domingo, 3 de junio de 2007

Te escucho (2ª parte)


La noche anterior había arreglado con un amigo realizar una excursión rememorativa por la ciudad de La Plata, ya que él había pasado ahí sus primeros años de vida, y a mi no iba a molestarme recordar los momentos vividos por las calles platenses.
Lo interesante de todo esto era que el paseo había sido organizado con otros amigos que no contaban con mi presencia, entonces, yo iba a aparecer sorpresivamente en la estación de La Plata para alegría de todos.
El plan era casi perfecto: yo tenía que tomarme el tren anterior al que ellos se tomarían en Constitución, es decir, iba a tener que esperar en la estación “Dardo Rocha” entre 20 y 30 minutos, tiempo en el que debía buscar un sitio donde esconderme y del que les saldría al paso para sorprenderlos…
Al otro día salí de mi casa, aproximadamente, a las 9:30 hs. de la mañana, y caminé las quince cuadras que me separaban de la estación de Ezpeleta. Ya en el lugar saqué boleto (ida y vuelta, obvio) y me tomé el tren. Era sábado por la mañana, hacía mucho frío y viajaba mucha gente.
Cuando llegué recorrí un poco la estación. La habían arreglado un poco, y aunque habían pasado seis años, yo no la veía muy diferente.
Durante la inspección encontré el sitio donde iba a esconderme y me dispuse a esperar a mis amigos.
Cerca de mi futuro escondite vi un banco bañado por completo por la luz del sol, ideal para un día frío, por lo que me dirigí hacia él y me senté para disfrutar del sol.
A los pocos minutos una mujer con visibles problemas mentales se sentó a mi lado. Discutió con el perro que la seguía y luego se fue. Nada del otro mundo.
Mientras miraba como las personas y los trenes iban y venían, un señor se sentó al lado mío… “Acá se está lindo… hay solcito…” “¡Upa! ¿Y éste?... Bueno, esperemos que no esté loco…” pensé.
“Soy Luis” me dijo y me contó que, en ese momento, vendía en los trenes repasadores, franelas, broches, y esas cosas tan útiles para la casa y la cocina. Me dijo que no se podía quejar de su trabajo, que le daba lo suficiente para comer y vestirse, pero que antes… que él antes estaba mejor…
“Cuando era pibe, así como vos… porque vos sos una piba, ¿no?” “Y… no tanto, tengo 25…” “bueno, sos una piba… cuando yo tenía tu edad era albañil y laburaba bien. Me había casado con una mina que era muy buena y tuvimos dos hijos, una mujer y un hombre… Con lo que laburé pude hacerle la casita y… no te miento… estábamos bien. Los chicos fueron a la escuela. La piba terminó el secundario y se casó con un boludo… pero bueno, ella es feliz; y el pibe consiguió un laburo en Córdoba y se fue para allá… igual no tengo relación con ninguno de los dos desde que mi mujer se murió.
Yo me puse muy mal, viste… ella me mantenía derecho… y cuando se me fue me dediqué a tomar, y el alcohol no es bueno… me hizo perder todo, además me dediqué a jugar… y entre una cosa y otra me quedé seco.
Nadie me ayudó… mi hijo vendió la casa que yo les hice y se fue… y mi hija, bueno… es tan boluda como el tipo con el que se casó. Muy mal estuve yo… imaginate que hasta que dormir en la calle, y me metieron preso un par de veces por borracho…
Pero ahora estoy bien, conocí a una mujer y ella me ayudó mucho… no somos novios pero nos acompañamos… Ella vive en Ringuelet, vive con el hijo… y yo tengo mi ranchito en Gonnet, y a veces ella viene a mi casa y se queda. Yo no voy a su casa porque al hijo no le gusta…”
(Luis me detalló algunas cositas de su relación con esta mujer, pero, por suerte, mis barreras de censura se encargaron de reprimir esos recuerditos no muy agradables…)
“¿Vos de dónde sos?” “De Quilmes…” “Uhhh… yo ando mucho por ahí… conozco a todos los que venden en Irigoyen y Rivadavia… que raro que nunca te vi…” (Esa esquina es la conjunción de la peatonal quilmeña, una especie de calle Florida pero con menos gente, y la calle que viene de la estación de trenes, por lo que no era nada raro que nunca me hubiera visto y viceversa).
“Bueno… me tengo que ir a trabajar… un gusto hablar con vos y capaz un día nos vemos por Quilmes. Chau” “Puede ser, chau”.
Luis se fue a tomar el tren con su bolso lleno de cosas útiles para la casa y la cocina, y yo me quedé esperando a mis amigos que se habían retrasado más de la cuenta…
Cuando llegaron y luego de la emoción de la sorpresa, me enteré que el paseo había estado a punto de no realizarse porque uno se había quedado dormido, y que por eso llegaron más de una hora tarde.
Igual, esperar no había sido tan malo, ya que el tiempo pasó relativamente rápido gracias a Luis y su historia.

