bueno, ese día, fue que pude parar el colectivo donde no era parada y el chofer me paró y pude subir. Me paré a su lado para poder poner la caja donde no la golpearan otros pasajeros (a ver si me rompían la botella de vino…), y me agarré fuerte de uno de los caños ubicados en forma vertical (ya que de los otros se me complica por razones de altura…)
Mi diálogo con el señor colectivero comenzó cuando un auto que estaba un poco mal ubicado en la rotonda de la Rábida no dejaba al colectivo avanzar, y el chofer junto a otro pasajero ubicado detrás de mí comentaron: “¡Y qué querés, es mujer!” Y me miraron como diciendo “a ver cómo se defienden…”
La chica del auto hacía gesto como para que el colectivo la pase, pero el chofer, para molestar le tocaba bocina, entonces… abrí la boca y dije “Este es el momento en el que empieza a habla sola diciendo ¿por qué no me pasa?” “Si, es verdad” me contestó el colectivero mientras veía que la chica movía la boca y las manos visiblemente molesta porque el colectivo no la pasaba.
El viaje se desarrolló con calma hasta que llegamos al peaje de Quilmes, donde el colectivo se detuvo.
“A ver si la barrera se levanta ahora…” Dijo el chofer. “¿hay algún mecanismo para que se levante sola?” pregunté, inocentemente. “Si, ahora te muestro.”
La barrera no se levantaba, por lo que estuvimos, aproximadamente, cinco minutos parados en el peaje (cinco minutos no parece tanto, pero en un peaje es el tiempo justo para que las personas se pongan nerviosas).
Transcurrido ese tiempo, la barrera se levantó y pasamos.
“Ves esa calcomanía, bueno, es con lo que cruzamos el peaje. Antes teníamos un aparatito con pilas… que era un quilombo…” “¿Esa de ahí? ¿Y que esté medio despegada es lo que hace que tarde en levantar la barrera?” pregunté.
“No, lo que pasa es que cambiaron la antena, qué se yo… Antes con el otro era peor…” “¿Por la pila, no?” “Si, tenía unas pilas que ni siquiera se conseguían, era un quilombo, además no te dabas cuenta cuándo se acababan… Y éste está despegado porque me rompieron el parabrisa y lo tuvimos que cambiar…” “¿Y se despega fácil?” “No, tuvimos que sacarlo con calor y pegarlo otra vez… ¿ves que tiene una cinta negra? Bueno, ahí se pegó, pero de ese lado no… y con esto que cambiaron de antena… El otro día vi unos tipos que serían ingenieros… ayer. Hasta ayer no había problemas pero desde que pusieron la antena nueva, no se puede pasar bien…”
“Y debe ser de los dos lados porque hay un compañero tuyo se llevó puesta la barrera del otro lado”
“Si, al final, éstos quieren arreglar las cosas y se mandan una atrás de la otra”.
Tanto diálogo hizo que el tiempo pasara y la parada en la que me suelo bajar llegara, así que me despedí deseándole feliz navidad y un “hasta luego”, porque seguro que lo iba a volver a ver.
Ese día aprendí, entonces, que el peaje se puede cruzar gracias a una calcomanía que aunque esté despegada sirve y que los de la autopista, a veces, queriendo mejorar se mandan una atrás de la otra… Información muy útil, ¿no?

jueves, 6 de diciembre de 2007

El acosador del 159...

