martes, 27 de noviembre de 2007

159 semirápido - Intro


Creo que ha llegado el momento de rendirle un merecido homenaje al colectivo en el que paso la mayor cantidad de mis horas diarias, al colectivo en donde he vivido muchas experiencias (agradables y no tanto), al colectivo por el que tengo un quiste metacarpofalangeano (o algo así… en criollo sería un quiste en donde se forma el pliegue entre el dedo y la palma) en la mano izquierda… en fin, al nunca y bien ponderado: 159 semirápido.
Comencé a viajar en esta línea, aproximadamente, a mediados del 2000, cuando estaba haciendo el CBC en la calle Paseo Colón (sí, ya sé que no existe más… pero bueno, la mayor parte de las cosas, por suerte, cambia) y, debo confesar que al principio me resistía, imaginen después de dos años de viajar todos los días en tren ¿cómo lo iba a traicionar con un colectivo? Pero bueno, a veces el sentido común es más fuerte que la costumbre y el cariño, y convengamos que desde Constitución hasta Paseo Colón y Cochabamba eran un par de cuadras y caminarlas de noche no era muy recomendable…
En fin, al principio viajaba en el colectivo común que entre una cosa y otra tardaba entre una hora y media a dos horas en llegar a destino, además por esas épocas sólo existía el 159 Diferencial que era más caro y casi de élite.
Pero, como las cosas cambian, la línea 159 también cambió y el Diferencial se volvió más popular, con un boleto más accesible y un recorrido más veloz, pues comenzó a ir por la Autopista La Plata – Buenos Aires, luego de su habilitación.
Entonces, hasta el 2005, más o menos, sólo existía el ramal SS por autopista, pero como había una gran parte de la población que se quedaba afuera del servicio, decidieron extenderlo, gracias a lo que ahora contamos con: SS por autopista, L roja, L azul por primer peaje… eso sí no me pregunten el recorrido de cada uno porque me estarían metiendo en un lío.
El primero de los 3 mencionados es el único que me deja a 4 cuadritas de mi hogar.
No voy a negar que el viaje es más rápido, ya que dependiendo de la hora del día y del chofer que toque en suerte puede durar entre 30 a 50 minutos.
Además dentro del colectivo se ha formado (gracias a que el viaje es corto y económico, dentro de todo) una comunidad de pasajeros, cuando estamos en la parada esperando, somos personas individuales, pero dentro del colectivo somos una masa de gente y nos ayudamos entre nosotros y todo.
Algo muy común es cuando el colectivo se llena mucho mucho (que suele pasar justo en la parada en la que subo yo) hay personas que no llegan a la máquina para sacar el boleto, entonces se escucha “¿me podés sacar el boleto?” “Sí” “gracias” “de nada”. Y así cinco o seis personas más. Todo con respeto.
Por estas condiciones de viaje con una amiga acuñamos el término “ensardinados”, pues, literalmente, viajamos como sardinas… y sin vergüenza puedo decir que cuando veo a las vaquitas que viajan en los camiones, me da un poco de envidia, porque ellas están mucho más cómodas que yo (ojo, igual cuando pienso adonde se dirigen y el olor feo que hay ahí adentro, la envidia se me pasa)
Resumiendo… los próximos posteos estarán dedicados a mis experiencias en este colectivo… las quejas las pueden dirigir a la línea MOQSA o a algún ente regulador de los medios de transporte…

lunes, 22 de octubre de 2007

Seguidilla de infortunios...


