Hace un par de semanas atrás volví a cruzarme con el acosador del 159. Recordaran ustedes al muchacho del jopo, bien... sigue con el mismo jopito y con la misma mirada insistente... Eso sí, cambió los jeans por unas lindas bermuditas (y bue... el calor es igual para todos)
viernes, 1 de febrero de 2008
lunes, 7 de enero de 2008
Impresiones del 159
El gran resoplador
Hay un señor que se sube en la misma parada que yo que tiene por costumbre resoplar, todo el tiempo durante el viaje.
En varias oportunidades, por cuestiones de poco espacio, me ha tocado estar parada cerca de él y pude comprobar que no sólo lo hace cuando hay mucho tránsito y el colectivo va lento, sino en toda oportunidad.
En estos días descubrí que además del ya conocido resoplido, intenta mantener una especie de diálogo con los pajaritos de los árboles de la parada: él silba, ellos cantan. Todavía no se puedo comprobar si se comunican pero, por el momento, esa es su dinámica…
Bailando en el 159
Día de lluvia, de esos días de lluvia que uno sabe que va a parar en una horita, pero que llueve como si se cayera el mundo. Me paré cerca de la puerta del fondo (de donde podía agarrarme con comodidad) y a mi lado se paró una chica, paso a describirla: aproximadamente un metro cincuenta de altura (mi pensamiento “qué lindo que haya alguien más pequeña que yo), cabellos negros ondulados y sueltos, bastante pulposa por donde se la mire (el nunca y bien ponderado “corchito erótico” pensé). Hasta ahí, todo normal, la cuestión es que era pleno invierno y ella tenía puesta una minifalda rosa que no dejaba mucho a la imaginación (porque se movía un poquito y se le veía todo, para delicia de los muchachos que estaban sentados).
En un momento y luego de ponerse, prolijamente, su mp3, veo que se empieza a sacudir cual bailarina de programa de cumbia. Estuvo bailando durante todo el viaje, agarrada de uno de los caños verticales, moviendo sus caderas (y su pollerita) hasta el Correo Central…
¡Cuidado que se te sienta!
Hay un señor muy particular que se sube en la parada siguiente ala mía que tiene una costumbre también muy particular.
Como todos saben a las 7 y media de la mañana el 159 semirápido va más que lleno y es muy difícil encontrar un lugar donde estar cómodo. En general muchas personas (entre las que me incluyo) solemos viajar con nuestras mochilas colgadas adelante (como si lleváramos un bebé), esta acción hace que, para mantener el equilibrio, la cintura se quiebre un poco, adquiriendo una postura similar a la de Nazarena Vélez.
Un día yo estaba en pleno acto de equilibrio cuando siento un peso antinatural en la zona baja de mi espalda. “bueno, seguro que es que quiere pasar y como hay mucha gente no puede…” pensé. Pero no, el tipo se había acomodado de tal manera que, literalmente, se me había sentado encima. Obviamente me escapé para el fondo.
En otros viajes pude comprobar que yo no había sido la única víctima…
Maquillaje fantasía
Hay muchas mujeres que, al no tener tiempo en su casas, optan por maquillarse arriba de subtes o colectivos, las aplaudo de pie, por mi incapacidad de maquillarme parada ante el espejo del baño.
Una mañana de mucho mucho calor tuve el privilegio de ver a una de estas artistas del maquillaje en el 159.
Me había parado delante de ella porque era la única que tenía la ventanilla abierta de par en par. En eso veo que saca de su carterita (todo lo que tocaba parecía pequeñito, teniendo en cuenta que era una persona muy robusta… como cinco yo, digamos) un estuchecito con sus maquillajes y comienza la faena:
Primero se delinea los ojos con negro (con mucho pulso en una curva), luego se aplica una sombra rosa con unos leves brillitos, luego otra un poco más oscurita y como toque final el rimel, muy prolijamente pestañas izquierdas, pestañas derechas, y terminó con los ojos.
Pasamos a la boca: primero un delineado con un color rosa oscuro de difuminó un poco con el dedo, luego una base de lápiz labial rosa un poco más claro, para terminar con un brillo rosa… Todo esto lo intercalaba abanicándose con un cuadernito que, cuando se maquillaba, descansaba en una de sus piernas.
Cuando terminó se quedó dormida, y no era para menos...
Hay un señor que se sube en la misma parada que yo que tiene por costumbre resoplar, todo el tiempo durante el viaje.
En varias oportunidades, por cuestiones de poco espacio, me ha tocado estar parada cerca de él y pude comprobar que no sólo lo hace cuando hay mucho tránsito y el colectivo va lento, sino en toda oportunidad.
En estos días descubrí que además del ya conocido resoplido, intenta mantener una especie de diálogo con los pajaritos de los árboles de la parada: él silba, ellos cantan. Todavía no se puedo comprobar si se comunican pero, por el momento, esa es su dinámica…
Bailando en el 159
Día de lluvia, de esos días de lluvia que uno sabe que va a parar en una horita, pero que llueve como si se cayera el mundo. Me paré cerca de la puerta del fondo (de donde podía agarrarme con comodidad) y a mi lado se paró una chica, paso a describirla: aproximadamente un metro cincuenta de altura (mi pensamiento “qué lindo que haya alguien más pequeña que yo), cabellos negros ondulados y sueltos, bastante pulposa por donde se la mire (el nunca y bien ponderado “corchito erótico” pensé). Hasta ahí, todo normal, la cuestión es que era pleno invierno y ella tenía puesta una minifalda rosa que no dejaba mucho a la imaginación (porque se movía un poquito y se le veía todo, para delicia de los muchachos que estaban sentados).
En un momento y luego de ponerse, prolijamente, su mp3, veo que se empieza a sacudir cual bailarina de programa de cumbia. Estuvo bailando durante todo el viaje, agarrada de uno de los caños verticales, moviendo sus caderas (y su pollerita) hasta el Correo Central…
¡Cuidado que se te sienta!