Me tomé el colectivo a eso de las siete y monedas de la tarde y, como ya estaba bastante lleno, me acerqué a un sitio propicio donde pudiera apoyar mi espalda en el costado de uno de los asientos (que es la manera más común que tenemos los viajeros del 159 para sostenernos cuando los asientos no tienen barrita dónde agarrarse).
Bastante cómoda y momentos antes que el colectivo se pusiera en movimiento, saqué mis anteojos, un libro y me dispuse a hacer el equilibrio correcto para leer y no caerme al tener que dar vuelta la página.
El viaje se desarrollaba con tranquilidad, pero había algo que me inquietaba y no sabía qué era… Tenía la sensación de que alguien me observaba.
En uno de esos sacudones que suele tener el colectivo cuando sube a la autopista levanté la vista del libro y pude comprobar mis sospechas.
Casi en una diagonal exacta estaba sentado un chico que me estaba mirando y en el momento en el que lo miré (únicamente porque algo me llevó a mirar hacia ahí) veo que el muchacho guiña un ojo o (me) guiña un ojo.
“Bueno, pensé, tal vez tiene algo en el ojo, que lo guiñe no quiere decir que me lo está guiñando a mí…”
El viaje continuó sin mayores sobresaltos. Cuando el colectivo bajó de la Autopista cerré el libro, lo guardé como también guardé los anteojos. La sensación de estar siendo mirada por el muchacho del jopo (porque tenía un lindo jopito) seguía...
En un momento, cuando ya estábamos yendo por la calle Brandsen (que es la calle donde comienza a bajarse la mayor parte de la gente) el colectivo se para, sorpresivamente, al igual que el chofer.
“¡Uh!” se escuchó… “¡Cagamos! ¿y ahora?” decía otro. “Bueno, pensé, tal vez no es nada” siempre tan optimista hasta que subió el chofer y dijo:
“Bueno, bajen porque se rompió… no sé, esperen al otro que viene en 15 minutos”
Yo estaba a dos cuadras de la parada de un colectivo que me deja a una cuadra de mi casa, y no tenía mucho qué pensar, ya que las opciones eran: o esperaba al otro colectivo y viajaba peor de lo que había viajado ya pero no pagaba el pasaje (única ventaja); o me tomaba el otro colectivo, viajaba sentada y caminaba menos por sólo $1… y comencé a caminar a la otra parada, muy tranquila, como casi siempre.
En eso veo que el muchacho del jopo venía caminando muy cerca y que me estaba mirando y que se estaba acercando y… “Disculpame ¿Sabés dónde para otro colectivo que vaya a Berazategui?” me dijo.
“Sí, tenés que seguir tres cuadras más y creo que ahí paran todos”
“¿Vos vas para allá?”
“No, yo me tomo otro que me deja más cerca de mi casa”
“¿Por dónde es?”
“A 30 cuadras de acá”… No le iba a dar más información que esa, claro.
Llegué a mi parada y le dije que me quedaba ahí, que tuviera suerte y chau, pero… el tipo no se fue, me dijo que se quedaba que tal vez le convenía ese colectivo y bla bla bla…
“Mirá que éste termina en el Cementerio” le dije (Casualmente yo vivo a la vuelta del Cementerio, pero ese dato no tenía por qué saberlo)
“Ah, entonces no me deja… pero… te estaba mirando en el colectivo y me parecés muy linda… ¿Tenés novio?”
“No, acabo de terminar una relación muy larga y que terminó un poco extraña, así que imaginate que tampoco tengo muchas ganas de tener uno” (Siempre con esa simpatía tan característica en mi)
“¿hace mucho que terminaste?”
“Dos días, pero no quiero hablar de eso”
“Ah, me imagino… yo hace unos meses que terminé una relación de seis años y te entiendo… pero bueno, no sé, si querés pasame tu teléfono y te invito al cine… ¿Viste el Código Da Vinci?...”
“No, no la vi…”
“Bueno… ¿me das tu teléfono? ¿O querés que te de el mío y me llamás vos?”
Realmente no sé por qué este muchacho pensaba que yo tenía ganas de darle mi teléfono o de tener su teléfono, pero ante tanta insistencia le dije que me diera su teléfono y que yo después le daba el mío o le mandaba un mensajito para que le quedara guardado.
“Bueno, anotá… Gonzalo es mi nombre y el número 15…”
Claro que lo anoté con mucha paciencia, casi como si fuera la primera vez que tenía un teléfono en las manos y justo (miren lo que son las casualidades) cuando le iba a dar mi número vino mi colectivo, al que paré y al que me subí, después de saludarlo muy amablemente (es decir, casi con la mano).
La historia podría haber quedado ahí, como una inyección de autoestima, nada más, pero… una semana después…
Me subí al colectivo y, como siempre, me dirigí al fondo del vehículo. Me paré delante de un asiento y cuando miro al pasajero que estaba sentado, identifico a Gonzalo (o el muchacho del jopo) que me miraba con una sonrisa digna de publicidad de crema dental. Como soy muy educada me acerqué y lo saludé…
“¿te querés sentar?” me dijo… la oferta era tentadora, pero si le decía que sí después iba a tener que mantener una conversación y esas cosas… Así que le dije que no, que cómo se iba a parar, que no se molestara… Y veo que, en su insistencia hace un gesto que me desagradó a tal punto que se me notó en la cara:
Mientras me repetía la pregunta levantó un ceja, lo que le dio a su cara un expresión por demás libidinosa, levantó un poco la pierna e hizo que su mano rebotara en su rodilla repetidas veces como diciendo “Sentate acá, mami…”
Me puse seria casi inmediatamente, le dije que no, me di la vuelta y me acomodé del otro lado del pasillo. Unas horas después estaba borrando su teléfono y felicitándome por haber confiado en mi intuición y no haberle mandado nunca mi número.
Me lo crucé muchas veces más, tanto en el colectivo como en la parada y nunca más le hablé, ni lo saludé ni lo miré ni nada de nada… Calculo que habrá pensado que era una histérica, que es lo más fácil y no que él fue un poco desubicado… en fin, cada uno es libre de pensar lo que le convenga…

