miércoles, 19 de septiembre de 2007

Curiosidades

Tren

Era un día frío pero luminoso de un invierno de, creo, 1999… volvía de la facultad platense a eso de las tres, tres y media de la tarde. Volvía a Quilmes con la que en ese momento era mi compañera de clases y de viaje, todo tranquilo, nada fuera de lo normal hasta que en Tolosa, primera estación después de La Plata, fuimos testigos de un fenómeno que admiró a todo el vagón.
Paso a relatarlo:
Nosotras estábamos sentadas en los asientos que desde La Plata a Constitución, es decir, en esa dirección, están ubicados a la derecha, y con sorpresa vimos que en la ventanilla del lado izquierdo llovía y en nuestra ventanilla no… a los veinte segundos estaba lloviendo en nuestra ventanilla y en la del lado izquierdo no. Una nube… lo sé, pero creó conmoción y admiración en todos los pasajeros…

Colectivo

Una noche, de esas tantas noches en las que regreso a mi casa desde la Ciudad de Buenos Aires en mi querido 159, tuve la oportunidad de observar que el timbre de ese colectivo estaba dado vuelta, es decir, el botón que uno debe presionar para que el chofer escuche el “Triiiii”, pare y abra la puerta, estaba del lado de abajo y la gente apretaba lo que, en una situación normal, sería el lado de abajo del timbre y, claro, no sonaba, por lo que cuando veían que estaban llegando a sus paradas y el chofer no tenía intenciones de parar y abrir la puerta, empezaban a gritar “¡Chofer! ¡Parada!” y el señor colectivero frenaba susurrando, bueno no tanto porque lo podíamos escuchar todos “Y por qué no tocás el timbre” y en ese momento la gente se daba cuenta que tenía que apretar la parte de abajo que, en una situación normal, habría sido la parte de arriba del timbre.
Obviamente yo pude tocar el timbre de manera que el conductor lo escuchara y debo aclarar que fue muy incómodo.

Subte

Un mediodía, mientras iba a trabajar, después de pasar por la línea B y hacer combinación con la D, pude observar, con mucha sorpresa, a una chica que llevaba una baguette de, y no estoy exagerando, un metro y medio (ya que era sólo unos centímetros más pequeña que yo), envuelta en celofán y decorada con múltiples moñitos rosas… ¿lindo regalito, no?

Hace poco un alumno alemán me dijo que el sistema de subtes de Buenos Aires estaba orientado a la manera de los subtes de Inglaterra, es decir, iban para el lado contrario del transito normal de la ciudad… no sé si es verdad, pero me inclino por creerle, ya que de esa manera, la desorientada no sería yo, si no que los subtes no siguen la orientación vehicular que un ciudadano de este país consideraría correcta…