Hay un señor muy particular que se sube en la parada siguiente ala mía que tiene una costumbre también muy particular.
Como todos saben a las 7 y media de la mañana el 159 semirápido va más que lleno y es muy difícil encontrar un lugar donde estar cómodo. En general muchas personas (entre las que me incluyo) solemos viajar con nuestras mochilas colgadas adelante (como si lleváramos un bebé), esta acción hace que, para mantener el equilibrio, la cintura se quiebre un poco, adquiriendo una postura similar a la de Nazarena Vélez.
Un día yo estaba en pleno acto de equilibrio cuando siento un peso antinatural en la zona baja de mi espalda. “bueno, seguro que es que quiere pasar y como hay mucha gente no puede…” pensé. Pero no, el tipo se había acomodado de tal manera que, literalmente, se me había sentado encima. Obviamente me escapé para el fondo.
En otros viajes pude comprobar que yo no había sido la única víctima…
Maquillaje fantasía
Hay muchas mujeres que, al no tener tiempo en su casas, optan por maquillarse arriba de subtes o colectivos, las aplaudo de pie, por mi incapacidad de maquillarme parada ante el espejo del baño.
Una mañana de mucho mucho calor tuve el privilegio de ver a una de estas artistas del maquillaje en el 159.
Me había parado delante de ella porque era la única que tenía la ventanilla abierta de par en par. En eso veo que saca de su carterita (todo lo que tocaba parecía pequeñito, teniendo en cuenta que era una persona muy robusta… como cinco yo, digamos) un estuchecito con sus maquillajes y comienza la faena:
Primero se delinea los ojos con negro (con mucho pulso en una curva), luego se aplica una sombra rosa con unos leves brillitos, luego otra un poco más oscurita y como toque final el rimel, muy prolijamente pestañas izquierdas, pestañas derechas, y terminó con los ojos.
Pasamos a la boca: primero un delineado con un color rosa oscuro de difuminó un poco con el dedo, luego una base de lápiz labial rosa un poco más claro, para terminar con un brillo rosa… Todo esto lo intercalaba abanicándose con un cuadernito que, cuando se maquillaba, descansaba en una de sus piernas.
Cuando terminó se quedó dormida, y no era para menos...
martes, 25 de diciembre de 2007
El tema del día

Ocho menos cuarto de la mañana, casi menos diez. Uno colectivero por demás apurado. La barrera del peaje de Quilmes que no se levantaba y… pum! Casi una frenada que no fue frenada del todo… es decir, el colectivero del 159 venia como loco, la barrera no se levantó y él decidió atravesarla o, en buen criollo, llevársela puesta, sin más ni más.
¿Los pasajeros? Nosotros estábamos bien, gracias, solo se escuchaba “¿te pisé?” “no, no” “Perdoná ¿estás bien?” “si, no te hagas problema”. Respeto ante todo.
Esto pasó a la mañana cuando iba al trabajo, pero como casi todo tiene que ver con todo, la barrera del peaje se convirtió, en el viaje de vuelta, en “el tema del día”.
Había salido de la segunda escuelita en donde doy clases, y llevaba conmigo una de esas hermosas y nunca cómodas de transportar, cajas navideñas y sabía que el viaje, gracias a ella, iba a ser más incómodo que de costumbre.
Lo bueno, ese día, fue que pude parar el colectivo donde no era parada y el chofer me paró y pude subir. Me paré a su lado para poder poner la caja donde no la golpearan otros pasajeros (a ver si me rompían la botella de vino…), y me agarré fuerte de uno de los caños ubicados en forma vertical (ya que de los otros se me complica por razones de altura…)
Mi diálogo con el señor colectivero comenzó cuando un auto que estaba un poco mal ubicado en la rotonda de la Rábida no dejaba al colectivo avanzar, y el chofer junto a otro pasajero ubicado detrás de mí comentaron: “¡Y qué querés, es mujer!” Y me miraron como diciendo “a ver cómo se defienden…”
La chica del auto hacía gesto como para que el colectivo la pase, pero el chofer, para molestar le tocaba bocina, entonces… abrí la boca y dije “Este es el momento en el que empieza a habla sola diciendo ¿por qué no me pasa?” “Si, es verdad” me contestó el colectivero mientras veía que la chica movía la boca y las manos visiblemente molesta porque el colectivo no la pasaba.
El viaje se desarrolló con calma hasta que llegamos al peaje de Quilmes, donde el colectivo se detuvo.
“A ver si la barrera se levanta ahora…” Dijo el chofer. “¿hay algún mecanismo para que se levante sola?” pregunté, inocentemente. “Si, ahora te muestro.”
La barrera no se levantaba, por lo que estuvimos, aproximadamente, cinco minutos parados en el peaje (cinco minutos no parece tanto, pero en un peaje es el tiempo justo para que las personas se pongan nerviosas).
Transcurrido ese tiempo, la barrera se levantó y pasamos.
“Ves esa calcomanía, bueno, es con lo que cruzamos el peaje. Antes teníamos un aparatito con pilas… que era un quilombo…” “¿Esa de ahí? ¿Y que esté medio despegada es lo que hace que tarde en levantar la barrera?” pregunté.
“No, lo que pasa es que cambiaron la antena, qué se yo… Antes con el otro era peor…” “¿Por la pila, no?” “Si, tenía unas pilas que ni siquiera se conseguían, era un quilombo, además no te dabas cuenta cuándo se acababan… Y éste está despegado porque me rompieron el parabrisa y lo tuvimos que cambiar…” “¿Y se despega fácil?” “No, tuvimos que sacarlo con calor y pegarlo otra vez… ¿ves que tiene una cinta negra? Bueno, ahí se pegó, pero de ese lado no… y con esto que cambiaron de antena… El otro día vi unos tipos que serían ingenieros… ayer. Hasta ayer no había problemas pero desde que pusieron la antena nueva, no se puede pasar bien…”
“Y debe ser de los dos lados porque hay un compañero tuyo se llevó puesta la barrera del otro lado”
“Si, al final, éstos quieren arreglar las cosas y se mandan una atrás de la otra”.