martes, 27 de noviembre de 2007

159 semirápido - Intro


Creo que ha llegado el momento de rendirle un merecido homenaje al colectivo en el que paso la mayor cantidad de mis horas diarias, al colectivo en donde he vivido muchas experiencias (agradables y no tanto), al colectivo por el que tengo un quiste metacarpofalangeano (o algo así… en criollo sería un quiste en donde se forma el pliegue entre el dedo y la palma) en la mano izquierda… en fin, al nunca y bien ponderado: 159 semirápido.
Comencé a viajar en esta línea, aproximadamente, a mediados del 2000, cuando estaba haciendo el CBC en la calle Paseo Colón (sí, ya sé que no existe más… pero bueno, la mayor parte de las cosas, por suerte, cambia) y, debo confesar que al principio me resistía, imaginen después de dos años de viajar todos los días en tren ¿cómo lo iba a traicionar con un colectivo? Pero bueno, a veces el sentido común es más fuerte que la costumbre y el cariño, y convengamos que desde Constitución hasta Paseo Colón y Cochabamba eran un par de cuadras y caminarlas de noche no era muy recomendable…
En fin, al principio viajaba en el colectivo común que entre una cosa y otra tardaba entre una hora y media a dos horas en llegar a destino, además por esas épocas sólo existía el 159 Diferencial que era más caro y casi de élite.
Pero, como las cosas cambian, la línea 159 también cambió y el Diferencial se volvió más popular, con un boleto más accesible y un recorrido más veloz, pues comenzó a ir por la Autopista La Plata – Buenos Aires, luego de su habilitación.
Entonces, hasta el 2005, más o menos, sólo existía el ramal SS por autopista, pero como había una gran parte de la población que se quedaba afuera del servicio, decidieron extenderlo, gracias a lo que ahora contamos con: SS por autopista, L roja, L azul por primer peaje… eso sí no me pregunten el recorrido de cada uno porque me estarían metiendo en un lío.
El primero de los 3 mencionados es el único que me deja a 4 cuadritas de mi hogar.
No voy a negar que el viaje es más rápido, ya que dependiendo de la hora del día y del chofer que toque en suerte puede durar entre 30 a 50 minutos.
Además dentro del colectivo se ha formado (gracias a que el viaje es corto y económico, dentro de todo) una comunidad de pasajeros, cuando estamos en la parada esperando, somos personas individuales, pero dentro del colectivo somos una masa de gente y nos ayudamos entre nosotros y todo.
Algo muy común es cuando el colectivo se llena mucho mucho (que suele pasar justo en la parada en la que subo yo) hay personas que no llegan a la máquina para sacar el boleto, entonces se escucha “¿me podés sacar el boleto?” “Sí” “gracias” “de nada”. Y así cinco o seis personas más. Todo con respeto.
Por estas condiciones de viaje con una amiga acuñamos el término “ensardinados”, pues, literalmente, viajamos como sardinas… y sin vergüenza puedo decir que cuando veo a las vaquitas que viajan en los camiones, me da un poco de envidia, porque ellas están mucho más cómodas que yo (ojo, igual cuando pienso adonde se dirigen y el olor feo que hay ahí adentro, la envidia se me pasa)
Resumiendo… los próximos posteos estarán dedicados a mis experiencias en este colectivo… las quejas las pueden dirigir a la línea MOQSA o a algún ente regulador de los medios de transporte…