miércoles, 29 de agosto de 2007

Ahí vamos


Hacía más de una semana que con Laura (la misma Laura de la otra vez…) veníamos planeando ir a ver el recital que Gustavo Cerati daría en forma gratuita y al aire libre y, que además, cerraba un ciclo de recitales que el jefe de gobierno de la cuidad venía realizando hacía tiempo…
El 10 de marzo me encaminé a la casa de Laura, punto de encuentro estratégico del que partiríamos hacia Av. F. Alcorta y Pampa. Claro, antes tomamos mate, hablamos de todo un poco y, obviamente, nos fijamos en la Guía T para estar seguras de nuestro recorrido…
Como eran, aproximadamente, las siete y media de la tarde y el recital comenzaba a las nueve y ambas somos afectas a las caminatas y pensamos que no era tan lejos, decidimos ir caminando. Entonces salimos, desde Río de Janeiro y Sarmiento, hasta nuestro destino final... (si, si… un par de cuadritas)
El día era más que propicio para el ejercicio de la caminata y más cuando hay cosas de las que hay que hablar. Hacía poco que mi amiga había empezado a trabajar en una escuela de español para extranjeros y como yo tenía unos meses más de experiencia comenzamos a pasarnos “recetas” para dar tal o cual tema y, entre pitos y flautas, llegamos al Campo Argentino de Polo… en ese punto ya estábamos deliberando sobre la importancia del modo subjuntivo (sí, porque nosotras nos divertimos a lo grande…).
Veníamos muy compenetradas en nuestra discusión cuando un señor, con una pinta increíble de hombre con experiencia en caballitos me dijo “No le creas nada, nenita… qué lindas que son…” Este comentario nos hizo volver a la realidad y, después de contestarle al señor (quienes me conocen pueden imaginarse la respuesta y quienes conocen a Laura… bueno, es casi lo mismo…), nos preguntamos si estarías yendo por el camino indicado… ninguna de las dos estábamos seguras y, claro, nos pusimos un poquito nerviosas, hasta que comenzamos a ver gente, mucha gente y alguna que otra con remeras alusivas, es decir, con imágenes de Cerati y demás…
Más tranquilas seguimos caminando, aunque cambiamos de tema… así que mientras decidíamos que este año se perfilaba negativo en cuestiones amorosas y los pro y los contras de eso, llegamos a una encrucijada…
“¿Cruzamos o no?...” Y… “mejor saquemos la guía y fijémonos para dónde tenemos que ir”… “Dale… según esto estamos bien y… tendríamos que ir para ahí…” “Che… y si seguimos a la gente… ese pibe va a la facu… y seguro que va al recital…” “Bueno… sigamos a la masa…”
Y seguimos a la plebe y ésta nos llevó a un pasaje oscuro, con árboles y veredas muy angostas, pero bueno, ya estábamos ahí y había que seguir, obvio.
Entonces, después de más de dos horas de caminata llegamos. El recital había empezado a horario, por lo que nosotras nos perdimos casi una hora, pero llegamos justo cuando subió Luis Alberto Spinetta para hacer una hermosa versión de “Té para tres”… Mientras nos abríamos paso entre la multitud y pisábamos y éramos pisadas, nos posicionamos en un lugar donde, aunque por obvias razones de estatura, yo no veía a no ser que me pusiera en puntas de pie, disfrutamos las hora y media que duró el espectáculo… De más está decir que quedamos más que emocionadas.
Todo muy lindo pero había llegado el momento de marcharnos…
Comenzamos a caminar para retomar el camino que habíamos realizado para llegar e, inevitablemente, caímos en el embudo que se había formado por la cantidad de gente que quería hacer lo mismo en el mismo momento…
Después de ver personas con ataques de pánico, de escuchar algún que otro nerviosito, o alguno diciendo “¡dale, dale empujá que no salimos más!”, pudimos evadirnos del embudo y salir al aire casi puro de la noche para iniciar nuestra caminata de vuelta a la casa de Laura, donde nos esperaba la cena, una película y dos hermosas y mullidas camas…
La cuestión fue que en lugar de doblar y hacer el mismo camino que habíamos hecho, seguimos a la multitud, muy divertidas a causa de un muchachito que estaba vestido y peinado igual que Cerati en la tapa del disco… (si, ya lo sé, una boludez pero algo tenía que distraernos del hecho de que nos estábamos haciendo pis encima… y cualquier cosa es buena, ¿no?)
Caminamos y caminamos hasta que… “¿Che, qué hacemos en Av. Cabildo?” “Ah, no sé… ¿no hay ningún colectivo que nos lleve a tu casa?” “Desde acá… no, creo que no” “Fijémonos en la guía…” “¡Qué sería de nosotras sin ella!” “Nada porque igual nos perdemos…” “Es verdad…”
Luego de la triste revelación y de darnos cuenta que no teníamos ningún colectivo desde allí, decidimos desandar el camino realizado, mientras le echábamos la culpa a la mala copia de Cerati que nos había hecho desviar…
Ya con dolor de piernas llegamos al punto de partida y comenzamos a caminar por Av. F. Alcorta… pero… algo muy extraño pasaba… nosotras teníamos que ir para donde la numeración bajaba y, aunque estábamos seguras (y de verdad) que era la dirección correcta, la numeración de la calle ascendía…
“Esto ya es demasiado… está bien que seamos medio pavas para esto pero… si acá dice que tiene que bajar… ¿por qué sube?” “Qué se yo… che, ¿y si cruzamos? No sé, como vinimos por la vereda de enfrente tal vez vemos alguna cosa que nos guíe…” “Dale…”
Cruzamos la calle y… “Che, la numeración baja en esta vereda” “¿si?... Es verdad… no entiendo más nada… enfrente sube, acá baja… ¡Esto es cosa de Mandinga!”
Aproximadamente a las veinte cuadras nos tomamos un colectivo que nos dejó cerca del ansiado hogar, al que llegamos casi corriendo por cuestiones fisiológicas.
Entonces, después de llegar, cenar livianito (porque eran casi las dos de la mañana y ninguna tenía ganas de cocinar o de comer comida elaborada), miramos una peliculita y nos fuimos a dormir con la certeza de que, en primer lugar, no teníamos que volver a confiar en nuestra intuición cuando el tema sea “orientación” y, en segundo lugar, que por un año (o más) estábamos salvadas de pensar en ir a un gimnasio.