Tanto diálogo hizo que el tiempo pasara y la parada en la que me suelo bajar llegara, así que me despedí deseándole feliz navidad y un “hasta luego”, porque seguro que lo iba a volver a ver.
Ese día aprendí, entonces, que el peaje se puede cruzar gracias a una calcomanía que aunque esté despegada sirve y que los de la autopista, a veces, queriendo mejorar se mandan una atrás de la otra… Información muy útil, ¿no?
¿Los pasajeros? Nosotros estábamos bien, gracias, solo se escuchaba “¿te pisé?” “no, no” “Perdoná ¿estás bien?” “si, no te hagas problema”. Respeto ante todo.
Esto pasó a la mañana cuando iba al trabajo, pero como casi todo tiene que ver con todo, la barrera del peaje se convirtió, en el viaje de vuelta, en “el tema del día”.
Había salido de la segunda escuelita en donde doy clases, y llevaba conmigo una de esas hermosas y nunca cómodas de transportar, cajas navideñas y sabía que el viaje, gracias a ella, iba a ser más incómodo que de costumbre.
Lo bueno, ese día, fue que pude parar el colectivo donde no era parada y el chofer me paró y pude subir. Me paré a su lado para poder poner la caja donde no la golpearan otros pasajeros (a ver si me rompían la botella de vino…), y me agarré fuerte de uno de los caños ubicados en forma vertical (ya que de los otros se me complica por razones de altura…)
Mi diálogo con el señor colectivero comenzó cuando un auto que estaba un poco mal ubicado en la rotonda de la Rábida no dejaba al colectivo avanzar, y el chofer junto a otro pasajero ubicado detrás de mí comentaron: “¡Y qué querés, es mujer!” Y me miraron como diciendo “a ver cómo se defienden…”
La chica del auto hacía gesto como para que el colectivo la pase, pero el chofer, para molestar le tocaba bocina, entonces… abrí la boca y dije “Este es el momento en el que empieza a habla sola diciendo ¿por qué no me pasa?” “Si, es verdad” me contestó el colectivero mientras veía que la chica movía la boca y las manos visiblemente molesta porque el colectivo no la pasaba.
El viaje se desarrolló con calma hasta que llegamos al peaje de Quilmes, donde el colectivo se detuvo.
“A ver si la barrera se levanta ahora…” Dijo el chofer. “¿hay algún mecanismo para que se levante sola?” pregunté, inocentemente. “Si, ahora te muestro.”
La barrera no se levantaba, por lo que estuvimos, aproximadamente, cinco minutos parados en el peaje (cinco minutos no parece tanto, pero en un peaje es el tiempo justo para que las personas se pongan nerviosas).
Transcurrido ese tiempo, la barrera se levantó y pasamos.
“Ves esa calcomanía, bueno, es con lo que cruzamos el peaje. Antes teníamos un aparatito con pilas… que era un quilombo…” “¿Esa de ahí? ¿Y que esté medio despegada es lo que hace que tarde en levantar la barrera?” pregunté.
“No, lo que pasa es que cambiaron la antena, qué se yo… Antes con el otro era peor…” “¿Por la pila, no?” “Si, tenía unas pilas que ni siquiera se conseguían, era un quilombo, además no te dabas cuenta cuándo se acababan… Y éste está despegado porque me rompieron el parabrisa y lo tuvimos que cambiar…” “¿Y se despega fácil?” “No, tuvimos que sacarlo con calor y pegarlo otra vez… ¿ves que tiene una cinta negra? Bueno, ahí se pegó, pero de ese lado no… y con esto que cambiaron de antena… El otro día vi unos tipos que serían ingenieros… ayer. Hasta ayer no había problemas pero desde que pusieron la antena nueva, no se puede pasar bien…”
“Y debe ser de los dos lados porque hay un compañero tuyo se llevó puesta la barrera del otro lado”
“Si, al final, éstos quieren arreglar las cosas y se mandan una atrás de la otra”.
Tanto diálogo hizo que el tiempo pasara y la parada en la que me suelo bajar llegara, así que me despedí deseándole feliz navidad y un “hasta luego”, porque seguro que lo iba a volver a ver.
Ese día aprendí, entonces, que el peaje se puede cruzar gracias a una calcomanía que aunque esté despegada sirve y que los de la autopista, a veces, queriendo mejorar se mandan una atrás de la otra… Información muy útil, ¿no?
jueves, 6 de diciembre de 2007
El acosador del 159...
Me tomé el colectivo a eso de las siete y monedas de la tarde y, como ya estaba bastante lleno, me acerqué a un sitio propicio donde pudiera apoyar mi espalda en el costado de uno de los asientos (que es la manera más común que tenemos los viajeros del 159 para sostenernos cuando los asientos no tienen barrita dónde agarrarse).Bastante cómoda y momentos antes que el colectivo se pusiera en movimiento, saqué mis anteojos, un libro y me dispuse a hacer el equilibrio correcto para leer y no caerme al tener que dar vuelta la página.
El viaje se desarrollaba con tranquilidad, pero había algo que me inquietaba y no sabía qué era… Tenía la sensación de que alguien me observaba.
En uno de esos sacudones que suele tener el colectivo cuando sube a la autopista levanté la vista del libro y pude comprobar mis sospechas.
Casi en una diagonal exacta estaba sentado un chico que me estaba mirando y en el momento en el que lo miré (únicamente porque algo me llevó a mirar hacia ahí) veo que el muchacho guiña un ojo o (me) guiña un ojo.
“Bueno, pensé, tal vez tiene algo en el ojo, que lo guiñe no quiere decir que me lo está guiñando a mí…”
El viaje continuó sin mayores sobresaltos. Cuando el colectivo bajó de la Autopista cerré el libro, lo guardé como también guardé los anteojos. La sensación de estar siendo mirada por el muchacho del jopo (porque tenía un lindo jopito) seguía...