lunes, 22 de octubre de 2007

Seguidilla de infortunios...


Esa semana había llovido todos los días, diluvio tras diluvio, y parecía que no iba a parar nunca, por suerte yo tenía un paraguas que mi mamá se había comprado, y seguro que al enterarse que me lo había llevado, sabía que no lo iba a poder usar nunca más (es que ella es conciente que paraguas que agarro, paraguas que se rompe… juro que no soy yo… es el viento…)
Volvía, entonces, un jueves lluvioso, a mi casa desde la facultad. Me había tomado el 126 que me dejaba justo a la vuelta de la parada del 159, pero esa noche (promediaban las 8) con la lluvia, el transito era caótico, más que de costumbre, y en lugar de frenar justo en la parada, el señor colectivero me dejó en la esquina de Além y Sarmiento… un cachito lejos…
Bajé del colectivo, con mi mp3 bien atornillado, tarareando alguna de las canciones que allí tengo, mientras intentaba abrir el paraguas en un combate casi furioso con un viento que venía de todos lados.
Cuando logré vencer en mi contienda, presiento que un chico se me acerca y me dice “¿No tenés unas moneditas?” “no” le respondí y seguí caminando, pero él no se movía de mi lado. En eso siento que vuelve a hablarme…
“Mirá, no te quiero hacer nada, ¿entendés? No te quiero lastimar, pero dame el mp3 o te mato acá ¿entendés? ¡Dale, dame el mp3 o te mato acá!”
Yo caminaba mirando para adelante en actitud de “no te escucho, no te escucho”, y claro que había entendido todo todo y que estaba muy muy asustada. En eso veo que viene caminando un señor que iba justo en la dirección contraria a la mía. Y, cuando pasó a mi lado, giré mi cuerpo y me le pegué al brazo…
“Disculpe señor, pero voy a caminar con usted porque me estaban robando y estoy un poco asustada, así que voy a seguir con usted hasta la esquina”, le dije mientras me sacaba los auriculares de las orejitas.
“¿Pero qué pasó?” Preguntó el señor “Un pibe me dijo que le tenía que dar el mp3 o que me mataba”, “¿Y tenía un arma?” “No sé, pero me asusté…” (Obviamente que no sabía si el pibe tenía un arma ni me iba a quedar para averiguarlo…)
Llegamos a la esquina en donde me había bajado del colectivo y me despedí del señor dándole las muchas gracias y me dispuse a dar la vuelta manzana para llegar a la parada del 159 sin tener que pasar por el lugar del atraco. En ese momento me empezaron a temblar las piernas y me di cuenta que me podría haber salido mal lo de irme con el señor, pero bueno, en esas situaciones no suelo razonar, suelo actuar y… hasta ahora funcionó…
Cuando llegué a la parada tenía ganas de llorar por el susto, y mientras hacía la cola, intentando no clavarle el paraguas a un chico que estaba adelante mío, escuchaba como una mujer le gritaba a otro pibe que se estaba colando.
Una seguidilla de infortunios, nada más ni nada menos…

viernes, 5 de octubre de 2007

¡Pucha, cómo llueve!