domingo, 19 de agosto de 2007

Actitud Buenos Aires


Se me había hecho un poco tarde, así que casi a las diez y pico de la noche me estaba despidiendo de mi enamorado en la estación de subte Bulnes de la línea D, para hacer el camino de siempre, es decir: subte D hasta 9 de julio, combinación con la línea B hasta el Correo Central, donde me tomaría el 159 semirápido hasta un lugar adecuado donde pudiera tomarme un remise (porque, aunque el colectivo me deja a cuatro cuadras de mi casa, ya tuve un encontronazo con un muchacho no muy amable por lo que evito andar muy tarde por estas zonas…)
Entonces, me subí al subte y, como estaba previsto, me bajé en la estación 9 de julio para hacer la combinación… Esperé, esperé… y nada…
En eso vemos (porque no era la única que estaba ahí paradita) que viene un subte del otro lado y, claro, lo primero que pensé fue “si viene uno de allá ahora tendrá que venir una de acá”, lógico, ¿no? Pero no…
El chofer del subte que iba para Los Incas nos dijo, con esa amabilidad que los caracteriza: “No pasan más trenes” “¿Qué?” dijo uno de los muchachos que estaban parados cerca de mí… “Sí, que no pasan más, es hasta y media…” Sonó la alarma, se cerraron las puertas y el subte se fue, dejándonos con la certeza de que por lo menos éramos muchos los que no sabíamos.
Entonces nos encaminamos a las escaleras para salir del mundo subterráneo, pero había dos que estaban cerradas… y una que estaba abierta. Salí a la superficie y, por error seguí mi instinto que me orientaba a cruzar la Av. 9 de julio, sin entender ¿por qué las personas que estaban conmigo abajo no lo hacía si iban para el mismo lado que yo?
Lo único que pensé fue “bueno, irán para otro lado, con tal que no empiece a ver teatros no pasa nada…” Ese era mi único punto de referencia a nivel orientación, si comenzaba a ver teatros era que mi brújula seguía tan estropeada como siempre, si no, era que tenía esperanzas de salir sin la guía T (que no es índice de nada en mi caso…)
Bueno, crucé y empecé a caminar mientras me mandaba mensajitos con el muchacho en cuestión, lo que hizo que me distrajera un poco más de lo habitual. Pasaron dos cuadras y… ¡No! El cartel de “Chiquititas”… Un teatro ya era mas que suficiente para que me diera cuenta que tendría que haber seguido a los que se iban para el otro lado en la salida del subte…
Inmediatamente le mando un mensajito a mi hermana avisándole que iba a llegar un poco tarde porque me había mareado un poco y me había ido para el otro lado, a lo que contestó con un dulce “qué boluda, cuidate”… Di la vuelta y comencé a desandar el camino que había hecho…
A eso de las once y media llegué al Correo Central. Ya se me había pasado el enojo que creo que me duró dos o tres cuadras porque me di cuenta que no era más que mi problema crónico… además es aburrido estar enojada mucho tiempo, ¿no?
Me tomé el semirápido y fue en ese viaje en donde vi aquel bichito verde del que hablé alguna vez… El viaje fue, entonces, más que tranquilo…
Aproximadamente a 20 cuadras de mi casa me bajé para tomarme un remise. Entré a una remisería atendida por una mujer que era la representación femenina de Humpty Dumpty y tenía, además, el tono de voz de un barrabrava… (una delicia de mujer para quien quiera conocerla).
Me contó que había mucho trabajo y empezó a hablar mal de Tinelli y de “Bailando por un sueño”… en fin, los temas no cambiaron mucho en un año…
Por suerte en ese momento recibí un llamado que me sacó del lugar y coincidió con la llegada del señor que iba a conducirme a mi hogar.
Subí al auto, indiqué la dirección y… “¿Vos sos la hija de Raúl?” ¡Upa! “Si…” “¡Ahhh… sos la nieta de Dante, el zapatero!” “si, soy yo” “¿Cómo está tu abuelo?” “Calculo que bien, se murió hace unos años” (si, ya lo sé fue un poco negra mi contestación, pero bueno… así soy)… “Ah… yo lo conocí y a tu mamá y, claro, después al loco de tu viejo… ¿sigue jugando al fútbol?” “claro, si no se muere, el fútbol es una droga para él”… La cuestión es que la conversación dio un giro, no sé cómo y terminamos hablando de él y de la mala suerte que había tenido en la vida… un “te escucho” increíble…
Y así llegué a mi casa, con una anécdota completita, completita…