En un momento, cuando ya estábamos yendo por la calle Brandsen (que es la calle donde comienza a bajarse la mayor parte de la gente) el colectivo se para, sorpresivamente, al igual que el chofer.
“¡Uh!” se escuchó… “¡Cagamos! ¿y ahora?” decía otro. “Bueno, pensé, tal vez no es nada” siempre tan optimista hasta que subió el chofer y dijo:
“Bueno, bajen porque se rompió… no sé, esperen al otro que viene en 15 minutos”
Yo estaba a dos cuadras de la parada de un colectivo que me deja a una cuadra de mi casa, y no tenía mucho qué pensar, ya que las opciones eran: o esperaba al otro colectivo y viajaba peor de lo que había viajado ya pero no pagaba el pasaje (única ventaja); o me tomaba el otro colectivo, viajaba sentada y caminaba menos por sólo $1… y comencé a caminar a la otra parada, muy tranquila, como casi siempre.
En eso veo que el muchacho del jopo venía caminando muy cerca y que me estaba mirando y que se estaba acercando y… “Disculpame ¿Sabés dónde para otro colectivo que vaya a Berazategui?” me dijo.
“Sí, tenés que seguir tres cuadras más y creo que ahí paran todos”
“¿Vos vas para allá?”
“No, yo me tomo otro que me deja más cerca de mi casa”
“¿Por dónde es?”
“A 30 cuadras de acá”… No le iba a dar más información que esa, claro.
Llegué a mi parada y le dije que me quedaba ahí, que tuviera suerte y chau, pero… el tipo no se fue, me dijo que se quedaba que tal vez le convenía ese colectivo y bla bla bla…
“Mirá que éste termina en el Cementerio” le dije (Casualmente yo vivo a la vuelta del Cementerio, pero ese dato no tenía por qué saberlo)
“Ah, entonces no me deja… pero… te estaba mirando en el colectivo y me parecés muy linda… ¿Tenés novio?”
“No, acabo de terminar una relación muy larga y que terminó un poco extraña, así que imaginate que tampoco tengo muchas ganas de tener uno” (Siempre con esa simpatía tan característica en mi)
“¿hace mucho que terminaste?”
“Dos días, pero no quiero hablar de eso”
“Ah, me imagino… yo hace unos meses que terminé una relación de seis años y te entiendo… pero bueno, no sé, si querés pasame tu teléfono y te invito al cine… ¿Viste el Código Da Vinci?...”
“No, no la vi…”
“Bueno… ¿me das tu teléfono? ¿O querés que te de el mío y me llamás vos?”
Realmente no sé por qué este muchacho pensaba que yo tenía ganas de darle mi teléfono o de tener su teléfono, pero ante tanta insistencia le dije que me diera su teléfono y que yo después le daba el mío o le mandaba un mensajito para que le quedara guardado.
“Bueno, anotá… Gonzalo es mi nombre y el número 15…”
Claro que lo anoté con mucha paciencia, casi como si fuera la primera vez que tenía un teléfono en las manos y justo (miren lo que son las casualidades) cuando le iba a dar mi número vino mi colectivo, al que paré y al que me subí, después de saludarlo muy amablemente (es decir, casi con la mano).
La historia podría haber quedado ahí, como una inyección de autoestima, nada más, pero… una semana después…
Me subí al colectivo y, como siempre, me dirigí al fondo del vehículo. Me paré delante de un asiento y cuando miro al pasajero que estaba sentado, identifico a Gonzalo (o el muchacho del jopo) que me miraba con una sonrisa digna de publicidad de crema dental. Como soy muy educada me acerqué y lo saludé…
“¿te querés sentar?” me dijo… la oferta era tentadora, pero si le decía que sí después iba a tener que mantener una conversación y esas cosas… Así que le dije que no, que cómo se iba a parar, que no se molestara… Y veo que, en su insistencia hace un gesto que me desagradó a tal punto que se me notó en la cara:
Mientras me repetía la pregunta levantó un ceja, lo que le dio a su cara un expresión por demás libidinosa, levantó un poco la pierna e hizo que su mano rebotara en su rodilla repetidas veces como diciendo “Sentate acá, mami…”
Me puse seria casi inmediatamente, le dije que no, me di la vuelta y me acomodé del otro lado del pasillo. Unas horas después estaba borrando su teléfono y felicitándome por haber confiado en mi intuición y no haberle mandado nunca mi número.
Me lo crucé muchas veces más, tanto en el colectivo como en la parada y nunca más le hablé, ni lo saludé ni lo miré ni nada de nada… Calculo que habrá pensado que era una histérica, que es lo más fácil y no que él fue un poco desubicado… en fin, cada uno es libre de pensar lo que le convenga…
martes, 27 de noviembre de 2007
159 semirápido - Intro

Creo que ha llegado el momento de rendirle un merecido homenaje al colectivo en el que paso la mayor cantidad de mis horas diarias, al colectivo en donde he vivido muchas experiencias (agradables y no tanto), al colectivo por el que tengo un quiste metacarpofalangeano (o algo así… en criollo sería un quiste en donde se forma el pliegue entre el dedo y la palma) en la mano izquierda… en fin, al nunca y bien ponderado: 159 semirápido.
Comencé a viajar en esta línea, aproximadamente, a mediados del 2000, cuando estaba haciendo el CBC en la calle Paseo Colón (sí, ya sé que no existe más… pero bueno, la mayor parte de las cosas, por suerte, cambia) y, debo confesar que al principio me resistía, imaginen después de dos años de viajar todos los días en tren ¿cómo lo iba a traicionar con un colectivo? Pero bueno, a veces el sentido común es más fuerte que la costumbre y el cariño, y convengamos que desde Constitución hasta Paseo Colón y Cochabamba eran un par de cuadras y caminarlas de noche no era muy recomendable…
En fin, al principio viajaba en el colectivo común que entre una cosa y otra tardaba entre una hora y media a dos horas en llegar a destino, además por esas épocas sólo existía el 159 Diferencial que era más caro y casi de élite.