Me desperté a las 6 de la mañana mientras escuchaba cómo diluviaba, con viento, granizo, gran cantidad de agua, y todo lo que se espera de una lluvia de tamaña magnitud.
“Bueno, me dije, espero a que pare un poco y me voy”, ya que, como entraba a trabajar a las 9 de la mañana, me tenía que tomar el colectivo, como muy tarde, a las 7:30 hs., si no iba a llegar tarde.
A eso de las 7 paró de llover, pero la calle estaba muy inundada como para cruzarla, así que hice tiempo y, 15 minutos después, estaba en camino a la parada del colectivo.
Previamente, casi a oscuras porque se había cortado la luz por la tormenta, había separado las monedas para el colectivo y las había depositado sobre la cama.
Una cuadra antes de llegar a la Avenida donde suelo tomarme el 159 semirápido, me di cuenta que había olvidado las monedas. Lo más lógico era ir al quiosco que estaba en la otra esquina de la esquina en la que estaba y, como soy muy lógica, fui con mi billetito de $5 en la mano:
“- Hola… mirá, necesito cambiar monedas… ¿no tendrías algo menor a un peso?...”
“- Tengo… 20 centavos… y… moneditas chicas…”
Y como vi que la señora se movía a la velocidad de Manuelita y yo estaba bastante apurada, le dije que no importaba y emprendí una loca carrera de cuatro cuadras, donde caminé rápido, corrí, volví a caminar rápido, llegué a mi casa, luché con la cerradura de mi puerta, entré, subí la escalera corriendo, agarré las monedas, bajé corriendo, intenté cerrar la puerta con lleva, y como no pude la dejé abierta. Volví a correr, caminar rápido y correr hasta llegar a la parada para esperar al colectivo, todo esto hilvanado por las más bellas palabras que podía destinarme.
A los pocos minutos llegó el colectivo al que subí a los empujones, y pude ubicarme al lado del chofer, presionada por distintos cuerpos, nada cómodo, imaginen… mucho calor, mucha gente, ventanillas cerradas y… lo menos recomendable, estar parada al lado del chofer y ver las maniobras que hacía para esquivar a los transeúntes suicidas, y demás cosillas que ocurren en los días de lluvia.
El colectivo había subido a la autopista La Plata – Buenos Aires que, por la cantidad de agua que había caído y que estaba cayendo, parecía un río.
Ahí se me ocurrió mirar la hora. Eran las 8 y no habíamos llegado ni a la mitad del recorrido…
A los 8:30, y luego de un viaje por demás incómodo, llegué al Edificio Libertador, en la Av. Paseo Colón, donde suelo bajarme para ir hasta el subte D o, en caso de no funcionar, tomarme el 152, pero, como el tiempo era escaso me dije… “Me voy hasta el subte, me bajo en Facultad de Medicina y después me tomo un taxi y listo…”
Cuando iba caminado por Irigoyen vi, en la entrada del subte A el lindo cartelito que indicaba que las líneas A y D no funcionaban por problemas climáticos o por fallas eléctricas. Así que levanté la mano y paré un taxi…
Ni bien subo al taxi y luego del “Buen día” y de indicarle el destino de mi viaje, el taxista gira su cabeza y me dice “¡No compres tomates!” “¿Eh? ¡ah, no no, si comer una ensalada de tomates es casi como comer rubíes!” Dije, muy enterada de que el precio de los tomates era el más caro de la historia del tomate en la Argentina…