domingo, 20 de mayo de 2007

Te escucho (1ª parte)


Hay situaciones que, yo no sé si les pasa a muchos, pero en mí son casi recurrentes. Hablo de esas ocasiones en que una está o tranquilamente sentada en algún medio de transporte o parada esperando el colectivo o caminado por la calle o, por qué no, en alguna sala de espera, y alguien te mira y empieza a contarte la historia de su vida o el problema que tiene en ese momento. Yo no sé si inspiro confianza o tengo cara de que me interesan los problemas de absolutamente todo el mundo, lo único que sé es que me pasa seguido.
El primer recuerdo que tengo de una situación de este tipo es de cuando tenía 16 años y estaba haciendo tiempo mientras esperaba que el chico que me gustaba en esa época llegara. Había ido a dar una vuelta por las calles aledañas al punto de encuentro (para reconocer el terreno dirían los que me conocen…), cuando vi a una mujer meterse furtivamente en el jardín de una casa y cortar unos tallos de una gigantesca planta de lavanda. Yo la venía mirando y no iba a decirle nada, obvio, pero, vaya uno a saber por qué, la señora me miró y me dijo “no hay nada mejor que las flores de la lavanda para perfumar los cajones o los armarios”. “Sí”, le contesté con una leve sonrisa y de inmediato se presentó y empezó a caminar conmigo.
Me enteré de los pormenores del noviazgo de su hija, de la mejor manera para que el perfume de la lavanda dure mucho, y ella me preguntó sobre mis cosas, y e dio consejos sobre cómo tratar a mis padres, al muchachito con el que tenía amores y otras cosas que, por suerte o por desgracia, olvidé. Igualmente me dio su teléfono y me dijo que la llamara para que sigamos hablando, con la treta de “sos muy madura para tu edad…” “Sí” le dije, guardé el papel y nunca la llamé.
Otras situaciones semejantes me han ocurrido arriba del tren o del colectivo, y haciendo un gran ejercicio de memoria sé que puedo traer muchas al presente, pero hay dos que se me presentan sin ningún tipo de esfuerzo:
La primera es de una tarde en la que volvía a mi casa desde la Ciudad de Buenos Aires, y me había tomado el tren en Constitución (dónde más…). Las cuestión fue que me senté en uno de esos asientos que tienen los trenes (o mejor dicho, tenían, porque ahora los cambiaron por unos de plástico verdes y/o azules, duros, una porquería…), que uno puede mover el respaldo y acomodarlo acorde a la dirección en la que va el tren. Bueno, estaba sentada muy plácidamente leyendo un apunte de la facultad cuando un chico con Síndrome de Down se me sentó al lado. Hasta ahí todo tranquilo, yo leía y a veces miraba por la ventanilla, volvía a los apuntes, y así casi rutinario, cuando de repente el chico me tocó el hombro, lo miré y me estaba sonriendo. Le sonreí y él me dijo “beso” poniendo