domingo, 29 de julio de 2007

Te escucho (el regreso...)


Siempre era la misma historia cuando salía de dar mis clases en la escuelita que quedaba en el Palacio Barolo: había que llamar a todos los ascensores y esperar al que llegara primero para salir corriendo, abrir la puerta y entrar… así de difícil era tomarse el ascensor al mediodía en uno de los edificios más lindos de la ciudad.
Así que luego de esperar unos cuantos minutos y de verlo subir y bajar vacío, paró y entré.
Apreté el botón que indicaba “planta baja” pero, como era costumbre, en lugar de bajar subió hasta el piso 14 (es decir, me llevó al último piso del edificio), hecho que, como comprenderán, no me sorprendió porque se había convertido en un ritual habitual para mí.
La cuestión fue que mientras yo subía, innecesariamente, un hombre esperaba muy impaciente en el décimo piso. Pero había que cumplir con lo que estaba en la rutina, así que llegué al 14, saludé a los fantasmas (porque dicen que hay fantasmas en ese edificio y, una vez escuché que si uno tiene la sensación de estar cerca de algún espíritu debe presentarse o por lo menos saludar… creer o reventar… lo dejo a sus criterios) y bajé.
En el piso 10 el ascensor se detuvo y subió el señor que se caracterizaba por tener muy mala cara, por lo que solo atiné a esbozar una leve sonrisa… y…
“¡Vengo de la ART y quieren que vuelva a trabajar!¡Una biga se me cayó… no sé que es lo que no entienden… una biga así de gruesa en la rodilla!” (claro, yo lo miraba con cara de signo de interrogación, pero creo que él pensó que yo entendía lo que me estaba diciendo, en fin…) “Fractura de ligamentos cruzados y de meniscos, una operación de la san puta me tuve que aguantar” “Sí… dicen que es muy dolorosa” (agregué, como para decir algo) “¡Sí! Además, estuve en rehabilitación, y en verano… que es horrible… pero claro, a ellos no les conviene seguir pagándome, porque la rehabilitación sale cara y les conviene más que yo esté laburando que curándome… Pero les dije… ¡yo laburé con los del sindicato, así que si me jodés con esto te mando a los muchachos y te hago un quilombo de aquellos… ¿me entendés?...” “Claro…” (¿Y qué le iba a decir? A ver si me mandaba a los muchachos del sindicato a mí…)
Por suerte el ascensor tocó la ansiada planta baja. Salí casi corriendo, pero antes le desee suerte… no sé si me escuchó. Si escuché que se despidió de mí, porque su “chau” fue bastante enérgico, como si yo perteneciera a la gente de la ART… y bueno…
Mientras iba caminando para tomarme el colectivo que me llevaría a mi otro trabajo, no pude evitar pensar que tal vez necesitaba descargar su ira, su impotencia, lo que sea; ahora, la pregunta era… ¿Por qué todos los locos quieren contarme sus problemas? ¿Me confundí de carrera? ¿Tendría que haber estudiado psicología y pasar mis días en el Borda o en el Moyano?... Muchas, muchas preguntas que no van a tener respuesta nunca…