Pero, como las cosas cambian, la línea 159 también cambió y el Diferencial se volvió más popular, con un boleto más accesible y un recorrido más veloz, pues comenzó a ir por la Autopista La Plata – Buenos Aires, luego de su habilitación.
Entonces, hasta el 2005, más o menos, sólo existía el ramal SS por autopista, pero como había una gran parte de la población que se quedaba afuera del servicio, decidieron extenderlo, gracias a lo que ahora contamos con: SS por autopista, L roja, L azul por primer peaje… eso sí no me pregunten el recorrido de cada uno porque me estarían metiendo en un lío.
El primero de los 3 mencionados es el único que me deja a 4 cuadritas de mi hogar.
No voy a negar que el viaje es más rápido, ya que dependiendo de la hora del día y del chofer que toque en suerte puede durar entre 30 a 50 minutos.
Además dentro del colectivo se ha formado (gracias a que el viaje es corto y económico, dentro de todo) una comunidad de pasajeros, cuando estamos en la parada esperando, somos personas individuales, pero dentro del colectivo somos una masa de gente y nos ayudamos entre nosotros y todo.
Algo muy común es cuando el colectivo se llena mucho mucho (que suele pasar justo en la parada en la que subo yo) hay personas que no llegan a la máquina para sacar el boleto, entonces se escucha “¿me podés sacar el boleto?” “Sí” “gracias” “de nada”. Y así cinco o seis personas más. Todo con respeto.
Por estas condiciones de viaje con una amiga acuñamos el término “ensardinados”, pues, literalmente, viajamos como sardinas… y sin vergüenza puedo decir que cuando veo a las vaquitas que viajan en los camiones, me da un poco de envidia, porque ellas están mucho más cómodas que yo (ojo, igual cuando pienso adonde se dirigen y el olor feo que hay ahí adentro, la envidia se me pasa)
Resumiendo… los próximos posteos estarán dedicados a mis experiencias en este colectivo… las quejas las pueden dirigir a la línea MOQSA o a algún ente regulador de los medios de transporte…
Comencé a viajar en esta línea, aproximadamente, a mediados del 2000, cuando estaba haciendo el CBC en la calle Paseo Colón (sí, ya sé que no existe más… pero bueno, la mayor parte de las cosas, por suerte, cambia) y, debo confesar que al principio me resistía, imaginen después de dos años de viajar todos los días en tren ¿cómo lo iba a traicionar con un colectivo? Pero bueno, a veces el sentido común es más fuerte que la costumbre y el cariño, y convengamos que desde Constitución hasta Paseo Colón y Cochabamba eran un par de cuadras y caminarlas de noche no era muy recomendable…
En fin, al principio viajaba en el colectivo común que entre una cosa y otra tardaba entre una hora y media a dos horas en llegar a destino, además por esas épocas sólo existía el 159 Diferencial que era más caro y casi de élite.
Pero, como las cosas cambian, la línea 159 también cambió y el Diferencial se volvió más popular, con un boleto más accesible y un recorrido más veloz, pues comenzó a ir por la Autopista La Plata – Buenos Aires, luego de su habilitación.
Entonces, hasta el 2005, más o menos, sólo existía el ramal SS por autopista, pero como había una gran parte de la población que se quedaba afuera del servicio, decidieron extenderlo, gracias a lo que ahora contamos con: SS por autopista, L roja, L azul por primer peaje… eso sí no me pregunten el recorrido de cada uno porque me estarían metiendo en un lío.
El primero de los 3 mencionados es el único que me deja a 4 cuadritas de mi hogar.
No voy a negar que el viaje es más rápido, ya que dependiendo de la hora del día y del chofer que toque en suerte puede durar entre 30 a 50 minutos.
Además dentro del colectivo se ha formado (gracias a que el viaje es corto y económico, dentro de todo) una comunidad de pasajeros, cuando estamos en la parada esperando, somos personas individuales, pero dentro del colectivo somos una masa de gente y nos ayudamos entre nosotros y todo.
Algo muy común es cuando el colectivo se llena mucho mucho (que suele pasar justo en la parada en la que subo yo) hay personas que no llegan a la máquina para sacar el boleto, entonces se escucha “¿me podés sacar el boleto?” “Sí” “gracias” “de nada”. Y así cinco o seis personas más. Todo con respeto.
Por estas condiciones de viaje con una amiga acuñamos el término “ensardinados”, pues, literalmente, viajamos como sardinas… y sin vergüenza puedo decir que cuando veo a las vaquitas que viajan en los camiones, me da un poco de envidia, porque ellas están mucho más cómodas que yo (ojo, igual cuando pienso adonde se dirigen y el olor feo que hay ahí adentro, la envidia se me pasa)
Resumiendo… los próximos posteos estarán dedicados a mis experiencias en este colectivo… las quejas las pueden dirigir a la línea MOQSA o a algún ente regulador de los medios de transporte…
lunes, 22 de octubre de 2007
Seguidilla de infortunios...

Esa semana había llovido todos los días, diluvio tras diluvio, y parecía que no iba a parar nunca, por suerte yo tenía un paraguas que mi mamá se había comprado, y seguro que al enterarse que me lo había llevado, sabía que no lo iba a poder usar nunca más (es que ella es conciente que paraguas que agarro, paraguas que se rompe… juro que no soy yo… es el viento…)
Volvía, entonces, un jueves lluvioso, a mi casa desde la facultad. Me había tomado el 126 que me dejaba justo a la vuelta de la parada del 159, pero esa noche (promediaban las 8) con la lluvia, el transito era caótico, más que de costumbre, y en lugar de frenar justo en la parada, el señor colectivero me dejó en la esquina de Além y Sarmiento… un cachito lejos…
Bajé del colectivo, con mi mp3 bien atornillado, tarareando alguna de las canciones que allí tengo, mientras intentaba abrir el paraguas en un combate casi furioso con un viento que venía de todos lados.
