domingo, 1 de noviembre de 2009

Rosario: en viaje

El martes a las 13:30 hs. salía el micro que iba a llevarme, en un viaje de cuatro días, a Rosario (turismo académico, que le dicen).
Salí de mi casa en un remise con mi madre hacia el Cruce Varela, terminal de ómnibus que me queda mucho mas a mano que la de Retiro. Mi mamá iba hablando con el remisero de las personas que conocían del barrio, de lo complicado que era llegar al Cruce, de que había un colectivo que te dejaba en la esquina, de esas cosas en las que yo no podía intervenir por desconocimientos de tema.
Llegamos a la terminal y se me ocurrió hacer el siguiente comentario: "Tendría que haber sacado asiento individual, andá a saber quién me toca de compañía..." A lo que mi madre respondió, "bueno, tal vez tengas a alguien interesante"... Ilusiones maternas.
Un poco después de y media llegó el micro. Mi asiento era el que estaba justo detrás del baño y debajo del televisor, por lo que lo podía ver desde la puerta quien sería mi compañía en el viaje. Cuando pasé para dejar mi valija la vi.
Era una señora muy gorda que ocupaba un espacio de mi asiento. Pasé por al lado de mi madre y le dije "mierda, me tocó una gorda", le di un beso y subí.
Cuando la mujer me vio ocupar mi lugar me dijo "Qué suerte que sos normal", no pude evitar sentirme mal.
El micro partió, yo estaba hecha un chorizo, casi pegada a la ventana. Acto seguido la señora sacó de su bolso una almohada envuelta en una toalla, se la puso detrás de la cabeza, apoyó los pies en la pared del baño y se durmió. En esa posición, yo tenía un poco más de espacio, hasta que la señora se relajó y su cuerpo se expandió. Volví a la posición chorizo.
En Retiro la señora se levantó para ir al baño, aproveché para sacar de mi mochila, que había ubicado debajo del asiento, un libro, mis anteojos, un paquete de galletitas y un pebete que había llevado por si tenía hambre y, sí, estaba muerta de hambre, pero con la señora al lado mis posibilidades de movimiento era reducidas.
Ella volvió del baño y me dijo: "Esos baños son tan chiquitos que no queda espacio para el aire... pero te digo, son muy cómodos después." Yo asentía con la cabeza, no podía decir nada, porque no quería meter la pata. Había entendido su planteo: chiquitos para entrar, por la puerta y eso, pero cuando ella estaba adentro no había posibilidad de movimiento.
El viaje continuó. Ella dormía. Yo comía o escuchaba música o leía. Así durante cinco horas, hasta que el micro entró en San Nicolás.
La señora se levantó. Yo pensaba que otra vez iba al baño, pero no. Sacó su bolso de debajo del asiento, me hizo un gesto con la cabeza, al que respondí de igual forma y se bajó.
Al ver la inmensidad del asiento me despatarré y viajé muy cómoda la hora que me separaba de mi destino y aproveché para sacar fotos del paisaje que se veía por la ventanilla.
Cuando llegué a la terminal de Rosario, me senté a esperar a mis amigas. Me tomé la botella de agua que me había comprado en el Cruce Varela (que no había tomado antes por temor a tener ganas de ir al baño y tener que hacer que la señora se moviera. No la quería molestar).
A los pocos minutos de estar sentada, tres perros vinieron hacia mí. Eran grandes y con caras simpáticas, tal vez con caras de sueño, me movían la cola. No pude evitar tocarlos, no pude evitar que me dieran besos en las manos, ni que se tiraran a dormir a mi alrededor.
Cuando llegaron las chicas me vieron custodiada y se rieron. No es raro que me sigan los perros. Uno de ellos nos siguió hasta el taxi mientras veíamos un mapa de la ciudad y yo les contaba de mi peripecia con la señora del micro.