“Yo estoy haciendo una campaña para que la gente no compre lo que está caro, porque ahora está todo muy caro…” “Si, y los sueldos bajos…” “Sí, mirá, el otro día fui a Luján con mi mujer y fuimos a una parrilla, pedimos papas fritas y ¿sabés cuánto nos salió? ¡$19! Más caras las papas que la carne…” “Claro, un desastre…”
Mientras el señor me hablaba de la explotación de los trabajadores, de los copetudos que se subían a su taxi defendiendo al gobierno y de cómo él se “la mandaba a guardar”, yo miraba el relojito, donde los pulsos bajaban demasiado rápido para mi gusto (aclaro que no sé mucho de taxis ni de sus relojitos, pero si de algo estoy segura es de que los numeritos cambiaban muy rápido) y, llevada por el discurso del caballero, le dije: “¿Qué rapidito que baja eso? ¿No me vas a cagar, mirá que somos dos laburantes, eh?”
“¡No, piba! Mirá, te explico, es que el reloj cuenta los segundos, los suma y además la velocidad y la cantidad de metros recorridos…” “Igual va muy rápido, en una cuadra cambió dos veces… pero bueno…” “No, no… quedate tranquila que anda bien…” (Sí, bien para vos, pensé, flor de bolazo me dijo, en fin…)El señor cambió de tema y pasó a hablar del clima, que había tenido que parar de trabajar cuando se había largado fuerte, y yo le dije que, en ese momento, estaba en el colectivo, en la autopista, y me preguntó de dónde era. Cuando contesté “Quilmes”, él dijo (y con esto comenzó un monólogo que iba a durar hasta el fin de mi viaje) “Yo viví muchos años en Berazategui, tres casas tengo. La primera me la hice a los 19 años porque en esa época, pensá Argentina año verde, se podía juntar guita y había gente que te podía ayudar, además soy un tipo que siempre ahorró. Yo gano $100, guardo $50 y los otros $50 me los patino y bueno… Con mi primera esposa hicimos la primera casa, después me hice un departamentito en el fondo, porque tenía mucho terreno y, después, edifiqué arriba… Ahora estoy por Jujuy y… (confieso que no recuerdo el nombre de la otra calle y, como soy muy honesta, no voy a inventar por las dudas de poner una calle que nunca se cruce con Jujuy)… Casualmente el domingo tengo que ir, porque le alquilé una de las casas a un pibe y le tengo que dar las lleves y arreglarle un par de cositas… Antes vivía mi hijo con la novia ahí, yo le había dicho ‘Lucas, te la regalo’, pero ellos nunca pagaron ningún impuesto ni nada y al año les cortaron todo, yo les dije que tenían que cuidar las cosas, pero ellos nada… Y yo sé que para los pibes ahora está jodido pero si no lo cuida él… Ahora, ¿sabés dónde está viviendo? En un sucucho de Varela…”
El monólogo siguió un poco más, pero sus palabras eran tantas que se vuelven difusas en mi mente (además no voy a hacer un esfuerzo tan grande por recordar su primer auto, el trabajo de su hijo y el su novia y demás cosas que no modifican nuestras vidas, ¿no?).
A las 9 y monedas llegué al trabajo con la cabeza llena de las historias de una persona a la que, seguramente, no volveré a ver en mi vida, y justo a tiempo para enseñar el pretérito indefinido…