domingo, 15 de julio de 2007

Un paseo por el barrio


Aclaración: Esta breve historia fue, originalmente, un mail que le mandé a un gran amigo y que él publicó en su blog. Puedo decir que eso fue el germen de lo que hoy es este lugar.
Así que gracias por haber sido, sin lugar a dudas, el primer gran lector de mis crónicas.
http://www.lucasbcn.blogspot.com



Ayer tuve un episodio de desorientación en mi propio barrio, ¿lo podés creer? Si, yo creo que lo podés creer tranquilamente, es que no existe una guía T de mi barrio (esto de vivir en el conurbano me mata). La cuestión fue que fui a darme la vacuna contra la rubéola (gracias a lo cual por tres meses no puedo quedar embarazada...Y yo que quería poblar la Patagonia... y bué, será en otra década) y me encaminé hacia el dispensario, sala de primeros auxilios o como gustes llamarle que queda, aproximadamente, a 7 cuadras de mi casa, al lado de una iglesia a la que iba mucho de pequeñita (no se si te acordás que te conté que a los 5 años me sabía la misa de memoria), pero a la que no iba desde los 10 años (sacando cuentas... hace... 16 años que no iba por ahí).
Bueno, caminé, caminé... siempre mirando hacia la izquierda, dirección en la que creía que estaba el lugar y nada. Cuando llegué a una esquina que ya me parecía de otro barrio, llamé a mi mamá para preguntarle y me dijo "¿Cómo que te perdiste? Pero si está al lado de la iglesia" Y la iglesia dónde está, fue mi pregunta, a lo que mi madre, cariñosa como ella sola, respondió "pero Valeria, que boluda que sos, te perdés en tu propio barrio"…
En fin, luego de justificarme diciendo que me habían movido las casas de lugar, mi madre me dijo la calle y llegué. Me aplicaron una vacuna que me hizo inmune a la rubéola y volví a mi casa...Si, lo reconozco, soy un desastre, pero ya lo tengo asumido.