su mejilla como para que lo besara. “No”, le dije con esa voz que a veces se les pone a los nenes chiquitos. Entonces, se acercó y me dio un beso. A los dos minutos me dio otro y me dijo algo así como que él sabía leer… Yo estaba bastante incómoda y él bastante pesado. Ahí fue cuando un señor que tenía sentado enfrente mío lo miró y le dijo “¡Dejá a mi hija en paz! ¡Dale, tomátelas!” El chico se fue con cara de susto y yo empecé a tranquilizarme. “Si no lo rajaba así andá a saber qué hacía…”, un poco exagerado pero bueno, “Sí, gracias, ya me estaba incomodando”. “Me di cuenta por eso le dije eso, además yo tengo una hija de tu edad…” Y ¡Largamos! Pensé. Dicho y hecho. La hija tenía casi mi edad y estudiaba y trabajaba, y tenía un nieto pero de parte del hijo y bla, bla, bla… Se bajó antes que yo y, por suerte, antes de empezar a hablar de política…
La segunda historia es de una tarde en la que volvía de La Plata. También me había sentado en esos asientos dobles, y también, estaba leyendo cosas de la facultad. Pero, como estaba cansada después de todo un día universitario, decidí hacer un viaje contemplativo, por lo que guardé mis apuntes y me dispuse a mirar por la ventanilla.
En eso, el hombre que tenía enfrente me dijo “¿Venís de la facultad?” Movimiento afirmativo de cabeza (ustedes me preguntarán: ¿Si no querías que te hablen, para qué les respondías?... Excelente pregunta. Mi respuesta: soy muy educadita).
“¿Y qué estudiás?” “Letras” y bueno ahí le tuve que explicar de que se trataba eso (Bueno, en esa época – mi primer año de facultad – creo que tenía la necesidad de explicar de qué se trataba la carrera). Y… mi pregunta “¿Y vos qué hacés?” “Yo soy vendedor ambulante. Vendí mucho tiempo arriba del tren, pero ahora hay mucha gente vendiendo, entonces me pasé al bondi…” Y ahí empezó la cosa: que era casado con hijos; que compraba libritos para pintar y los vendía; que desconfiara de las mujeres con bebés, porque algunos de esos chiquitos eran alquilados, que sacaban más de $800 por mes; que los que vendían comida remarcaban la fecha de vencimiento; que uno tenía que andar con cuidado… “Yo lo sé porque anduve mucho tiempo por acá”.
Llegamos a Quilmes y yo me tenía que bajar… “Yo también me bajo acá” me dijo “¿No querés tomar un café y charlamos un poco más?” “No, no puedo… un gusto. Chau.” Me bajé del tren casi corriendo…
Conclusiones: 1) Nunca sentarse en esos asientos dobles; 2) Es conveniente llevar, siempre, algún reproductor musical, así uno se enchufa y listo. Sordo ante el mundo; y 3) La lavanda es muy buena, principalmente, para los cajones de medias, bombachas (o calzoncillos, dependiendo del género sexual de l dueño del cajón), y que se pueden armar bolsitas para poner debajo de las almohadas y así tener un sueño perfumado.