martes, 6 de octubre de 2009

Don Alfredo

En general los hombres mayores suelen hacer dos cosas en la calle: la primera, decir cosas semi obscenas a las jovencitas; y, la segunda, dar consejos.
Esto último me pasó con don Alfredo:
Era una de esas tardes de verano en las que uno no sabe si es mejor estar desnudo, o dentro de una pileta, o desnudo dentro de una pileta. Yo volvía de trabajar, y, para ser sincera, mi estado de ánimo no era del todo óptimo (esas cosas que pasan por la cabeza de una cuando las cosas no salen como a una le gustarían que salgan...).
Tenía que cruzar Alem y, como es mi costumbre para evitar el tránsito, suelo bajar al subte en la esquina de Corrientes y Alem y subir en Corrientes y Bouchard (y de paso ejercito las piernas y evito las bocinas).
En la estación Alem hay un puesto donde venden carteras, bastante lindas algunas, al lado de un puesto donde venden ropa interior, para todos los gustos (creo que tienen hasta disfraces). Me paré a ver las carteras, como para ver algo, y vi una que me pareció linda y entré.
Don Alfredo estaba detrás del mostrador.
"Podés agarrar la cartera que te guste", me dijo. Es un señor mayor, de esos que tienen la nariz gorda en la punta y como con granitos (imaginen que no podía dejar de mirarle la nariz), cara de pícaro y de charlatán.
Comenzamos a hablar de la cartera, me dio las mil y un razones por las que sería bueno comprarla, aprovechando que tenía un vestido blanco con florcitas y que la cartera era blanca, encontró los argumentos adecuados y me dejé convencer. Un vendedor increíble, tomó lo que tenía a mano e hizo la venta.
Después, una cosa llevó a la otra y salió la pregunta: "¿tenés novio?" "No, parece que los chicos no se enamoran de mí", dije sin pensar en mis palabras, y fue tarde para volver atrás.
"¡Qué raro! una chica tan linda e inteligente como vos..." me dijo. "Si, seré linda e inteligente pero parece que a los chicos les gustan las feas o las tontas, no sé..." respondí totalmente adentro del juego semi-psicoanalítico.
"Mirá, por un lado mejor, quedate sola, los hombres argentinos son una porquería, son todos unos boludos, con perdón de la palabra".
"Y me lo decís vos que sos hombre... bueno, por lo menos es la mirada de uno del mismo género", dije sorprendida.
"Ah, pero no soy argentino, soy italiano y viví muchos años en Estados Unidos... Igual, los hombres de todo el mundo son una mierda. Yo soy separado... Pobre mi ex, le metí los cuernos con cuanta mina pude..."
En ese momento ya estaba pensando ¿por qué tengo que saber sobre su vida amorosa? en fin, ya había empezado la charla y me iba a quedar hasta el final.
Luego de confesar su repetido adulterio y aclarar que él de joven estaba bastante bueno siguió preguntando sobre mi relación con los individuos del sexo masculino.
"Sabés qué es mejor, que los uses... los tenés para tener sexo y listo..." "No sé, es como despreciarlos, aunque ellos lo hagan, no me creo tan basura para hacer lo mismo" dije desde una moral que ni sabía que tenía. Entonces, don Alfredo, inexplicablemente, cambió su discurso.
"No tenés que irte a la cama en la primera noche, hacelos laburar... que te lleven a comer, que te hagan el novio, pero vos no te pongas de novia, ¡eh! que se lo crean ellos... y si no, te buscás un viejo con plata que te ponga un departamento y listo... Yo tengo uno en Caballito, pero ahora lo alquilo", me dijo, así de la nada. A lo que respondí, "en realidad, prefiero seguir teniendo mala suerte que usar a un viejo..."
"Está muy bien, así hay que ser".
Justo en ese momento entró otra clienta al negocio y don Alfredo tuvo que hacer su trabajo. Me despedí dándole las gracias por la charla, tan poco clara y educativa y él con el consejo de que era mejor estar sola que mal acompañada, que no busque porque así no llegan y que, si todo lo lindo del amor seguía fallando, que me buscara un señor entrado en años y con plata en el banco, así podía vivir holgada y haciendo lo yo quisiera.
Por ahora, intentaré con los dos primeros y, si me va mal... veré.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Acceso: negado