Esa semana había llovido todos los días, diluvio tras diluvio, y parecía que no iba a parar nunca, por suerte yo tenía un paraguas que mi mamá se había comprado, y seguro que al enterarse que me lo había llevado, sabía que no lo iba a poder usar nunca más (es que ella es conciente que paraguas que agarro, paraguas que se rompe… juro que no soy yo… es el viento…)
Volvía, entonces, un jueves lluvioso, a mi casa desde la facultad. Me había tomado el 126 que me dejaba justo a la vuelta de la parada del 159, pero esa noche (promediaban las 8) con la lluvia, el transito era caótico, más que de costumbre, y en lugar de frenar justo en la parada, el señor colectivero me dejó en la esquina de Além y Sarmiento… un cachito lejos…
Bajé del colectivo, con mi mp3 bien atornillado, tarareando alguna de las canciones que allí tengo, mientras intentaba abrir el paraguas en un combate casi furioso con un viento que venía de todos lados.
Cuando logré vencer en mi contienda, presiento que un chico se me acerca y me dice “¿No tenés unas moneditas?” “no” le respondí y seguí caminando, pero él no se movía de mi lado. En eso siento que vuelve a hablarme…
“Mirá, no te quiero hacer nada, ¿entendés? No te quiero lastimar, pero dame el mp3 o te mato acá ¿entendés? ¡Dale, dame el mp3 o te mato acá!”
Yo caminaba mirando para adelante en actitud de “no te escucho, no te escucho”, y claro que había entendido todo todo y que estaba muy muy asustada. En eso veo que viene caminando un señor que iba justo en la dirección contraria a la mía. Y, cuando pasó a mi lado, giré mi cuerpo y me le pegué al brazo…
“Disculpe señor, pero voy a caminar con usted porque me estaban robando y estoy un poco asustada, así que voy a seguir con usted hasta la esquina”, le dije mientras me sacaba los auriculares de las orejitas.
“¿Pero qué pasó?” Preguntó el señor “Un pibe me dijo que le tenía que dar el mp3 o que me mataba”, “¿Y tenía un arma?” “No sé, pero me asusté…” (Obviamente que no sabía si el pibe tenía un arma ni me iba a quedar para averiguarlo…)
Llegamos a la esquina en donde me había bajado del colectivo y me despedí del señor dándole las muchas gracias y me dispuse a dar la vuelta manzana para llegar a la parada del 159 sin tener que pasar por el lugar del atraco. En ese momento me empezaron a temblar las piernas y me di cuenta que me podría haber salido mal lo de irme con el señor, pero bueno, en esas situaciones no suelo razonar, suelo actuar y… hasta ahora funcionó…
Cuando llegué a la parada tenía ganas de llorar por el susto, y mientras hacía la cola, intentando no clavarle el paraguas a un chico que estaba adelante mío, escuchaba como una mujer le gritaba a otro pibe que se estaba colando.
Una seguidilla de infortunios, nada más ni nada menos…

viernes, 5 de octubre de 2007

¡Pucha, cómo llueve!