miércoles, 16 de mayo de 2007

Amores perros


Hacía unos meses que nuestra perra se había muerto, y por esto y por otros temitas, en mi casa estábamos todos bastante sensibles, y se palpaba en el ambiente la necesidad de tener un perrito que nos cambiara el humor.
Un día una amiga, que estaba al tanto de esto, me llamó para contarme que en un kiosco del barrio de Belgrano había un cartel con la leyenda “Se regalan perritos”, y que había uno que, si yo quería, podía ir a buscar por mi. Obviamente le dije que sí y que esa semana iría por él a su casa.
A los dos días volví de la facultad de La Plata, pasé por mi casa a buscar un bolso donde, si era necesario pudiera meter al canino, y me fui a tomar el tren para bajarme en Constitución, tomarme el subte C hasta Av. de Mayo para combinar con la línea A hasta la estación Loria.
Cuando entré a la casa lo primero que hice fue mirar para todos lados para ver si lo veía… y nada… hasta que, de atrás de un sillón, vi una cosita negra que se me acercó casi corriendo (imagínense: un perrito del tamaño de una de esas botellitas de vidrio de Coca Cola, negrito, peludito y con las patitas cortitas y marrones… ¡precioso!)
El tema era cómo llevarlo, ya que el viaje era muy largo y el pobre animalito no iba a resistir una hora y media en colectivo… ¿Qué podía hacer? La única opción que se me ocurrió fue la de hacer un viaje con escalas… Subte, tren, colectivo…
Guardé los juguetitos que le había dado el dueño de la mamá del perrito a mi amiga y lo envolví en una mantita que era “su” mantita, y bueno… si era de él no la iba a dejar…
Había empezado a garuar, por lo que caminé rápido hasta el subte. En esa cuadra y media el pichicho se portó bien y pensé que el viaje sería tranquilo.
Subí al subte y pude comprobar que no había ningún lugar donde sentarme, así que, mientras con una mano me sujetaba fuerte de uno de esos caños aptos para la gente normal, con la otra sostenía al perrito. A las dos estaciones el pequeñín empezó a moverse, era como si quisiera escalar hasta mi cuello y, mientras él subía la mantita bajaba, y yo intentaba que ni perro ni manta se cayeran…
Llegué a Lima, hice la combinación con la línea C y de ahí a Constitución.
Fuera del subte se tranquilizó, aunque la estación era un mundo de gente, creo que él no lo notó.
Cuando me subí al tren faltaban como veinte minutos para que saliera, gracias a lo que pude conseguir un asiento con ventanilla… era una ventanilla, aunque no cerraba del todo y entraba vientito por todos lados… “Bueno, por lo menos no se va a sentir ahogado”, pensé.
Como no se sentó nadie al lado mío por varias estaciones, aproveché para dejarlo algunos minutos paradito en el asiento, cuidando que no se cayera, igual se acomodó en mi regazo y se quedó dormido. Por mi parte, estaba incómoda y me estaba mojando con a garúa que entraba por la ventanilla (porque: si una ventanilla está abierta permanecerá abierta hasta que desaparezca… máxima indiscutible de la ex línea Roca).
Llegué a la estación de Quilmes y me fui a tomar el colectivo para llegar a mi casa (aproximadamente a 30 cuadras de la estación, localidad de Ezpeleta en el partido de Quilmes, un poco de geografía sureña…)
Ya no lloviznaba y la mantita había pasado a ocupar un lugar en mi bolso junto a los juguetes, el perrito estaba tranquilo, o mejor dicho, cansado.
Cuando llegamos a mi casa tuvo un gran recibimiento, y a la hora de dormir, no me pregunten cómo, terminó acomodado en mi almohada y mordisqueándome el pelo durante gran parte de la noche…