Cuando logré vencer en mi contienda, presiento que un chico se me acerca y me dice “¿No tenés unas moneditas?” “no” le respondí y seguí caminando, pero él no se movía de mi lado. En eso siento que vuelve a hablarme…
“Mirá, no te quiero hacer nada, ¿entendés? No te quiero lastimar, pero dame el mp3 o te mato acá ¿entendés? ¡Dale, dame el mp3 o te mato acá!”
Yo caminaba mirando para adelante en actitud de “no te escucho, no te escucho”, y claro que había entendido todo todo y que estaba muy muy asustada. En eso veo que viene caminando un señor que iba justo en la dirección contraria a la mía. Y, cuando pasó a mi lado, giré mi cuerpo y me le pegué al brazo…
“Disculpe señor, pero voy a caminar con usted porque me estaban robando y estoy un poco asustada, así que voy a seguir con usted hasta la esquina”, le dije mientras me sacaba los auriculares de las orejitas.
“¿Pero qué pasó?” Preguntó el señor “Un pibe me dijo que le tenía que dar el mp3 o que me mataba”, “¿Y tenía un arma?” “No sé, pero me asusté…” (Obviamente que no sabía si el pibe tenía un arma ni me iba a quedar para averiguarlo…)
Llegamos a la esquina en donde me había bajado del colectivo y me despedí del señor dándole las muchas gracias y me dispuse a dar la vuelta manzana para llegar a la parada del 159 sin tener que pasar por el lugar del atraco. En ese momento me empezaron a temblar las piernas y me di cuenta que me podría haber salido mal lo de irme con el señor, pero bueno, en esas situaciones no suelo razonar, suelo actuar y… hasta ahora funcionó…
Cuando llegué a la parada tenía ganas de llorar por el susto, y mientras hacía la cola, intentando no clavarle el paraguas a un chico que estaba adelante mío, escuchaba como una mujer le gritaba a otro pibe que se estaba colando.
Una seguidilla de infortunios, nada más ni nada menos…
Volvía, entonces, un jueves lluvioso, a mi casa desde la facultad. Me había tomado el 126 que me dejaba justo a la vuelta de la parada del 159, pero esa noche (promediaban las 8) con la lluvia, el transito era caótico, más que de costumbre, y en lugar de frenar justo en la parada, el señor colectivero me dejó en la esquina de Além y Sarmiento… un cachito lejos…
Bajé del colectivo, con mi mp3 bien atornillado, tarareando alguna de las canciones que allí tengo, mientras intentaba abrir el paraguas en un combate casi furioso con un viento que venía de todos lados.
Cuando logré vencer en mi contienda, presiento que un chico se me acerca y me dice “¿No tenés unas moneditas?” “no” le respondí y seguí caminando, pero él no se movía de mi lado. En eso siento que vuelve a hablarme…
“Mirá, no te quiero hacer nada, ¿entendés? No te quiero lastimar, pero dame el mp3 o te mato acá ¿entendés? ¡Dale, dame el mp3 o te mato acá!”
Yo caminaba mirando para adelante en actitud de “no te escucho, no te escucho”, y claro que había entendido todo todo y que estaba muy muy asustada. En eso veo que viene caminando un señor que iba justo en la dirección contraria a la mía. Y, cuando pasó a mi lado, giré mi cuerpo y me le pegué al brazo…
“Disculpe señor, pero voy a caminar con usted porque me estaban robando y estoy un poco asustada, así que voy a seguir con usted hasta la esquina”, le dije mientras me sacaba los auriculares de las orejitas.
“¿Pero qué pasó?” Preguntó el señor “Un pibe me dijo que le tenía que dar el mp3 o que me mataba”, “¿Y tenía un arma?” “No sé, pero me asusté…” (Obviamente que no sabía si el pibe tenía un arma ni me iba a quedar para averiguarlo…)
Llegamos a la esquina en donde me había bajado del colectivo y me despedí del señor dándole las muchas gracias y me dispuse a dar la vuelta manzana para llegar a la parada del 159 sin tener que pasar por el lugar del atraco. En ese momento me empezaron a temblar las piernas y me di cuenta que me podría haber salido mal lo de irme con el señor, pero bueno, en esas situaciones no suelo razonar, suelo actuar y… hasta ahora funcionó…
Cuando llegué a la parada tenía ganas de llorar por el susto, y mientras hacía la cola, intentando no clavarle el paraguas a un chico que estaba adelante mío, escuchaba como una mujer le gritaba a otro pibe que se estaba colando.
Una seguidilla de infortunios, nada más ni nada menos…
viernes, 5 de octubre de 2007
¡Pucha, cómo llueve!

Me desperté a las 6 de la mañana mientras escuchaba cómo diluviaba, con viento, granizo, gran cantidad de agua, y todo lo que se espera de una lluvia de tamaña magnitud.
“Bueno, me dije, espero a que pare un poco y me voy”, ya que, como entraba a trabajar a las 9 de la mañana, me tenía que tomar el colectivo, como muy tarde, a las 7:30 hs., si no iba a llegar tarde.
A eso de las 7 paró de llover, pero la calle estaba muy inundada como para cruzarla, así que hice tiempo y, 15 minutos después, estaba en camino a la parada del colectivo.
Previamente, casi a oscuras porque se había cortado la luz por la tormenta, había separado las monedas para el colectivo y las había depositado sobre la cama.
Una cuadra antes de llegar a la Avenida donde suelo tomarme el 159 semirápido, me di cuenta que había olvidado las monedas. Lo más lógico era ir al quiosco que estaba en la otra esquina de la esquina en la que estaba y, como soy muy lógica, fui con mi billetito de $5 en la mano:
“- Hola… mirá, necesito cambiar monedas… ¿no tendrías algo menor a un peso?...”