Me desperté a las 6 de la mañana mientras escuchaba cómo diluviaba, con viento, granizo, gran cantidad de agua, y todo lo que se espera de una lluvia de tamaña magnitud.
“Bueno, me dije, espero a que pare un poco y me voy”, ya que, como entraba a trabajar a las 9 de la mañana, me tenía que tomar el colectivo, como muy tarde, a las 7:30 hs., si no iba a llegar tarde.
A eso de las 7 paró de llover, pero la calle estaba muy inundada como para cruzarla, así que hice tiempo y, 15 minutos después, estaba en camino a la parada del colectivo.
Previamente, casi a oscuras porque se había cortado la luz por la tormenta, había separado las monedas para el colectivo y las había depositado sobre la cama.
Una cuadra antes de llegar a la Avenida donde suelo tomarme el 159 semirápido, me di cuenta que había olvidado las monedas. Lo más lógico era ir al quiosco que estaba en la otra esquina de la esquina en la que estaba y, como soy muy lógica, fui con mi billetito de $5 en la mano:
“- Hola… mirá, necesito cambiar monedas… ¿no tendrías algo menor a un peso?...”
“- Tengo… 20 centavos… y… moneditas chicas…”
Y como vi que la señora se movía a la velocidad de Manuelita y yo estaba bastante apurada, le dije que no importaba y emprendí una loca carrera de cuatro cuadras, donde caminé rápido, corrí, volví a caminar rápido, llegué a mi casa, luché con la cerradura de mi puerta, entré, subí la escalera corriendo, agarré las monedas, bajé corriendo, intenté cerrar la puerta con lleva, y como no pude la dejé abierta. Volví a correr, caminar rápido y correr hasta llegar a la parada para esperar al colectivo, todo esto hilvanado por las más bellas palabras que podía destinarme.
A los pocos minutos llegó el colectivo al que subí a los empujones, y pude ubicarme al lado del chofer, presionada por distintos cuerpos, nada cómodo, imaginen… mucho calor, mucha gente, ventanillas cerradas y… lo menos recomendable, estar parada al lado del chofer y ver las maniobras que hacía para esquivar a los transeúntes suicidas, y demás cosillas que ocurren en los días de lluvia.
El colectivo había subido a la autopista La Plata – Buenos Aires que, por la cantidad de agua que había caído y que estaba cayendo, parecía un río.
Ahí se me ocurrió mirar la hora. Eran las 8 y no habíamos llegado ni a la mitad del recorrido…
A los 8:30, y luego de un viaje por demás incómodo, llegué al Edificio Libertador, en la Av. Paseo Colón, donde suelo bajarme para ir hasta el subte D o, en caso de no funcionar, tomarme el 152, pero, como el tiempo era escaso me dije… “Me voy hasta el subte, me bajo en Facultad de Medicina y después me tomo un taxi y listo…”
Cuando iba caminado por Irigoyen vi, en la entrada del subte A el lindo cartelito que indicaba que las líneas A y D no funcionaban por problemas climáticos o por fallas eléctricas. Así que levanté la mano y paré un taxi…
Ni bien subo al taxi y luego del “Buen día” y de indicarle el destino de mi viaje, el taxista gira su cabeza y me dice “¡No compres tomates!” “¿Eh? ¡ah, no no, si comer una ensalada de tomates es casi como comer rubíes!” Dije, muy enterada de que el precio de los tomates era el más caro de la historia del tomate en la Argentina…
“Yo estoy haciendo una campaña para que la gente no compre lo que está caro, porque ahora está todo muy caro…” “Si, y los sueldos bajos…” “Sí, mirá, el otro día fui a Luján con mi mujer y fuimos a una parrilla, pedimos papas fritas y ¿sabés cuánto nos salió? ¡$19! Más caras las papas que la carne…” “Claro, un desastre…”
Mientras el señor me hablaba de la explotación de los trabajadores, de los copetudos que se subían a su taxi defendiendo al gobierno y de cómo él se “la mandaba a guardar”, yo miraba el relojito, donde los pulsos bajaban demasiado rápido para mi gusto (aclaro que no sé mucho de taxis ni de sus relojitos, pero si de algo estoy segura es de que los numeritos cambiaban muy rápido) y, llevada por el discurso del caballero, le dije: “¿Qué rapidito que baja eso? ¿No me vas a cagar, mirá que somos dos laburantes, eh?”
“¡No, piba! Mirá, te explico, es que el reloj cuenta los segundos, los suma y además la velocidad y la cantidad de metros recorridos…” “Igual va muy rápido, en una cuadra cambió dos veces… pero bueno…” “No, no… quedate tranquila que anda bien…” (Sí, bien para vos, pensé, flor de bolazo me dijo, en fin…)El señor cambió de tema y pasó a hablar del clima, que había tenido que parar de trabajar cuando se había largado fuerte, y yo le dije que, en ese momento, estaba en el colectivo, en la autopista, y me preguntó de dónde era. Cuando contesté “Quilmes”, él dijo (y con esto comenzó un monólogo que iba a durar hasta el fin de mi viaje) “Yo viví muchos años en Berazategui, tres casas tengo. La primera me la hice a los 19 años porque en esa época, pensá Argentina año verde, se podía juntar guita y había gente que te podía ayudar, además soy un tipo que siempre ahorró. Yo gano $100, guardo $50 y los otros $50 me los patino y bueno… Con mi primera esposa hicimos la primera casa, después me hice un departamentito en el fondo, porque tenía mucho terreno y, después, edifiqué arriba… Ahora estoy por Jujuy y… (confieso que no recuerdo el nombre de la otra calle y, como soy muy honesta, no voy a inventar por las dudas de poner una calle que nunca se cruce con Jujuy)… Casualmente el domingo tengo que ir, porque le alquilé una de las casas a un pibe y le tengo que dar las lleves y arreglarle un par de cositas… Antes vivía mi hijo con la novia ahí, yo le había dicho ‘Lucas, te la regalo’, pero ellos nunca pagaron ningún impuesto ni nada y al año les cortaron todo, yo les dije que tenían que cuidar las cosas, pero ellos nada… Y yo sé que para los pibes ahora está jodido pero si no lo cuida él… Ahora, ¿sabés dónde está viviendo? En un sucucho de Varela…”
El monólogo siguió un poco más, pero sus palabras eran tantas que se vuelven difusas en mi mente (además no voy a hacer un esfuerzo tan grande por recordar su primer auto, el trabajo de su hijo y el su novia y demás cosas que no modifican nuestras vidas, ¿no?).
A las 9 y monedas llegué al trabajo con la cabeza llena de las historias de una persona a la que, seguramente, no volveré a ver en mi vida, y justo a tiempo para enseñar el pretérito indefinido…