lunes, 2 de julio de 2007

El asadito


Era uno de esos sábados de verano donde el sol está a la temperatura justa y el vientito ayuda para que el calor no sofoque, es decir, un lindo día de verano en Buenos Aires.
Habíamos arreglado ir todos los chicos del grupo de italiano a la casa de Hernán a comer uno de sus memorables asados por el barrio de Saavedra, pero claro yo había quedado en pasar antes por la casa de Laura para charlar un poco con ella y con Ana, su amiga.
Entonces, alrededor de las cinco de la tarde nos encontrábamos las tres damas conversando de, entre otras cosas, muchachos (bien y mal, claro… es casi inevitable que cuando las mujeres hablan de hombres las conversaciones caigan en el maniqueísmo), de rituales budistas, de cultos a demonios que habitan en las minas de Bolivia, y de otras cosas que la memoria no me permite recordar. En plena cháchara nos dimos cuenta que nos teníamos que ir. Hernán nos había citado a las siete para empezar a hacer el asado, las ensaladas, poner la mesa y, además, lo más importante, hacer la picadita previa.
Consultamos nuestras Guías T y salimos, convencidas de que el 71 paraba en la calle Patricias Argentinas.
Cuando llegamos a la parada vimos que un colectivo estaba a punto de irse. Corrimos, nos subimos y nos dispusimos a disfrutar del viaje, sin tener en cuenta un detalle casi superfluo: el 71 no para en Patricias Argentinas…
Con Laura nos sentamos en un par de asientos dobles y Ana lo hizo en uno individual, pero a los cinco minutos de viaje pudo sentarse delante nuestro y, así, proseguir con nuestras charlas… Estábamos tan seguras de ir por el camino correcto…
Cuando promediaban diez minutos de viaje decidimos (aunque estábamos convencidas de habernos tomado el colectivo correcto, éramos consientes de mi poca capacidad de orientación y del despiste natural de Laura) que era conveniente chequear que el recorrido del colectivo se ajustara a las calles de nuestras Guías T…
Y no había caso, intentábamos buscar las coincidencias pero era imposible. El recorrido del 71 no se ajustaba con nuestro colectivo… “Seguro que cambiaron el recorrido y esta guía es vieja” dije mirando mi guía del 2004.
“Pero la mía dice lo mismo y es de este año” dijo Laura mostrándonos la tapa de su Guía T donde sobresalía un enorme 2006 en naranja.
“A ver chicas, denme una de las guías…” dijo Ana un poco cansada de vernos intentar hacer que un círculo encaje en un rectángulo…
Miró la guía con gran solemnidad, buscó el mapita, preguntó “¿Cuál es la calle?” “Manuela Pedraza” dijimos casi a dúo… Volvió a mirar el mapita, miró el boleto del colectivo, después por la ventanilla y dijo, casi como una revelación: “Bueno, nos tomamos otro colectivo, por eso no encuentran las calles… bajémonos acá que por acá todavía pasa el 71”.
Y nos bajamos en Chacarita. El 65 se fue y nosotras nos tomamos el colectivo correcto admiradas de la capacidad de razonamiento y ubicación que tuvo Ana, porque… si las calles por las que transitaba el colectivo no eran las mismas que indicaba la guía ¿por qué empecinarse en hacerlas encajar? Buena pregunta, claro que no tiene una respuesta lógica, o por lo menos la única que pudimos encontrar fue… “Y bueno, somos un poquito despistadas…” para nada convincente.
Casi a las ocho y media llegamos a la casa de Hernán, luego de verlo colocar estratégicamente en forma piramidal los carboncitos para el asado, terminamos cenando a la una de la madrugada ¿cómo? Vaya uno a saber, fue el asado más lento del mundo…
Algo que queda reflejado en esta experiencia es que sí o sí los amigos tienen cosas en común y que el dicho “Dios los cría y el viento los amontona”, a nosotros, nos viene como anillo al dedo.

sábado, 16 de junio de 2007

Te escucho (3ª parte... ¿y final?)