“- Tengo… 20 centavos… y… moneditas chicas…”
Y como vi que la señora se movía a la velocidad de Manuelita y yo estaba bastante apurada, le dije que no importaba y emprendí una loca carrera de cuatro cuadras, donde caminé rápido, corrí, volví a caminar rápido, llegué a mi casa, luché con la cerradura de mi puerta, entré, subí la escalera corriendo, agarré las monedas, bajé corriendo, intenté cerrar la puerta con lleva, y como no pude la dejé abierta. Volví a correr, caminar rápido y correr hasta llegar a la parada para esperar al colectivo, todo esto hilvanado por las más bellas palabras que podía destinarme.
A los pocos minutos llegó el colectivo al que subí a los empujones, y pude ubicarme al lado del chofer, presionada por distintos cuerpos, nada cómodo, imaginen… mucho calor, mucha gente, ventanillas cerradas y… lo menos recomendable, estar parada al lado del chofer y ver las maniobras que hacía para esquivar a los transeúntes suicidas, y demás cosillas que ocurren en los días de lluvia.
El colectivo había subido a la autopista La Plata – Buenos Aires que, por la cantidad de agua que había caído y que estaba cayendo, parecía un río.
Ahí se me ocurrió mirar la hora. Eran las 8 y no habíamos llegado ni a la mitad del recorrido…
A los 8:30, y luego de un viaje por demás incómodo, llegué al Edificio Libertador, en la Av. Paseo Colón, donde suelo bajarme para ir hasta el subte D o, en caso de no funcionar, tomarme el 152, pero, como el tiempo era escaso me dije… “Me voy hasta el subte, me bajo en Facultad de Medicina y después me tomo un taxi y listo…”
Cuando iba caminado por Irigoyen vi, en la entrada del subte A el lindo cartelito que indicaba que las líneas A y D no funcionaban por problemas climáticos o por fallas eléctricas. Así que levanté la mano y paré un taxi…
Ni bien subo al taxi y luego del “Buen día” y de indicarle el destino de mi viaje, el taxista gira su cabeza y me dice “¡No compres tomates!” “¿Eh? ¡ah, no no, si comer una ensalada de tomates es casi como comer rubíes!” Dije, muy enterada de que el precio de los tomates era el más caro de la historia del tomate en la Argentina…
“Yo estoy haciendo una campaña para que la gente no compre lo que está caro, porque ahora está todo muy caro…” “Si, y los sueldos bajos…” “Sí, mirá, el otro día fui a Luján con mi mujer y fuimos a una parrilla, pedimos papas fritas y ¿sabés cuánto nos salió? ¡$19! Más caras las papas que la carne…” “Claro, un desastre…”
Mientras el señor me hablaba de la explotación de los trabajadores, de los copetudos que se subían a su taxi defendiendo al gobierno y de cómo él se “la mandaba a guardar”, yo miraba el relojito, donde los pulsos bajaban demasiado rápido para mi gusto (aclaro que no sé mucho de taxis ni de sus relojitos, pero si de algo estoy segura es de que los numeritos cambiaban muy rápido) y, llevada por el discurso del caballero, le dije: “¿Qué rapidito que baja eso? ¿No me vas a cagar, mirá que somos dos laburantes, eh?”
“¡No, piba! Mirá, te explico, es que el reloj cuenta los segundos, los suma y además la velocidad y la cantidad de metros recorridos…” “Igual va muy rápido, en una cuadra cambió dos veces… pero bueno…” “No, no… quedate tranquila que anda bien…” (Sí, bien para vos, pensé, flor de bolazo me dijo, en fin…)El señor cambió de tema y pasó a hablar del clima, que había tenido que parar de trabajar cuando se había largado fuerte, y yo le dije que, en ese momento, estaba en el colectivo, en la autopista, y me preguntó de dónde era. Cuando contesté “Quilmes”, él dijo (y con esto comenzó un monólogo que iba a durar hasta el fin de mi viaje) “Yo viví muchos años en Berazategui, tres casas tengo. La primera me la hice a los 19 años porque en esa época, pensá Argentina año verde, se podía juntar guita y había gente que te podía ayudar, además soy un tipo que siempre ahorró. Yo gano $100, guardo $50 y los otros $50 me los patino y bueno… Con mi primera esposa hicimos la primera casa, después me hice un departamentito en el fondo, porque tenía mucho terreno y, después, edifiqué arriba… Ahora estoy por Jujuy y… (confieso que no recuerdo el nombre de la otra calle y, como soy muy honesta, no voy a inventar por las dudas de poner una calle que nunca se cruce con Jujuy)… Casualmente el domingo tengo que ir, porque le alquilé una de las casas a un pibe y le tengo que dar las lleves y arreglarle un par de cositas… Antes vivía mi hijo con la novia ahí, yo le había dicho ‘Lucas, te la regalo’, pero ellos nunca pagaron ningún impuesto ni nada y al año les cortaron todo, yo les dije que tenían que cuidar las cosas, pero ellos nada… Y yo sé que para los pibes ahora está jodido pero si no lo cuida él… Ahora, ¿sabés dónde está viviendo? En un sucucho de Varela…”
El monólogo siguió un poco más, pero sus palabras eran tantas que se vuelven difusas en mi mente (además no voy a hacer un esfuerzo tan grande por recordar su primer auto, el trabajo de su hijo y el su novia y demás cosas que no modifican nuestras vidas, ¿no?).
A las 9 y monedas llegué al trabajo con la cabeza llena de las historias de una persona a la que, seguramente, no volveré a ver en mi vida, y justo a tiempo para enseñar el pretérito indefinido…
“Bueno, me dije, espero a que pare un poco y me voy”, ya que, como entraba a trabajar a las 9 de la mañana, me tenía que tomar el colectivo, como muy tarde, a las 7:30 hs., si no iba a llegar tarde.
A eso de las 7 paró de llover, pero la calle estaba muy inundada como para cruzarla, así que hice tiempo y, 15 minutos después, estaba en camino a la parada del colectivo.
Previamente, casi a oscuras porque se había cortado la luz por la tormenta, había separado las monedas para el colectivo y las había depositado sobre la cama.