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Curiosidades

Tren

Era un día frío pero luminoso de un invierno de, creo, 1999… volvía de la facultad platense a eso de las tres, tres y media de la tarde. Volvía a Quilmes con la que en ese momento era mi compañera de clases y de viaje, todo tranquilo, nada fuera de lo normal hasta que en Tolosa, primera estación después de La Plata, fuimos testigos de un fenómeno que admiró a todo el vagón.
Paso a relatarlo:
Nosotras estábamos sentadas en los asientos que desde La Plata a Constitución, es decir, en esa dirección, están ubicados a la derecha, y con sorpresa vimos que en la ventanilla del lado izquierdo llovía y en nuestra ventanilla no… a los veinte segundos estaba lloviendo en nuestra ventanilla y en la del lado izquierdo no. Una nube… lo sé, pero creó conmoción y admiración en todos los pasajeros…

Colectivo

Una noche, de esas tantas noches en las que regreso a mi casa desde la Ciudad de Buenos Aires en mi querido 159, tuve la oportunidad de observar que el timbre de ese colectivo estaba dado vuelta, es decir, el botón que uno debe presionar para que el chofer escuche el “Triiiii”, pare y abra la puerta, estaba del lado de abajo y la gente apretaba lo que, en una situación normal, sería el lado de abajo del timbre y, claro, no sonaba, por lo que cuando veían que estaban llegando a sus paradas y el chofer no tenía intenciones de parar y abrir la puerta, empezaban a gritar “¡Chofer! ¡Parada!” y el señor colectivero frenaba susurrando, bueno no tanto porque lo podíamos escuchar todos “Y por qué no tocás el timbre” y en ese momento la gente se daba cuenta que tenía que apretar la parte de abajo que, en una situación normal, habría sido la parte de arriba del timbre.
Obviamente yo pude tocar el timbre de manera que el conductor lo escuchara y debo aclarar que fue muy incómodo.

Subte

Un mediodía, mientras iba a trabajar, después de pasar por la línea B y hacer combinación con la D, pude observar, con mucha sorpresa, a una chica que llevaba una baguette de, y no estoy exagerando, un metro y medio (ya que era sólo unos centímetros más pequeña que yo), envuelta en celofán y decorada con múltiples moñitos rosas… ¿lindo regalito, no?

Hace poco un alumno alemán me dijo que el sistema de subtes de Buenos Aires estaba orientado a la manera de los subtes de Inglaterra, es decir, iban para el lado contrario del transito normal de la ciudad… no sé si es verdad, pero me inclino por creerle, ya que de esa manera, la desorientada no sería yo, si no que los subtes no siguen la orientación vehicular que un ciudadano de este país consideraría correcta…