sábado, 5 de mayo de 2007

Oscuro


Era uno de esos clásicos veranos de Buenos Aires, es decir, húmedo y muy caluroso, allá por el 2000.
Había ido a visitar a mi enamorado que se encontraba postrado en su casa tras una de esas dolorosas operaciones de rodilla.
Después de algunas horas de escuchar continuas quejas (que el calor, que la pierna, que el ventilador, que la mar en coche) y teniendo en cuenta que para volver a mi casa tenía que ir hasta la estación de Once, desde la que tenía hora y media de viaje, decidí a las 5 de la tarde, aproximadamente, partir hacia mi hogar.
Un detalle que no se puede obviar: ustedes saben que es muy común que cuando hace mucho calor el sistema eléctrico de la Ciudad de Buenos Aires colapsa, y bueno, ese día no iba a ser la excepción.
Entonces, después de bajar 17 pisos por escalera y de soportar el comentario de una mujer entrada en años : “Bajar es más fácil que subir”, mientras veía los inconfundibles signos de agitación que expresaba todo mi cuerpo, salí a la calle.
El calor era agobiante por lo que decidí tomarme el subte, aunque estaba muy cerca de Plaza Miserere.
Caminé la cuadra que me separaba de la estación Loria de la línea A, intentando buscar un poco de sombra, una misión más que imposible a pesar de que ya eran más de las 5 de la tarde.
Cuando llegué bajé las escaleras muy despacio (ya que mis piernitas no estaban acostumbradas a tanto ejercicio) y, también con lentitud, crucé el molinete y me dispuse a esperar el subte.
En menos de 10 minutos me encontraba haciendo fuerza para abrir la puerta de uno de los coches y subiendo a él para comenzar mi retorno… Calculé que en menos de 5 minutos iba a estar en la estación Plaza Miserere, pero bueno… ustedes se habrán dado cuenta que no sé calcular muy bien…
Casi a mitad del recorrido el subte se paró y todo se volvió oscuro… Yo pensaba que en unos segundos todo volvería a la normalidad, pues a veces esas cosas pasan, pero ya habían pasado, aproximadamente, más de 5 minutos y seguía todo igual de oscuro y quieto, por lo que las personas comenzaron a preocuparse (y yo como parte de esas personas también).
Fue entonces cuando vimos acercarse por las vías, desde la parte de adelante del subte, una linterna que iba deteniéndose en cada vagón. Cuando la linterna o, mejor dicho, su portador, llegó al nuestro abrió las puertas y nos dijo “Se cortó la luz en toda la línea, así que van a tener que bajar e ir caminando hasta Miserere”.
Ahí empezaron las quejas, en contra del subte, en contra del intendente, en contra de los mosquitos, en contra de lo que ustedes quieran. Y mientras algunos seguían expresando su inconformismo, otros sacaban las escaleritas de debajo de los asientos, las ubicaban en las puertas y bajaban, al tiempo que, obviamente, eran seguidos por los quejumbrosos.
La misma linterna que terminó de avisar a toda la formación del penoso acontecimiento, se encargó de guiarnos hacia la estación ya que no podíamos caminar por cualquier lugar.
Caminar por las vías en la oscuridad era, además de dantesco, bastante incómodo más si se está en sandalias (como yo en ese momento), y si a eso se le agrega la posibilidad de que haya algún bicho dando vueltas o, en el peor de los casos, la sensación de que, en algún momento, iba a pasarme una rata por los pies…
Estaba sumergida en esos pensamientos cuando la linterna se convirtió en un operario de Metrovías que nos mostró la escalerita para subir al andén (en este punto debo confesar mi emoción, ya que me gusta eso de poder estar en esos lugares que sólo están permitidos para “personal autorizado”).
Como una manada nos dirigimos a la salida, obviamente, siendo consecuentes con el discurso quejoso que nos acompañó todo el recorrido por el averno de la línea A.
Cuando salí a la superficie el calor seguía muy cómodamente instalado, aunque el había empezado a bajar.
En la parada del colectivo había una cola bastante larga, y algunas de las personas que estaban ahí habían compartido la caminata subterránea conmigo… (y seguían quejándose… ¡Qué persistencia!)
Luego de 20 minutos de espera pude subirme al 98, y después de una hora y media, logré llegar a mi casa.
Al abrir la puerta lo primero que escuché fue “¿Qué te pasó?”, pregunta que disparó mi relato, interrumpido, en algunas ocasiones por “¡¿Pero siempre te pasa algo!? ¡¿No podés ir y venir sin tener algún inconveniente!?... Y… Parece que no…

martes, 1 de mayo de 2007

Receso creativo

Disculpen las molestias pero mi cerebro está, en este momento, en otras actividades.