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Curiosidades

Tren

Era un día frío pero luminoso de un invierno de, creo, 1999… volvía de la facultad platense a eso de las tres, tres y media de la tarde. Volvía a Quilmes con la que en ese momento era mi compañera de clases y de viaje, todo tranquilo, nada fuera de lo normal hasta que en Tolosa, primera estación después de La Plata, fuimos testigos de un fenómeno que admiró a todo el vagón.
Paso a relatarlo:
Nosotras estábamos sentadas en los asientos que desde La Plata a Constitución, es decir, en esa dirección, están ubicados a la derecha, y con sorpresa vimos que en la ventanilla del lado izquierdo llovía y en nuestra ventanilla no… a los veinte segundos estaba lloviendo en nuestra ventanilla y en la del lado izquierdo no. Una nube… lo sé, pero creó conmoción y admiración en todos los pasajeros…

Colectivo

Una noche, de esas tantas noches en las que regreso a mi casa desde la Ciudad de Buenos Aires en mi querido 159, tuve la oportunidad de observar que el timbre de ese colectivo estaba dado vuelta, es decir, el botón que uno debe presionar para que el chofer escuche el “Triiiii”, pare y abra la puerta, estaba del lado de abajo y la gente apretaba lo que, en una situación normal, sería el lado de abajo del timbre y, claro, no sonaba, por lo que cuando veían que estaban llegando a sus paradas y el chofer no tenía intenciones de parar y abrir la puerta, empezaban a gritar “¡Chofer! ¡Parada!” y el señor colectivero frenaba susurrando, bueno no tanto porque lo podíamos escuchar todos “Y por qué no tocás el timbre” y en ese momento la gente se daba cuenta que tenía que apretar la parte de abajo que, en una situación normal, habría sido la parte de arriba del timbre.
Obviamente yo pude tocar el timbre de manera que el conductor lo escuchara y debo aclarar que fue muy incómodo.

Subte

Un mediodía, mientras iba a trabajar, después de pasar por la línea B y hacer combinación con la D, pude observar, con mucha sorpresa, a una chica que llevaba una baguette de, y no estoy exagerando, un metro y medio (ya que era sólo unos centímetros más pequeña que yo), envuelta en celofán y decorada con múltiples moñitos rosas… ¿lindo regalito, no?

Hace poco un alumno alemán me dijo que el sistema de subtes de Buenos Aires estaba orientado a la manera de los subtes de Inglaterra, es decir, iban para el lado contrario del transito normal de la ciudad… no sé si es verdad, pero me inclino por creerle, ya que de esa manera, la desorientada no sería yo, si no que los subtes no siguen la orientación vehicular que un ciudadano de este país consideraría correcta…