miércoles, 29 de agosto de 2007

Ahí vamos


Hacía más de una semana que con Laura (la misma Laura de la otra vez…) veníamos planeando ir a ver el recital que Gustavo Cerati daría en forma gratuita y al aire libre y, que además, cerraba un ciclo de recitales que el jefe de gobierno de la cuidad venía realizando hacía tiempo…
El 10 de marzo me encaminé a la casa de Laura, punto de encuentro estratégico del que partiríamos hacia Av. F. Alcorta y Pampa. Claro, antes tomamos mate, hablamos de todo un poco y, obviamente, nos fijamos en la Guía T para estar seguras de nuestro recorrido…
Como eran, aproximadamente, las siete y media de la tarde y el recital comenzaba a las nueve y ambas somos afectas a las caminatas y pensamos que no era tan lejos, decidimos ir caminando. Entonces salimos, desde Río de Janeiro y Sarmiento, hasta nuestro destino final... (si, si… un par de cuadritas)
El día era más que propicio para el ejercicio de la caminata y más cuando hay cosas de las que hay que hablar. Hacía poco que mi amiga había empezado a trabajar en una escuela de español para extranjeros y como yo tenía unos meses más de experiencia comenzamos a pasarnos “recetas” para dar tal o cual tema y, entre pitos y flautas, llegamos al Campo Argentino de Polo… en ese punto ya estábamos deliberando sobre la importancia del modo subjuntivo (sí, porque nosotras nos divertimos a lo grande…).
Veníamos muy compenetradas en nuestra discusión cuando un señor, con una pinta increíble de hombre con experiencia en caballitos me dijo “No le creas nada, nenita… qué lindas que son…” Este comentario nos hizo volver a la realidad y, después de contestarle al señor (quienes me conocen pueden imaginarse la respuesta y quienes conocen a Laura… bueno, es casi lo mismo…), nos preguntamos si estarías yendo por el camino indicado… ninguna de las dos estábamos seguras y, claro, nos pusimos un poquito nerviosas, hasta que comenzamos a ver gente, mucha gente y alguna que otra con remeras alusivas, es decir, con imágenes de Cerati y demás…
Más tranquilas seguimos caminando, aunque cambiamos de tema… así que mientras decidíamos que este año se perfilaba negativo en cuestiones amorosas y los pro y los contras de eso, llegamos a una encrucijada…
“¿Cruzamos o no?...” Y… “mejor saquemos la guía y fijémonos para dónde tenemos que ir”… “Dale… según esto estamos bien y… tendríamos que ir para ahí…” “Che… y si seguimos a la gente… ese pibe va a la facu… y seguro que va al recital…” “Bueno… sigamos a la masa…”
Y seguimos a la plebe y ésta nos llevó a un pasaje oscuro, con árboles y veredas muy angostas, pero bueno, ya estábamos ahí y había que seguir, obvio.
Entonces, después de más de dos horas de caminata llegamos. El recital había empezado a horario, por lo que nosotras nos perdimos casi una hora, pero llegamos justo cuando subió Luis Alberto Spinetta para hacer una hermosa versión de “Té para tres”… Mientras nos abríamos paso entre la multitud y pisábamos y éramos pisadas, nos posicionamos en un lugar donde, aunque por obvias razones de estatura, yo no veía a no ser que me pusiera en puntas de pie, disfrutamos las hora y media que duró el espectáculo… De más está decir que quedamos más que emocionadas.
Todo muy lindo pero había llegado el momento de marcharnos…
Comenzamos a caminar para retomar el camino que habíamos realizado para llegar e, inevitablemente, caímos en el embudo que se había formado por la cantidad de gente que quería hacer lo mismo en el mismo momento…
Después de ver personas con ataques de pánico, de escuchar algún que otro nerviosito, o alguno diciendo “¡dale, dale empujá que no salimos más!”, pudimos evadirnos del embudo y salir al aire casi puro de la noche para iniciar nuestra caminata de vuelta a la casa de Laura, donde nos esperaba la cena, una película y dos hermosas y mullidas camas…
La cuestión fue que en lugar de doblar y hacer el mismo camino que habíamos hecho, seguimos a la multitud, muy divertidas a causa de un muchachito que estaba vestido y peinado igual que Cerati en la tapa del disco… (si, ya lo sé, una boludez pero algo tenía que distraernos del hecho de que nos estábamos haciendo pis encima… y cualquier cosa es buena, ¿no?)
Caminamos y caminamos hasta que… “¿Che, qué hacemos en Av. Cabildo?” “Ah, no sé… ¿no hay ningún colectivo que nos lleve a tu casa?” “Desde acá… no, creo que no” “Fijémonos en la guía…” “¡Qué sería de nosotras sin ella!” “Nada porque igual nos perdemos…” “Es verdad…”
Luego de la triste revelación y de darnos cuenta que no teníamos ningún colectivo desde allí, decidimos desandar el camino realizado, mientras le echábamos la culpa a la mala copia de Cerati que nos había hecho desviar…
Ya con dolor de piernas llegamos al punto de partida y comenzamos a caminar por Av. F. Alcorta… pero… algo muy extraño pasaba… nosotras teníamos que ir para donde la numeración bajaba y, aunque estábamos seguras (y de verdad) que era la dirección correcta, la numeración de la calle ascendía…
“Esto ya es demasiado… está bien que seamos medio pavas para esto pero… si acá dice que tiene que bajar… ¿por qué sube?” “Qué se yo… che, ¿y si cruzamos? No sé, como vinimos por la vereda de enfrente tal vez vemos alguna cosa que nos guíe…” “Dale…”
Cruzamos la calle y… “Che, la numeración baja en esta vereda” “¿si?... Es verdad… no entiendo más nada… enfrente sube, acá baja… ¡Esto es cosa de Mandinga!”
Aproximadamente a las veinte cuadras nos tomamos un colectivo que nos dejó cerca del ansiado hogar, al que llegamos casi corriendo por cuestiones fisiológicas.
Entonces, después de llegar, cenar livianito (porque eran casi las dos de la mañana y ninguna tenía ganas de cocinar o de comer comida elaborada), miramos una peliculita y nos fuimos a dormir con la certeza de que, en primer lugar, no teníamos que volver a confiar en nuestra intuición cuando el tema sea “orientación” y, en segundo lugar, que por un año (o más) estábamos salvadas de pensar en ir a un gimnasio.