Había pasado una noche bastante mala, con sueños extraños y esas cosas y, para colmo, ese martes sólo tenía dos horas de clase, es decir, me tenía que hacer el santo viaje de todos los días solo por dos horitas (lo que se traduce: iba a tener que estar más arriba del colectivo que en tierra firme, un embole).
Con la cabeza como adentro de una murga, me subí al colectivo. Como eran las 12 y media del mediodía, encontré un asiento. Me senté, me dispuse a leer, pero me ganó el sueño y me dormí. Pero me dormí como uno se duerme en los colectivos, a medias, con un ojo en el otro mundo y el otro en este. Así llegué a la Autopista y pude advertir que el colectivo no subió, que siguió por el costadito. "Qué raro" pensé "ya subirá en Bernal".
Pero no, pasó la subida de Bernal y siguió y siguió.
En ese momento la gente se empezó a preocupar y a mover de sus asientos. Yo, mientras tanto, seguía con un ojo abierto y el otro cerrado. Hasta que escuché al chofer que hablaba con uno de los pasajeros: "Y, cortaron todas las subidas... y los puentes... no sé por dónde vamos a entrar"
Eso para mí fue peor que un despertador.
Iba a llegar tarde y, para colmo, la murga seguía tocando en mi cabeza. El día perfecto.
En eso, un hombre que estaba sentado atrás mío empezó a llamar a su trabajo. "Decile a Daniel que está todo cortado... que voy a llegar tarde. Avisale a Carlitos, porque... claro. Mirá, creo que estoy en Sarandí, pero no sé por donde mierda va a entrar... Sí, tengo el boleto." Acto seguido comenzó a soplar. Pobre, insoportable.
Al cabo de más de media hora, paramos en una esquina donde se subieron una mujer y un chico. El colectivero intercambió palabras con una persona que estaba en la vereda "guiando" a los automovilistas, y en eso escuché: "che, pibe, vos lo podés guiar". Pero no, al contrario de lo que todos pudieron prever, la señora fue la que guió perfectamente al chofer hasta la subida de Dock Sud (¡les tapó la boca! pensé, claro... yo no puedo guiar a nadie ni dentro de mi casa).
Al cabo de más de una hora y media, y luego de haber intentado por muchos lugares y no haber podido, por fin el colectivo atravesó el Riachuelo y entramos a las Ciudad de Buenos Aires.
Ese día aprendí algunas cositas, como por ejemplo: mucha gente confunde el Puente Pueyrredón con el Puente de la Boca, no son el mismo puente, se los aseguro. Cuando la gente está nerviosa puede poner nerviosa a otras personas y eso, en una situación tensionante de por sí, no ayuda. Y, por último, cuando hay un corte sorpresivo lo mejor es relajarse y disfrutar de los nuevos paisajes.

domingo, 20 de septiembre de 2009

El eterno retorno...

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Bueno, debo reconocer, de una buena vez por todas, que estoy incluida en esa categoría animal. Es decir, con una vez no me alcanza para darme cuenta de las cosas, algunos dirían que soy lenta, yo digo que no, que lo mío es más bien una necesidad de confirmar que, efectivamente, si una vez dije que no lo iba a volver a hacer era por algo.
Bien, después de pequeña explicación que intenta, sin lograrlo, exonerarme, paso a contar lo que me pasó:
Era miércoles y había quedado con mi gran amiga Lau (no la de Mar del Plata, si no la de la gran caminata luego del recital de Cerati ¿se acuerdan?) en encontrarnos para ir a la facultad, votar y, de paso charlar un rato de nuestras cosas, obvio.
La pasé a buscar por su casa y, como es nuestra costumbre, emprendimos la caminata desde Almagro hasta la facultad que está en Caballito.
Todo muy lindo, la charla amena, el clima casi primaveral.
Llegamos a Puan 480 y nos dirigimos al tercer piso (lugar clásico de votaciones), pero esta vez las mesas se dividían por letras y claro, el apellido de Lau empieza con "P" y el mío con "G", por lo tanto teníamos que recorrer el edificio buscando nuestras respectivas mesas. Lau votó sin problema. Pero, claro, a mí algo me tenía que pasar. Resulta que como ya me gradué de casi todo lo que podía por la carrera, no aparezco en los padrones por lo que tuve que hacer un pequeño trámite que, por suerte, fue breve.
Luego del pequeño percance, salimos de la facultad y nos encaminamos a la avenida Rivadavia, cuando recordé que no había subtes.
Tenía dos opciones: o volvía sobre mis pasos y me iba a avenida Directorio y me tomaba el 126; o me tomaba el 85 y me bajaba directamente en el centro de Quilmes (pequeño dato, a las cinco y media tenía que encontrarme con mi hermana para acompañarla a hacer unas compras y no quería llegar tarde... )
Medité unos segundos y decidí tomarme el 85...
El recorrido de este colectivo es demasiado largo y denso. Yo lo sabía, me lo había tomado una vez hacía como 10 años atrás y me había jurado no volver a tomarlo, pero como el encuentro con mi hermana apremiaba, me lo tomé.
Al principio fue incómodo: tenía un codo clavado en la cintura, una cartera apoyada en la nuca y, algo que resultó sumamente asqueroso, una cola apoyada en mi cola (¡y yo sin poder moverme!)
Luego, el viaje pasó a ser desconcertante: el colectivo andaba, y andaba, y yo no sabía dónde estaba, hasta que pasamos la Iglesia de Pompeya. "Bueno, en breve cruzaremos el Riachuelo", pensé, que era el único indico que tenía del paso a provincia.
Cruzamos el puente Alsina y entramos al GBA... pero no sabía en qué partido estaba, hasta media hora después que vi un gran cartel que decía "Partido de Lanús". Faltaba mucho para Quilmes...
La cuestión fue que mientras yo estaba apretujada en el 85, mi hermana hizo sus compras, y yo hasta no llegar a Mitre y Las Flores (Wilde) no sabía en qué parte del mundo estaba.
Cuando llegué a Quilmes me bajé, debo confesar que estaba de muy mal humor, despeinada y con una sensación de picor en todo el cuerpo.
Cuando me encontré con mi hermana lo primero que le dije fue "Haceme acordar que nunca más que tome ese colectivo". "Bueno", me dijo ella, pero yo sé y ella también sabe que en algún momento volveré a tropezar con el mismo cascote y volveré a tomarme el 85.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Y un día quise aprender a manejar