miércoles, 29 de agosto de 2007

Ahí vamos


Hacía más de una semana que con Laura (la misma Laura de la otra vez…) veníamos planeando ir a ver el recital que Gustavo Cerati daría en forma gratuita y al aire libre y, que además, cerraba un ciclo de recitales que el jefe de gobierno de la cuidad venía realizando hacía tiempo…
El 10 de marzo me encaminé a la casa de Laura, punto de encuentro estratégico del que partiríamos hacia Av. F. Alcorta y Pampa. Claro, antes tomamos mate, hablamos de todo un poco y, obviamente, nos fijamos en la Guía T para estar seguras de nuestro recorrido…
Como eran, aproximadamente, las siete y media de la tarde y el recital comenzaba a las nueve y ambas somos afectas a las caminatas y pensamos que no era tan lejos, decidimos ir caminando. Entonces salimos, desde Río de Janeiro y Sarmiento, hasta nuestro destino final... (si, si… un par de cuadritas)
El día era más que propicio para el ejercicio de la caminata y más cuando hay cosas de las que hay que hablar. Hacía poco que mi amiga había empezado a trabajar en una escuela de español para extranjeros y como yo tenía unos meses más de experiencia comenzamos a pasarnos “recetas” para dar tal o cual tema y, entre pitos y flautas, llegamos al Campo Argentino de Polo… en ese punto ya estábamos deliberando sobre la importancia del modo subjuntivo (sí, porque nosotras nos divertimos a lo grande…).
Veníamos muy compenetradas en nuestra discusión cuando un señor, con una pinta increíble de hombre con experiencia en caballitos me dijo “No le creas nada, nenita… qué lindas que son…” Este comentario nos hizo volver a la realidad y, después de contestarle al señor (quienes me conocen pueden imaginarse la respuesta y quienes conocen a Laura… bueno, es casi lo mismo…), nos preguntamos si estarías yendo por el camino indicado… ninguna de las dos estábamos seguras y, claro, nos pusimos un poquito nerviosas, hasta que comenzamos a ver gente, mucha gente y alguna que otra con remeras alusivas, es decir, con imágenes de Cerati y demás…
Más tranquilas seguimos caminando, aunque cambiamos de tema… así que mientras decidíamos que este año se perfilaba negativo en cuestiones amorosas y los pro y los contras de eso, llegamos a una encrucijada…
“¿Cruzamos o no?...” Y… “mejor saquemos la guía y fijémonos para dónde tenemos que ir”… “Dale… según esto estamos bien y… tendríamos que ir para ahí…” “Che… y si seguimos a la gente… ese pibe va a la facu… y seguro que va al recital…” “Bueno… sigamos a la masa…”
Y seguimos a la plebe y ésta nos llevó a un pasaje oscuro, con árboles y veredas muy angostas, pero bueno, ya estábamos ahí y había que seguir, obvio.
Entonces, después de más de dos horas de caminata llegamos. El recital había empezado a horario, por lo que nosotras nos perdimos casi una hora, pero llegamos justo cuando subió Luis Alberto Spinetta para hacer una hermosa versión de “Té para tres”… Mientras nos abríamos paso entre la multitud y pisábamos y éramos pisadas, nos posicionamos en un lugar donde, aunque por obvias razones de estatura, yo no veía a no ser que me pusiera en puntas de pie, disfrutamos las hora y media que duró el espectáculo… De más está decir que quedamos más que emocionadas.
Todo muy lindo pero había llegado el momento de marcharnos…
Comenzamos a caminar para retomar el camino que habíamos realizado para llegar e, inevitablemente, caímos en el embudo que se había formado por la cantidad de gente que quería hacer lo mismo en el mismo momento…
Después de ver personas con ataques de pánico, de escuchar algún que otro nerviosito, o alguno diciendo “¡dale, dale empujá que no salimos más!”, pudimos evadirnos del embudo y salir al aire casi puro de la noche para iniciar nuestra caminata de vuelta a la casa de Laura, donde nos esperaba la cena, una película y dos hermosas y mullidas camas…
La cuestión fue que en lugar de doblar y hacer el mismo camino que habíamos hecho, seguimos a la multitud, muy divertidas a causa de un muchachito que estaba vestido y peinado igual que Cerati en la tapa del disco… (si, ya lo sé, una boludez pero algo tenía que distraernos del hecho de que nos estábamos haciendo pis encima… y cualquier cosa es buena, ¿no?)
Caminamos y caminamos hasta que… “¿Che, qué hacemos en Av. Cabildo?” “Ah, no sé… ¿no hay ningún colectivo que nos lleve a tu casa?” “Desde acá… no, creo que no” “Fijémonos en la guía…” “¡Qué sería de nosotras sin ella!” “Nada porque igual nos perdemos…” “Es verdad…”
Luego de la triste revelación y de darnos cuenta que no teníamos ningún colectivo desde allí, decidimos desandar el camino realizado, mientras le echábamos la culpa a la mala copia de Cerati que nos había hecho desviar…
Ya con dolor de piernas llegamos al punto de partida y comenzamos a caminar por Av. F. Alcorta… pero… algo muy extraño pasaba… nosotras teníamos que ir para donde la numeración bajaba y, aunque estábamos seguras (y de verdad) que era la dirección correcta, la numeración de la calle ascendía…
“Esto ya es demasiado… está bien que seamos medio pavas para esto pero… si acá dice que tiene que bajar… ¿por qué sube?” “Qué se yo… che, ¿y si cruzamos? No sé, como vinimos por la vereda de enfrente tal vez vemos alguna cosa que nos guíe…” “Dale…”
Cruzamos la calle y… “Che, la numeración baja en esta vereda” “¿si?... Es verdad… no entiendo más nada… enfrente sube, acá baja… ¡Esto es cosa de Mandinga!”
Aproximadamente a las veinte cuadras nos tomamos un colectivo que nos dejó cerca del ansiado hogar, al que llegamos casi corriendo por cuestiones fisiológicas.
Entonces, después de llegar, cenar livianito (porque eran casi las dos de la mañana y ninguna tenía ganas de cocinar o de comer comida elaborada), miramos una peliculita y nos fuimos a dormir con la certeza de que, en primer lugar, no teníamos que volver a confiar en nuestra intuición cuando el tema sea “orientación” y, en segundo lugar, que por un año (o más) estábamos salvadas de pensar en ir a un gimnasio.