domingo, 19 de agosto de 2007

Actitud Buenos Aires


Se me había hecho un poco tarde, así que casi a las diez y pico de la noche me estaba despidiendo de mi enamorado en la estación de subte Bulnes de la línea D, para hacer el camino de siempre, es decir: subte D hasta 9 de julio, combinación con la línea B hasta el Correo Central, donde me tomaría el 159 semirápido hasta un lugar adecuado donde pudiera tomarme un remise (porque, aunque el colectivo me deja a cuatro cuadras de mi casa, ya tuve un encontronazo con un muchacho no muy amable por lo que evito andar muy tarde por estas zonas…)
Entonces, me subí al subte y, como estaba previsto, me bajé en la estación 9 de julio para hacer la combinación… Esperé, esperé… y nada…
En eso vemos (porque no era la única que estaba ahí paradita) que viene un subte del otro lado y, claro, lo primero que pensé fue “si viene uno de allá ahora tendrá que venir una de acá”, lógico, ¿no? Pero no…
El chofer del subte que iba para Los Incas nos dijo, con esa amabilidad que los caracteriza: “No pasan más trenes” “¿Qué?” dijo uno de los muchachos que estaban parados cerca de mí… “Sí, que no pasan más, es hasta y media…” Sonó la alarma, se cerraron las puertas y el subte se fue, dejándonos con la certeza de que por lo menos éramos muchos los que no sabíamos.
Entonces nos encaminamos a las escaleras para salir del mundo subterráneo, pero había dos que estaban cerradas… y una que estaba abierta. Salí a la superficie y, por error seguí mi instinto que me orientaba a cruzar la Av. 9 de julio, sin entender ¿por qué las personas que estaban conmigo abajo no lo hacía si iban para el mismo lado que yo?
Lo único que pensé fue “bueno, irán para otro lado, con tal que no empiece a ver teatros no pasa nada…” Ese era mi único punto de referencia a nivel orientación, si comenzaba a ver teatros era que mi brújula seguía tan estropeada como siempre, si no, era que tenía esperanzas de salir sin la guía T (que no es índice de nada en mi caso…)
Bueno, crucé y empecé a caminar mientras me mandaba mensajitos con el muchacho en cuestión, lo que hizo que me distrajera un poco más de lo habitual. Pasaron dos cuadras y… ¡No! El cartel de “Chiquititas”… Un teatro ya era mas que suficiente para que me diera cuenta que tendría que haber seguido a los que se iban para el otro lado en la salida del subte…
Inmediatamente le mando un mensajito a mi hermana avisándole que iba a llegar un poco tarde porque me había mareado un poco y me había ido para el otro lado, a lo que contestó con un dulce “qué boluda, cuidate”… Di la vuelta y comencé a desandar el camino que había hecho…
A eso de las once y media llegué al Correo Central. Ya se me había pasado el enojo que creo que me duró dos o tres cuadras porque me di cuenta que no era más que mi problema crónico… además es aburrido estar enojada mucho tiempo, ¿no?
Me tomé el semirápido y fue en ese viaje en donde vi aquel bichito verde del que hablé alguna vez… El viaje fue, entonces, más que tranquilo…
Aproximadamente a 20 cuadras de mi casa me bajé para tomarme un remise. Entré a una remisería atendida por una mujer que era la representación femenina de Humpty Dumpty y tenía, además, el tono de voz de un barrabrava… (una delicia de mujer para quien quiera conocerla).
Me contó que había mucho trabajo y empezó a hablar mal de Tinelli y de “Bailando por un sueño”… en fin, los temas no cambiaron mucho en un año…
Por suerte en ese momento recibí un llamado que me sacó del lugar y coincidió con la llegada del señor que iba a conducirme a mi hogar.
Subí al auto, indiqué la dirección y… “¿Vos sos la hija de Raúl?” ¡Upa! “Si…” “¡Ahhh… sos la nieta de Dante, el zapatero!” “si, soy yo” “¿Cómo está tu abuelo?” “Calculo que bien, se murió hace unos años” (si, ya lo sé fue un poco negra mi contestación, pero bueno… así soy)… “Ah… yo lo conocí y a tu mamá y, claro, después al loco de tu viejo… ¿sigue jugando al fútbol?” “claro, si no se muere, el fútbol es una droga para él”… La cuestión es que la conversación dio un giro, no sé cómo y terminamos hablando de él y de la mala suerte que había tenido en la vida… un “te escucho” increíble…
Y así llegué a mi casa, con una anécdota completita, completita…