Tenía que ir de un trabajo a otro, y como no tenía tiempo de probar nuevas alternativas de transporte y correr el riesgo de perderme o llegar tarde, siempre hacía el mismo recorrido, es decir, me tomaba el subte A y combinaba con el D para bajarme en Facultad de Medicina.
Ese día llovía muchísimo, así que cuando me tomé el subte A estaba casi hecha sopa. Dos estaciones antes de Perú escuché: “Metrovías informa que la línea D no presta servicios a causa de problemas climáticos”… traducción: la línea D estaba inundada y no funcionaba… esto me obligó a buscar en mi guía T una alternativa, ya que en plena desesperación recordé que existían los colectivos.
Me bajé en Plaza de Mayo y por suerte ya no llovía con tanta intensidad, sólo garuaba.
Crucé la Plaza y me dispuse a tomar a tomar el 111 que era, hasta el momento, el único colectivo que creía haber visto por la zona a la que me dirigía.
Habían pasado 15 minutos y el bendito colectivo no venía, entonces, saqué mi guía y descubrí que podía tomarme otro… opté por el 29.
Cuando logré subirme casi me había secado y por suerte encontré un asiento… Pero lo interesante de la historia no fue esto sino lo que escuché…
Mientras intentaba develar si la persona que estaba sentada a mi lado era un él o una ella sin ser muy obvia, escuché esta conversación entre un señor y una señora que estaban sentados detrás de mí.
Contexto situacional: pasábamos por la Catedral cuando, según creo, la señora se persignó, entonces…
Sr: - ¡Qué bien… católica como yo!
Sra: - Si, si… claro…
Sr: - Muy bien, yo voy siempre a la iglesia.
Sra: - Si, yo también, todos los domingos.
Sr: - Y… ¿A cuál va?
(“¡Epa! La tercera edad levanta hablando de iglesias, mirá vos…” pensaba yo)
Sra: - A la iglesia que está en la calle…
(no recuerdo qué calle era… pero si a alguno le interesa puedo hacer una listita de iglesias…)
Sr: - ¡Ah! Yo también pero voy a la tarde porque, aunque estoy jubilado sigo trabajando…
Sra:- Sí, yo también estoy jubilada pero trabajo…
Sr: - ¿Y qué hace?
Sra: - Soy óptica… pero antes estudié para maestra…
Sr: - Y la jubilación docente ahora no es mala…
Sra: - No… si mis amigas que estudiaron conmigo y siguieron enseñando tienen una jubilación muy buena… pero como yo me jubilé del ejército… no me puedo quejar.
Sr: - Claro, qué bien… ¿Y ahora dónde trabaja?
Sra: - Como secretaria en una óptica…
Sr: - Yo me levantó a las cinco de la mañana para ir al trabajo… es que todavía me siento muy bien para estar sin hacer nada…
Sra: - Yo soy muy activa… hago natación y me reúno con las chicas a jugar a las cartas…
(me encanta cuando dicen “las chicas”, esa frase dicha por una señora me hace pensar en viejitas muy maquilladas y con mucho olor a perfume)
Sr: - ¡Qué bien! Si, yo también hago mucha actividad, es muy buena para nuestra edad, además no me puedo quedar quieto… como buen pisciano…
Sra: - ¡Ah! Claro…. Qué lindo signo…
(Se viene la charla astrológica)
Sr: - Si… pero igual tenemos carácter… Pero no malo, solo reaccionamos, no como mi suegra que es sagitariana y tiene un carácter bien bravo. A mi esposa la tenía cortita cuando éramos novios…
Sra: - Mi esposo es de sagitario, pero a mí nunca pudo ponerme límites, es que soy acuariana y las acuarianas somos muy independientes…
Sr: - Claro, claro…
Sra: - además, por suerte, salimos mucho…
Sr: - Yo con mi señora igual, vamos muy seguido a un tenedor libre que queda por Belgrano…
Sra:- ¡Ah, qué casualidad! Yo también a uno que queda cerca de la casa de uno de mis hijos…
Sr: - Mire que bien…
(En este momento de la conversación la persona que estaba sentada a mi lado se bajó, e inmediatamente los pasajeros de atrás se callaron… Sin lugar a dudas, develando el misterio que me había ocupado los primeros minutos del viaje, era un él convertido, con muy poco cuidado ya que se le notaba la barba, en una ella)
Sr: - Cada vez hay más…
Sra: - No crea, lo que pasa es que ahora se muestran más que en nuestra época…
(la señora presentaba signos de incomodidad, o por lo menos era lo que yo presentía…)
Sr: - Igual con tanta peste que hay dando vueltas se van a morir todos…
Sra: - Y… si, pero no todos son así…
Lamentablemente, en este punto de la conversación donde iba a desplegarse, creo, argumentos a favor y en contra de los homosexuales, tuve que bajarme y correr las seis cuadras que me restaban para llegar a mi trabajo. Lo bueno es que ya no llovía más y yo estaba bastante seca…