domingo, 15 de abril de 2007

Los eucaliptos


Una noche volvía a mi casa después de cuatro horas de Sociedad y Estado y Economía (para mí un tramite después de dos años agotadores de cursada en la UNLP, pero bueno, todo cambio implica riesgos y haberme pasado a la UBA requirió mi paso por el CBC…), había esperado el colectivo, aproximadamente, por veinte minutos, hacía frío y tenía muchas ganas de estar en mi casa, pero me restaba una hora y cuatro de viaje. A las 21:30 hs. logré subirme al 159 L azul en la esquina de Av. Garay y Av. Paseo Colón.
Por suerte el colectivo venía relativamente vacío, gracias a lo que pude sentarme junto a la ventanilla. Saqué mi walkman y me dispuse a disfrutar del viaje, es decir, ver el paisaje, escuchar la musiquita que tenía en ese momento y ver a las personas que subían, permanecían y bajaban del colectivo.
Al estar sentada cerca del fondo podía ver el movimiento de los pasajeros sin preocuparme por ser vista, ideal para mí. Me encontraba en estas tareas cuando vi que subía un chico con visibles síntomas de mamúa, cuya humanidad se desparramó en el primer asiento individual que se encontraba detrás del chofer.
Desde donde estaba yo me pareció que el muchacho se había quedado dormido, nada trascendente.
El viaje iba desarrollándose como de costumbre.
El 159 L azul (el color es necesario ya que existe una L roja que va para otro lado… la línea MOQSA tiene todo fríamente calculado…) debe pasar por las inmediaciones de un barrio de emergencia conocido como “Los eucaliptos”, ya que está rodeado, atravesado, lleno de estos lindos arbolitos.
Mientras estaba doblando veo que el borrachín del primer asiento se levanta (un detalle: tenía un bolso enorme que le colgaba del cuello)… Por mi parte, mientras veía sus movimientos guardaba mis auriculares en el bolso seguro que cansada de escuchar lo que estaba escuchando.
De repente, justo en la esquina de “Los eucaliptos” el borrachín dice: “Todos quietos o los quemo” mientras metía su mano en el bolso en actitud de “tengo un arma, al primero que se mueva lo lleno de agujeritos” (obviamente nunca vimos si tenía un arma o estaba agarrando el mango de un cepillo)
“¡Denme todo lo que tengan! ¡La billetera señora! ¡quiero la guita! ¡A ver vo’!” Era lo que gritaba mientras avanzaba obteniendo el fruto de sus ruegos.
En ese momento yo había sacado el monederito donde había guardado todas las monedas que tanto esfuerzo me había llevado juntar, un monederito muy lindo, y como él quería el dinero (y yo soy muy obediente) estaba intentando sacar todas las monedas, porque el monedero era mío y me gustaba mucho y ¿para qué lo iba a querer él?… Cuando llegó a mi asiento me miró realizando mi labor y me arrancó el monedero de las manos… Quedé dura… las monedas no me importaban, pero ¡el monedero! Era una de esas cosas de las que uno no quiere desprenderse nunca, que tienen un valor particular, y había pasado a manos de un ladrón que se había bajado del colectivo y había empezado a correr por las calles internas de “Los eucaliptos”.
El chofer arrancó y después de dos cuadras donde los comentarios iban desde “Estaba con todo encima” pasando por el nunca y bien ponderado dicho de las personas mayores “ese chico estaba drogado” llegando al “por suerte no tenía los documentos en la billetera”; el chofer frenó el vehículo y nos dijo “¿Quieren ir a la comisaría?” A lo que la mayoría respondió “No”, salvo algún justiciero anónimo que dijo un tímido “Si” que nadie oyó.
Y yo solo podía pensar en mi monedero perdido al que nunca pude suplantar…

lunes, 2 de abril de 2007

Bestiario


No sólo de extravíos se vive, existen también otro tipo de experiencias dignas de ser narradas.
Las que siguen son tres breves historias, ocurridas en distintos momentos de mi vida, que poseen un mismo hilo conductor… bichos, alimañas, como gusten…

Cara a cara

Esa tarde (casi noche diría teniendo en cuenta que era invierno, y que a las siete ya está oscurito) volvía a mi casa nuevamente desde Congreso, nuevamente en el 98, pero, esta vez, en el ramal correcto.
Había encontrado, por suerte, un asiento individual desde el que podía apreciar el bello paisaje que me ofrecía la ciudad (contando Constitución y Avellaneda).
El viaje transcurría (para maravilla de todos) sin sobresaltos. Hasta que de repente vi una cosa extraña acercándose, sigilosamente, desde la ventanilla de adelante. Me paralicé.
Ella seguía acercándose. Era muy pequeña, roja y sus antenitas se movían sin parar. Cuando llegó al marco metálico de mi ventanilla se detuvo.
Inmediatamente cerré la boca (no es que la tenía abierta, pero apreté los labios, ya que siempre tengo la sensación, cuando hay algún bichito cerca –y más tan cerca- que se me va a meter en la boca o en el pelo… y bueno, nadie es perfecto…). La cucarachita estaba a quince centímetros de mi cara, podía distinguir cada parte de su cuerpito, cada uno de sus movimientos.
En ese momento lo único que podía pensar era que de un instante al otro iba a volar, o a dar un salto y se me iba a meter en el pelo. Entonces, muy suavemente, saqué un pañuelito descartable de mi bolso, lo hice un bollito (para evitar cualquier posibilidad de contacto entre ella y yo) lo aproximé al insecto y lo empujé lejos de mí, es decir, lo tiré para adelante.
No puedo asegurar el lugar exacto donde cayó, peor creo que la abundante y rulosa cabellera de una señora que estaba dos asientos adelante fue una pista de aterrizaje segura para el bichito.
Aunque sabía que no era así, cuando bajé del colectivo no podía evitar sentir cucarachitas caminándome por todo el cuerpo.