domingo, 29 de julio de 2007

Te escucho (el regreso...)


Siempre era la misma historia cuando salía de dar mis clases en la escuelita que quedaba en el Palacio Barolo: había que llamar a todos los ascensores y esperar al que llegara primero para salir corriendo, abrir la puerta y entrar… así de difícil era tomarse el ascensor al mediodía en uno de los edificios más lindos de la ciudad.
Así que luego de esperar unos cuantos minutos y de verlo subir y bajar vacío, paró y entré.
Apreté el botón que indicaba “planta baja” pero, como era costumbre, en lugar de bajar subió hasta el piso 14 (es decir, me llevó al último piso del edificio), hecho que, como comprenderán, no me sorprendió porque se había convertido en un ritual habitual para mí.
La cuestión fue que mientras yo subía, innecesariamente, un hombre esperaba muy impaciente en el décimo piso. Pero había que cumplir con lo que estaba en la rutina, así que llegué al 14, saludé a los fantasmas (porque dicen que hay fantasmas en ese edificio y, una vez escuché que si uno tiene la sensación de estar cerca de algún espíritu debe presentarse o por lo menos saludar… creer o reventar… lo dejo a sus criterios) y bajé.
En el piso 10 el ascensor se detuvo y subió el señor que se caracterizaba por tener muy mala cara, por lo que solo atiné a esbozar una leve sonrisa… y…
“¡Vengo de la ART y quieren que vuelva a trabajar!¡Una biga se me cayó… no sé que es lo que no entienden… una biga así de gruesa en la rodilla!” (claro, yo lo miraba con cara de signo de interrogación, pero creo que él pensó que yo entendía lo que me estaba diciendo, en fin…) “Fractura de ligamentos cruzados y de meniscos, una operación de la san puta me tuve que aguantar” “Sí… dicen que es muy dolorosa” (agregué, como para decir algo) “¡Sí! Además, estuve en rehabilitación, y en verano… que es horrible… pero claro, a ellos no les conviene seguir pagándome, porque la rehabilitación sale cara y les conviene más que yo esté laburando que curándome… Pero les dije… ¡yo laburé con los del sindicato, así que si me jodés con esto te mando a los muchachos y te hago un quilombo de aquellos… ¿me entendés?...” “Claro…” (¿Y qué le iba a decir? A ver si me mandaba a los muchachos del sindicato a mí…)
Por suerte el ascensor tocó la ansiada planta baja. Salí casi corriendo, pero antes le desee suerte… no sé si me escuchó. Si escuché que se despidió de mí, porque su “chau” fue bastante enérgico, como si yo perteneciera a la gente de la ART… y bueno…
Mientras iba caminando para tomarme el colectivo que me llevaría a mi otro trabajo, no pude evitar pensar que tal vez necesitaba descargar su ira, su impotencia, lo que sea; ahora, la pregunta era… ¿Por qué todos los locos quieren contarme sus problemas? ¿Me confundí de carrera? ¿Tendría que haber estudiado psicología y pasar mis días en el Borda o en el Moyano?... Muchas, muchas preguntas que no van a tener respuesta nunca…