Una de las preguntas más frecuentes que mis amigos y/o conocidos me hacen cuando les cuento mis problemas/anécdotas en los transportes públicos es: ¿y por qué no te comprás un auto? A lo que rápidamente respondo (y ya es clásica mi respuesta): ¡Es que yo con un auto soy más peligrosa que un mono con navaja! Y, automáticamente, comienzo a narrar la historia del día que quise aprender a manejar:
Corría, aproximadamente, el año 1996, yo contaba con 16 añitos y se había despertado en mí la necesidad de saber qué se sentía controlar una máquina. La cuestión era que no quería ir a una escuela de manejo, y sabía que con mi papá no podía aprender porque él se ponía muy pero muy nervioso cuando intentaba enseñarme algo (en fin, típica dinámica entre nosotros: él piensa que porque soy su hija tengo en mi genética todos sus conocimientos y, claro, cuando se da cuenta que no es así, se frustra...).
Entonces, hablando con un tío sobre mis ansias de aprender él se ofreció a enseñarme. Arreglamos día y lugar: sábado, después del almuerzo, en la casa de mi abuela.
La zona era perfecta: un barrio tranquilo, con calles por donde no pasaban muchos autos. El profesor, inmejorable (pensaba en esa época), un ex colectivero, ex taxista y prominente mecánico. Nada podía salir mal.
Mi tío hizo que me sentara en el asiento del conductor (me sentía Penelope Glamour). Me dijo: "apretá ese pedal y girá la llave", lo hice y rrrrrmmmm, ¡arrancó el auto!
Después me dijo: "ahora mové la palanca de cambios, en esta dirección" (confieso que no me acuerdo ni de los movimientos, ni del nombre de los pedales, así que mis explicaciones son bastante pobres, perdón...).
"Ahora, apretá el acelerador" (de ese sí me acuerdo), y mágicamente el auto estaba en movimiento y yo lo estaba dirigiendo.
"Derechito, derechito... llevalo así... despacio... muy bien." Esas fueron las palabras de mi tío en las dos primeras cuadras, es decir, todo iba perfecto hasta que...
"¡Doblá, doblá, Valeria, por favor!" Confieso que pude sentir el horror en su voz.
"Ya doblo", dije con la paciencia que me caracteriza en los momentos tensos (bueno, no en todos) y cuando, efectivamente, doblé, un camión bastante grande casi casi nos rozó.
"¡Cuándo te digo doblá, por favor hacelo!" me dijo mi tío casi descompuesto.
"Bueno, lo iba a hacer pero quería hacerlo tranquila..."
Manejé toda esa cuadra y las que quedaban para llegar al punto de partida.
Frené en la puerta, nos bajamos y después de tomar unos mates y contarle a mi abuela mi primera experiencia al volante, me despedí de todos y de mi tío al que le pregunté por nuestra segunda clase.
"Yo te llamo y te aviso cuándo puedo", me dijo...
Nunca me llamó...
En ese momento comprendí que todos tenemos un rol dentro de los vehículos, y que el mío es, por el momento, el de copilota, por mi seguridad y por la del mundo entero.