Una cuadra antes de llegar a la Avenida donde suelo tomarme el 159 semirápido, me di cuenta que había olvidado las monedas. Lo más lógico era ir al quiosco que estaba en la otra esquina de la esquina en la que estaba y, como soy muy lógica, fui con mi billetito de $5 en la mano:
“- Hola… mirá, necesito cambiar monedas… ¿no tendrías algo menor a un peso?...”
“- Tengo… 20 centavos… y… moneditas chicas…”
Y como vi que la señora se movía a la velocidad de Manuelita y yo estaba bastante apurada, le dije que no importaba y emprendí una loca carrera de cuatro cuadras, donde caminé rápido, corrí, volví a caminar rápido, llegué a mi casa, luché con la cerradura de mi puerta, entré, subí la escalera corriendo, agarré las monedas, bajé corriendo, intenté cerrar la puerta con lleva, y como no pude la dejé abierta. Volví a correr, caminar rápido y correr hasta llegar a la parada para esperar al colectivo, todo esto hilvanado por las más bellas palabras que podía destinarme.
A los pocos minutos llegó el colectivo al que subí a los empujones, y pude ubicarme al lado del chofer, presionada por distintos cuerpos, nada cómodo, imaginen… mucho calor, mucha gente, ventanillas cerradas y… lo menos recomendable, estar parada al lado del chofer y ver las maniobras que hacía para esquivar a los transeúntes suicidas, y demás cosillas que ocurren en los días de lluvia.
El colectivo había subido a la autopista La Plata – Buenos Aires que, por la cantidad de agua que había caído y que estaba cayendo, parecía un río.
Ahí se me ocurrió mirar la hora. Eran las 8 y no habíamos llegado ni a la mitad del recorrido…
A los 8:30, y luego de un viaje por demás incómodo, llegué al Edificio Libertador, en la Av. Paseo Colón, donde suelo bajarme para ir hasta el subte D o, en caso de no funcionar, tomarme el 152, pero, como el tiempo era escaso me dije… “Me voy hasta el subte, me bajo en Facultad de Medicina y después me tomo un taxi y listo…”
Cuando iba caminado por Irigoyen vi, en la entrada del subte A el lindo cartelito que indicaba que las líneas A y D no funcionaban por problemas climáticos o por fallas eléctricas. Así que levanté la mano y paré un taxi…
Ni bien subo al taxi y luego del “Buen día” y de indicarle el destino de mi viaje, el taxista gira su cabeza y me dice “¡No compres tomates!” “¿Eh? ¡ah, no no, si comer una ensalada de tomates es casi como comer rubíes!” Dije, muy enterada de que el precio de los tomates era el más caro de la historia del tomate en la Argentina…
“Yo estoy haciendo una campaña para que la gente no compre lo que está caro, porque ahora está todo muy caro…” “Si, y los sueldos bajos…” “Sí, mirá, el otro día fui a Luján con mi mujer y fuimos a una parrilla, pedimos papas fritas y ¿sabés cuánto nos salió? ¡$19! Más caras las papas que la carne…” “Claro, un desastre…”
Mientras el señor me hablaba de la explotación de los trabajadores, de los copetudos que se subían a su taxi defendiendo al gobierno y de cómo él se “la mandaba a guardar”, yo miraba el relojito, donde los pulsos bajaban demasiado rápido para mi gusto (aclaro que no sé mucho de taxis ni de sus relojitos, pero si de algo estoy segura es de que los numeritos cambiaban muy rápido) y, llevada por el discurso del caballero, le dije: “¿Qué rapidito que baja eso? ¿No me vas a cagar, mirá que somos dos laburantes, eh?”
“¡No, piba! Mirá, te explico, es que el reloj cuenta los segundos, los suma y además la velocidad y la cantidad de metros recorridos…” “Igual va muy rápido, en una cuadra cambió dos veces… pero bueno…” “No, no… quedate tranquila que anda bien…” (Sí, bien para vos, pensé, flor de bolazo me dijo, en fin…)El señor cambió de tema y pasó a hablar del clima, que había tenido que parar de trabajar cuando se había largado fuerte, y yo le dije que, en ese momento, estaba en el colectivo, en la autopista, y me preguntó de dónde era. Cuando contesté “Quilmes”, él dijo (y con esto comenzó un monólogo que iba a durar hasta el fin de mi viaje) “Yo viví muchos años en Berazategui, tres casas tengo. La primera me la hice a los 19 años porque en esa época, pensá Argentina año verde, se podía juntar guita y había gente que te podía ayudar, además soy un tipo que siempre ahorró. Yo gano $100, guardo $50 y los otros $50 me los patino y bueno… Con mi primera esposa hicimos la primera casa, después me hice un departamentito en el fondo, porque tenía mucho terreno y, después, edifiqué arriba… Ahora estoy por Jujuy y… (confieso que no recuerdo el nombre de la otra calle y, como soy muy honesta, no voy a inventar por las dudas de poner una calle que nunca se cruce con Jujuy)… Casualmente el domingo tengo que ir, porque le alquilé una de las casas a un pibe y le tengo que dar las lleves y arreglarle un par de cositas… Antes vivía mi hijo con la novia ahí, yo le había dicho ‘Lucas, te la regalo’, pero ellos nunca pagaron ningún impuesto ni nada y al año les cortaron todo, yo les dije que tenían que cuidar las cosas, pero ellos nada… Y yo sé que para los pibes ahora está jodido pero si no lo cuida él… Ahora, ¿sabés dónde está viviendo? En un sucucho de Varela…”
El monólogo siguió un poco más, pero sus palabras eran tantas que se vuelven difusas en mi mente (además no voy a hacer un esfuerzo tan grande por recordar su primer auto, el trabajo de su hijo y el su novia y demás cosas que no modifican nuestras vidas, ¿no?).
A las 9 y monedas llegué al trabajo con la cabeza llena de las historias de una persona a la que, seguramente, no volveré a ver en mi vida, y justo a tiempo para enseñar el pretérito indefinido…
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