Saltando

Llegamos con mi hermana, luego de una amena tarde con amigos, a la Plaza del Correo de donde sale el 159.
La cola, que cuando llegamos no era muy larga, fue poblándose poco a poco, con el transcurso del tiempo.
Mientas conversaba con mi hermana sobre los acontecimientos del día, escuchamos que un chico que estaba con su novia detrás nuestro le decía “¡Mirá! ¡Mirá el árbol! ¡Uhhh!” Obviamente, no pudiendo resistirme a la curiosidad, también miré.
Aproximadamente a cinco metros de donde nos encontrábamos había un arbolito (muy parecido a esos árboles de cuentos de terror, todo torcido y con sus ramitas peladas) en cuya base había un hueco de donde salían ratitas.
En un primer momento solo eran dos que salían, despacio, como inspeccionando la zona, pero en pocos minutos eran alrededor de cinco ratitas saltando de acá para allá.
“¡Mirá parecen conejos cómo saltan!” Dijo la chica de la pareja que estaba atrás nuestro, y como nosotras estábamos mirando también el comentario se hizo extensivo.
“Es verdad, cómo saltan… hasta son simpáticas”, dijimos con mi hermana.
Lo interesante era que cada vez se alejaban más del arbolito, acercándose a los tachos de basura, a los puestos de panchos y galletitas (sí, un asco… pero bueno).
Cuando tomamos el colectivo (que se hizo esperar bastante, aunque con las ratitas estábamos todos muy entretenidos) pudimos ver cómo bajaban la parecita que separaba la tierra de donde habíamos hecho la fila del colectivo y pasearse tranquilas en busca de comida.


Verde

Había pasado una tarde digna de recordar, pero como todo lo bueno (o casi todo) tiene su final, tenía que volver a mi hogar, por lo que fui a la Plaza del Correo a tomarme el 159 semirápido.
Como era costumbre iba a viajar parada así que busqué un sitio donde pudiera agarrarme de los pasamanos de los asientos (ya que al otro, el del techo, no llego y no por ser muy petisa, ¡ojo! Sino porque los que construyen los colectivos tienen la idea falaz de que los argentinos miden todos del metro sesenta para arriba y no es así, ¿no?...)
Bueno ya ubicada y con el colectivo en marcha comenzó mi regreso.
Cuando estaba en la mitad del viaje veo algo moviéndose en mi brazo (por suerte yo tenía una campera, es decir, el brazo cubierto). Era un bichito verde, de forma romboidal que se movía, por suerte para mí, despacio. Inmediatamente apreté los labios (por lo comentado anteriormente) y miré a mi alrededor, nadie me miraba.
Entonces, rápidamente, con ayuda de mis dedos índice y pulgar expulsé al insecto de mi brazo.
Lo vi caer en la espalada de un chico que estaba detrás de mí… “¿Le digo o no?” Pensé, pero en eso veo que el bicho desciende por su espalda y pasa a su maletín (no voy a detallar el recorrido…) En ese momento el chico se sentó, pero el bicho verde seguía ahí, se había pasado a su pierna, y creo que ahí sintió el cosquilleo porque sin pausa le dio un manotazo que lo tiró al piso.
Calculo que alguien lo habrá pisado… y bueno… la vida del insecto es triste, no hay más vuelta que darle…