martes, 18 de agosto de 2009

De levante en el 159

Hay cosas que no pasan por casualidad, o si, pero a veces hay pequeños actos que direccionan el día.
Me había tomado el 159, como de costumbre, en el Correo Central y, como dos personas detrás mío subió una chica con un vaso de café, de esos que venden en Café Martínez para llevar. Raro porque el colectivo iba lleno, muy lleno y la chica no iba a tener de dónde ni con qué agarrarse si mantenía el café consigo.
Todo se desarrollaba con tranquilidad mientras ella tuviera una de sus dos manos libres, pero justo en el momento en el que el colectivo se dirigía al peaje de Dock Sud (quien ha viajado alguna vez sabe que en ese momento hay que agarrarse si o si de algo porque si no te vas contra lo que tengas atrás o adelante, dependiendo siempre de la orientación del viajero), decía, justo en ese instante a ella se le ocurre hablar por teléfono (sospecho que algo tan importante que no podía esperar cinco minutitos a que el colectivo fuera en línea recta).
Ella intentaba hacer equilibrio, entre el café y el teléfono, cuando el muchacho que estaba paradito a su lado le dijo: "¿Querés que te tenga el café?"
"No, gracias", dijo ella con un linda sonrisa (que no vi pero intuí)
"Dale, te lo tengo así hablás tranquila" insistió él.
Y ella no pudo negarse.
Cuando terminó su conversación, que duró menos de un minuto, el chico le devolvió el café y, claro, comenzaron a hablar del café: que si era de máquina, que dónde lo había comprado, que a mí me gusta así, que a mí asá, en fin cosas de café, hasta que él le preguntó: "¿Venís del trabajo?" y debo confesar que lo único que escuché de ella fue "sí", porque lo que siguió de su respuesta me fue vedado tanto por el ruido del colectivo como por su suave y delicada voz.
Acto seguido, creo, ella le preguntó dónde trabajaba él a lo que respondió (y lo escuché muy bien, porque el tipo estaba muy orgulloso de su trabajo) "Trabajo en lo que me gusta, por suerte... En el teatro, dirijo la administración y también estoy en la parte artística, casualmente estreno una obra en septiembre."
Ella habrá dicho algo así como "¡qué bien! ¡qué lindo!" y él continuó hablando con el pecho henchido de orgullo.
En eso llegó la pregunta que todos, a esta altura estábamos esperando... bueno, una de las dos preguntas que estábamos esperando: "¿Dónde vivís?" y ella respondió: "En Quilmes". A lo que siguió el clásico: "¡Qué viaje que tenés! ¿te vas todos los días a Capital?" Y ella dijo algo que no nos esperábamos (me atrevo a hablar en plural porque tengo la sospecha que no era la única que estaba escuchando): "Si, y a veces voy con mochila y bolsos, porque mi novio (¡!) vive en Capital y tengo muchos amigos allá."
Sin embargo, no lejos de achicarse o deprimirse por la revelación, nuestro galán le dice (promediaba ya casi el final del recorrido): "¿Me pasás tu mail así te invito a ver mis obras? porque no solo en septiembre estreno una, en octubre tengo otra que escribí yo." Y ella, al contrario de lo que puedan pensar muchos, se lo dio.
Luego de esto ella se bajó, pero antes se despidieron con un beso en la mejilla, un gracias por el café (sic) y un te escribo.
Increíble, a veces las cositas más tontas, como comprarse un café a cuatro cuadras de la parada del colectivo, pueden provocar los encuentros más inesperados.
Ahora resta imaginar la continuación: ¿él le habrá escrito? ¿ella habrá respondido? ¿se volverán a ver en el colectivo?
Cuántas preguntas, espero poder contestarlas algún día.

domingo, 9 de agosto de 2009

Casi casi


Luego de una hermosa tarde/noche de cine y cena con mis dos grandes amigas Virginia y Laura, decidimos despedirnos y marchar cada una para sus respectivos hogares.
Así que como Laura y yo nos encaminábamos para el Correo Central y estábamos por Corrientes, decidimos tomarnos el subte B.
Eran, aproximadamente, las 9 de la noche.
Subimos al subte en la estación Uruguay. Justo en nuestro vagón había un señor que caminaba de una punta a la otra hablando de Jesús, de su reino, de lo bueno de unirse a él y esas cosas. Caminaba con un libro en la mano e iba predicando su fe a los gritos. Confieso que esas cosas me ponen un poco tensa por lo que intento, cuando es posible, mirar para otro lado. Fue en una de esas huidas en las que miré para el vagón de adelante y lo vi.
Era él, mucho mejor vestido, hasta lindo diría, con su parlante y sus movimientos.
"¡Lau, el chico de la vuelta mortal!" Le dije a mi amiga con visible emoción.
"¿Dónde?" preguntó. "En el vagón de adelante" respondí.
Y cuando ella iba a mirar, el predicador se paró justo en la puerta, obstruyendo su campo visual.
Tuvimos que esperar a que comenzara a caminar de nuevo, pero como la visión era dificultosa optamos por sentarnos en los asientos de enfrente.
Lamentablemente, a pesar de intentar maniobrar nuestras cabezas para poder verlo bailar (yo por segunda vez y Laura por primera) fue imposible, pues el bailarín se nos había escabullido justo después de que el predicador había comenzado a caminar.
Entonces, ya saben, él anda por ahí ofreciendo su danza en la linea B, y sigo insistiendo, si lo ven después diganme si logró hacer la vuelta mortal.